El eterno bucle

La celebración de las elecciones autonómicas catalanas ha supuesto que, vistos los resultados, poco ha cambiado la situación política con respecto a la que había de forma previa a la llegada de la pandemia.

Y es que, visto lo visto, todo seguirá desarrollándose en la política catalana en base a la polarización entre los bloques independentista-constitucionalista, con mayoría parlamentaria del primero, en un punto en el que dadas las posiciones de máximos, se seguirá en un punto de bloqueo, sin que se pueda encauzar la situación hacia una que trascienda cuestiones territoriales.

De esta manera, desde el punto de vista político, Cataluña seguirá siendo una patata caliente para el Gobierno de España, que con los resultados emanados de las urnas podría ver amenazada su estabilidad, dado que depende en buena medida de formaciones como ERC o Junts para poder sacar adelante las leyes o los próximos Presupuestos.

Además, conviene no perder de vista la distribución del voto internamente en Cataluña para poder comprender la difícil papeleta que tiene España como Estado en esta comunidad autónoma, pues en la mayor parte de las comarcas catalanas (en 30 de 42) el independentismo ha superado el 60% del voto, y apenas en 7 de las 42 comarcas catalanas se situó por debajo del 50% (todas ellas, salvo el valle de Arán, en el área de unión entre las ciudades de Barcelona y Tarragona), y solo en dos de ellas, el Baix Llobregat y el Valle de Arán, se quedó por debajo del 40%.

Este hecho supone que el pulso entre independentismo y constitucionalismo se sustenta, en el caso del constitucionalismo, gracias a su mayor apoyo en la ciudad de Tarragona y el llamado ‘cinturón rojo de Barcelona’, mientras que las otras capitales provinciales (Lleida/Lérida y Girona/Gerona) y las comarcas rurales son áreas donde el independentismo apenas encuentra oposición.

Por otro lado, en los próximos meses la propia continuidad del Gobierno de España podría verse seriamente amenazada si el independentismo catalán decidiese tensar la cuerda bloqueando en el Congreso cualquier tipo de iniciativa del ejecutivo, con una relación entre el PSOE y su socio de gobierno, Unidas Podemos, que tampoco pasa por su mejor momento.

Y es que, a pesar del triunfalismo del PSOE en la noche electoral catalana por el hecho de que el PSC fuese el partido más votado, parece evidente que Salvador Illa tiene casi imposible presidir la Generalitat, pues todo induce a pensar que es más factible un acuerdo entre las tres formaciones independentistas (ERC, Junts y CUP), que un tripartito entre PSC, ERC y En Comú-Podem.

De hecho, si tenemos en cuenta que la clave pasa por ERC (que podría jugar tanto la baza independentista como la izquierdista), el haber sido superado en votos por el PSC (con quien empató en escaños) dificultaría que su candidato, Pere Aragonés, fuese apoyado por el PSC para presidir la Generalitat, ya que como fuerza más votada exigiría la investidura de Salvador Illa.

De este modo, a priori se antoja como un caramelo mucho más apetecible para ERC llegar a un acuerdo con Junts y la CUP, al suponer esto que Esquerra ocuparía la presidencia, al estar en una mayor posición de fuerza que las otras formaciones independentistas.

En todo caso, está por ver qué sucede y, sobre todo, qué perfil adopta ERC, que había rebajado el tono del discurso independentista en los últimos meses, si bien un gobierno autonómico conjunto con Junts y la CUP sin duda contribuiría a añadir más presión a ERC en este ámbito y, con ello, la reactivación de una postura más intransigente en materia territorial, pudiendo contemplar la DUI (declaración unilateral de independencia) como posibilidad.

Sin embargo, la cuestión de la pertenencia o no a la Unión Europea seguirá siendo el talón de Aquiles del independentismo catalán, pudiendo actuar esta cuestión como salvavidas ante una posible DUI para la integridad territorial de España. El tiempo irá viendo si de un modo u otro se sale de este bucle que parece eterno.