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Domingo, 7 de marzo de 2021

Coser y gritar

¡¡Qué emoción!!

¡¡Un programa nuevo!!

¡¡Con qué ilusión se puso a verlo!!

Desde siempre le habían gustado las telas, los vestidos de las muñecas, los armarios, las perchas, las combinaciones de colores, las gamas, los hilos, los bordados, los frunces, los complementos, los botones…

Y allí se sentó, en su sillón preferido, con ojos atentos para empaparse bien de todo.

Pudo comprobar cómo, reconocidos modistos y creadores de alta costura, cogían una tela, la ponían alrededor del maniquí, y era un placer ver cómo, algo totalmente inexpresivo e inerte, cobraba vida sin tener cara, ojos boca o sonrisa, simplemente con un pliegue aquí y otro allá, con un alfiler enganchando una doblez, recogiendo un drapeado con un imperdible, marcando una forma con un cinturón.

Además, seguro que sacarían un libro o una enciclopedia de la costura por capítulos (¡siempre lo hacen!) que podría ilustrar y dar luz a la hora de hacer realidad sus creaciones.

¡Y así empezó todo! Así comenzaron los paseos delante de los escaparates viendo modelos y cogiendo multitud de ideas, así se iniciaron las compras en las pocas tiendas de telas y retales que quedaban en la ciudad, así se sucedieron las romerías a las mercerías a comprar ésto y lo otro, porque siempre hacía falta algún hilo justo de ese color, algún bies que coser, alguna cremallera que poner, algún vivo para rematar, algún botón para abrochar, alguna piedrecita para realzar, algún bajo que coger, algún lazo que atar.

No dejaba de hacer modelos en papel de seda con sus medidas, añadiendo un poco más acá y estrechando un poco más allá, dibujando aquí una pinza y allí un embebido, pasando patrones con un jaboncillo del papel al tejido, fijándose bien en el hilo de la tela para que tuviera mejor caída, recortando con afán, encarando los derechos y pasando hilos que luego recortaría para que dejaran marcas en ambas piezas simétricas, después a hilvanar…

En este momento, ya se podía probar, con cuidado de no estropear tan rudimentarias costuras, ver el largo adecuado, coger el bajo con alfileres, y realizar pequeños ajustes necesarios, y con mucho nerviosismo coser a la máquina presionando con el pie aquel pedal del motor que pronto se embalaba como un Ferrari, luego cambiar la ruedecilla del punto eligiendo sobrehilar los bordes para que no se deshilachara con el uso y las lavaduras. ¡Coser y cantar!

Quedaba la tarea más anodina… Rematar, hacer nudos, cortar hilos sobrantes, retocar algún detalle final, poner cremallera si la llevara…

¿Quién no se iba a emocionar estrenando algo tan bonito hecho por uno mismo?

¡Aquel era el día! Habían quedado a cenar. Tras una buena ducha con geles aromáticos, había elegido la ropa, los zapatos, los complementos, ¡todo perfectamente combinado!

En el restaurante, saludando de pie, alguien le comentó, quitándole algo blanco del hombro: “Cariño, ¡tienes una cana!”, (“¡qué horror, se me ha olvidado quitar un hilván!”, pensó). (Pero se dijo hacia dentro: “esa es la enviiiiidiaaaa, ¡que corrrrrroe”!).

Alguien le acercó la silla. Le sonreían. Sonreía a su vez, y agradecía el gesto.

Se sentó, pero no fue posible terminar la acción, porque, ante la sorpresa de todos, exclamó: “¡Aaaaaaaayyyyyyy! ¡¡Qué picotazo!!”.

(“¡¡¡A-ya-ya-yyyyyyyyy!!!”, reflexionó acto seguido, con la mano en la frente. Y ya, en voz extremadamente baja, sólo para sus entretelas… “¡¡Glub!! ¡¡Me he dejado puesto un alfiler!!”).

Desde entonces, siguió con aquella afición que había aparecido de forma tan inesperada. Cada vez que cosía, se daba algún que otro picotazo, pero revisaba absolutamente todas las costuras, pliegues, hilvanes, de arriba abajo para no dejar nada que no tuviera que estar. Y, recordando aquel día de estreno de su primera obra maestra, pensaba, siempre sonriendo, que la mejor expresión que podía definir aquella actividad era “Coser y gritar”.