Advertisement Advertisement
Domingo, 28 de febrero de 2021

El eco del Cinema Salamanca en la esquina de San Boal

En el edificio de líneas como rayos de luz, la madera recrea, de la mano del escultor Andrés Alvárez Ilzarbe, la nostalgia del imponente edificio

Placa en la plaza de San Boal que recuerda el edificio del Cinema Salamanca

         Recorre Amador Martín con su cámara la Salamanca de empaque, la que se yergue con los primeros edificios de altura, piedra de Villamayor, austera donosura, negocios de relumbre y gloriosa modernidad de cristal y metal. Son las calles del centro que mezclan el rincón recoleto del monumento con la arquitectura exquisita del progreso. Es el aire donoso de calles finas con nombres como Sol Oriente, El Arco, Vázquez Coronado… y es esta vía que une nuestras venas peatonales de la calle Toro y la calle Zamora, la que luce un nombre olvidado de segundón orgulloso que tuvo que marcharse a las Indias para heredar, sino la casa solariega de su padre, sí el prestigio de la aventura. Era Francisco Vázquez de Coronado un sucesor de segundas que, en el siglo XVI partió de Salamanca a Nueva España a buscar fortuna, y recorrió el sur de los Estados Unidos buscando las ciudades de oro, quedando para la posteridad en nombre de calle y avenida. Y qué hermosa calle la de Vázquez Coronado, donde anidaba uno de los cines más rumbosos de la ciudad letrada, de la ciudad amante del séptimo arte y de las salas inmensas de sonido espléndido y estreno de première.

         Era el Cinema Salamanca un edificio sólido de paredes curvas que anunciaban el interior grandioso de sus ochocientas plazas, su patio de butacas, sus palcos y su anfiteatro donde sentir el vértigo del placer del cine. Cine en la calle en los grandes carteles de la película estrenada, pintada por aquellos artistas de los colores fuertes, del fotograma que invita a la sesión de tarde, a la sesión de noche… aquella en la que, en ocasiones especiales, se obsequiaba a la señora de abrigo de pieles y tacón de aguja a juego con el bolso, una flor gentileza de la casa ¿Cómo comparar el acontecimiento en semejante sala con el multicines diminuto, la pantalla pequeña, la falta de ceremonia? El negocio del cine (las grandes salas, El Taramona, El Bretón, el España, el Coliseum, el Gran Vía) se consumió con el cambio de costumbres, como se había consumido el interés por el juego de pelota de origen vasco y sus incansables apuestas en la Salamanca de la contienda.

         Porque el Cinema Salamanca, inaugurado en 1945, se construyó sobre un juego de pelota abierto en 1937 para solaz de los habitantes de una ciudad en guerra que se quedaban sin pelotaris porque les llamaban a filas, hasta tal punto que tuvieron que organizar un espectáculo de mujeres “raquetistas” que despertaban no poco interés entre el público. La actividad del Frontón El Tormes, construido en el solar liberado de viejas casitas que comprara Elipio Sánchez Marcos, cesó en 1943 con gran alivio de la iglesia franquista, erigiéndose en su lugar el Cinema Salamanca que luego sería reconvertido en multicines hasta su última exhibición en junio del 2006. El tiempo que pasa y que pesa se llevó por delante el edificio curvo sin ventanas, cuyo recuerdo  fotografía Amador en la placa casi modernista que homenajea su existencia, así como el nombre de Elipio Sánchez Marcos y el de sus hijos, amantes del cine, ese cine que se resiste a abandonar el esquinazo que se adentra en la Plaza de San Boal, rincón recoleto en el que la modernidad, metal y cristal, deja para Amador reflejos de esgrafiado renacentista. Porque en el edificio de líneas como rayos de luz, la madera recrea, de la mano del escultor Andrés Alvárez Ilzarbe, una de las piezas más exquisitas y desconocidas de la obra artística privada, asomada a los ojos del paseante atento que recuerda con nostalgia los tiempos del imponente edificio del Cinema Salamanca.


         Artista consagrado que convierte la madera en materia de una escultura original y elocuente, Andrés Alvárez Ilzarbe recibió de Ignacio Charro en nombre de la empresa dueña del solar, el encargo de un friso para el portal del edificio que sustituyó al antiguo cine con una sola condición: que hiciera referencia al cine. De ahí que el escultor navarro radicado en Salamanca desde siempre, concibiera su obra como se concibe una película: partiendo de bloques bastos que van convirtiéndose en una réplica de negativo de super ocho. De la confusión y la inspiración desordenada… al resultado final a través del trabajo. Un proceso en el que se varía el grosor de la madera, se cambia el pulido del grano, se trabajan los paneles obteniéndose al final un resultado aparentemente muy sencillo, pero que tiene detrás todo un complicado proceso en el que hay un momento álgido donde las formas adquieren complejidad barroca y confusa como lo es el momento de la creación en el que el artista se enfrasca sin remedio.

         Pieza privada, desde la calle nos interpela con su impresionante factura, pero es dentro del portal donde desenvuelve del todo su maestría. Acceder a ella requiere de permisos y paciencia, pero es paciencia lo que a Amador Martín le sobra en sus recorridos por Salamanca buscando la esencia de una ciudad que se adorna de piezas artísticas que los particulares tienen la valentía de encargar a los creadores. Y el creador siempre reflexivo que es Andrés Álvrez Ilzarbe, desenrolla para el fotógrafo su empeño convertido en esa madera que trabaja, dúctil y expresiva, en su inconfundible obra: el resultado final es el fruto del trabajo, del talento, del tiempo, del esfuerzo… La pieza parte del caos, la inspiración, la madera sin desbastar, forma primigenia… sin embargo el proceso, ese que tiene un momento álgido de intensidad creadora, acaba alumbrando esa obra de arte, película, pieza escultórica que nos sorprende por su belleza.

-Después de todo, así es el proceso de la vida…

         Andrés Álvare Ilzarbe eligió la madera y sus palabras son como ramas sabias que extienden sus dedos a través de la distancia. La vida, compleja, caótica, plena y confusa, se convierte en arte y armonía. Y se despliega ante nuestros ojos. Cristal y metal, el edificio refleja para el fotógrafo la plaza antigua, la iglesia medieval, el muro del palacio de piel esgrafiada. Y dentro del cristal, al abrigo de toda perturbación pero ante los ojos de quienes pasan, la obra de Ilzarbe sigue recordándonos un tiempo de cine, de constancia empresarial, de sueños y años en la ciudad de la memoria que permanece. Y es el paso sosegado, constante, tenaz del fotógrafo de la luz el que se detiene para desenrollar un tiempo de celuloide convertido en madera con la profunda intensidad de Álvarez Ilzarbe. Ahí a la vuelta sigue pasando la película de nuestros pasos por la ciudad de cine… ecos de un tiempo detenido en el negativo de la memoria.

José Amador Martín, Charo Alonso.