A propósito de San Valentín: los amores en la vida de Cervantes

Por San Valentín es ya tradicional reflexionar sobre los placeres y dolores que trae implícito el amor, aunque sea prioritario que los amantes celebren la fecha con celebraciones especiales que sirvan para que el vínculo amoroso se consolide.

Cupido no hizo ninguna excepción con Don Miguel de Cervantes. Le regaló una porción de experiencias amorosas, que también produjeron además de alegrías y sosiego, algunas tristezas y tensiones. Los biógrafos no tenemos demasiados datos de las dos mujeres que fueron el centro de su vida amorosa: su madrileña amante Ana Franca y su joven esposa Catalina de Salazar. Tenemos que guiarnos, para describir con algún detalle estas dos relaciones, por los hechos externos que produjeron en la vida de Cervantes, más que por declaraciones sobre estas intimidades; Cervantes, tan prolífico en descripciones de sus personajes y de sus variados contextos, fue muy silencioso en sus asuntos personales. Pero todo escritor, incluso él, sin quererlo, habla a través de sus obras de los aspectos más íntimos de su existencia. En El casamiento engañoso, por ejemplo, le queda claro al lector qué piensa del matrimonio y por qué lo piensa.

En términos generales diríamos que Cervantes tuvo suerte en la elección de esposa; de numerosos datos de su vida se deduce que su mujer le amó hasta el final de sus días, a pesar del abandono de veinte años que sufrió, a los dos años escasos de casarse; su marido se empeñó en ir a trabajar a Andalucía, contratado por la Real Hacienda y dejándola sola con su madre y sus debilitadas propiedades en el pueblo de Esquivias.

Al volver, arruinado y puesto en cuestión en sus cuentas de comisario, Catalina le recibió de nuevo, perdonándole “casi” por completo: sus dudas finales sobre ser enterrada o no al lado de su marido  en Madrid, para la eternidad, hicieron ver la herida por el largo abandono que no había podido cicatrizar del todo. También le perdonó sus amores adúlteros (anteriores a conocerla a ella) con Ana Franca, de los que nació su hija Isabel de Saavedra; Catalina acepta a esta hija con más o menos cordialidad.

Isabel de Saavedra fue una hija difícil de carácter, pues su primera etapa de vida no fue un jardín de rosas; tampoco su padre, Cervantes, se lo puso fácil: tardó en reconocerla quince años, dándole un apellido que no era el apellido de la familia. Ella, posteriormente se venga de él llevando una vida “amorosa” demasiado cambiante e incluso llevándole a juicio como culpable por haberse quedado sin la casa que su amante Juan de Urbina le había cedido.

En medio, pues, de la historia de Cervantes y su hija Isabel, estuvo siempre Catalina de Salazar. “¿Quién mejor que ella para contarnos los pormenores de toda la enrevesada historia entre Cervantes, Ana Franca, Isabel de Saavedra y ella misma como madrastra?”, pensé yo cuando decidí escribir la historia de esta única y problemática hija de nuestro insigne escritor. Si hay una voz de narradora de los amores y desamores de Miguel de Cervantes más fiable, espontánea y eficazmente comprometida con esta historia, es la de su esposa Catalina.

Para mostrarlo, y finalizar así el artículo, aquí transcribo el inicio de mi novela, terminada,  aún no publicada, en el que Catalina nos cuenta cómo conoció a su marido:

“Después de tomar la decisión de narrar la historia de Isabel de Saavedra y las consecuencias  de  su vida en mí y en  mi matrimonio,  de inmediato he comprendido que la  historia de Isabel se remonta al día  en el que conocí a Miguel de Cervantes.

 Isabel estaba ya en la vida de mi marido el primer día que Juana Gaitán me lo presentó. Fue un día de septiembre, suave y soleado,  cuando Juana se acercó a mi casa  de buena mañana, para decirme que quería que conociera esa tarde a un poeta madrileño. Había invitado a su casa a Miguel de Cervantes para encomendarle la  edición de los poemas de su difunto marido, Pedro Laynez, amigo muy querido de Miguel. Juana conservaba  todos los poemas del difunto, con el título de Cancionero,  ordenados en un  bello  cartapacio que mostraba el orgullo y amor que siempre había sentido por él.

Aceptamos su invitación. Escribo “aceptamos” pues mi madre fue la primera que le dijo a Juana que contara con nuestra visita. El poeta llegaría esa mañana en el coche de mulas de Madrid y después de que Juana y él comieran juntos y hablaran del libro, nos recibiría Juana, su joven esposo, Diego de Hondaro, y el  poeta madrileño.

Antes de prepararnos para la visita, le pregunté a mi madre qué le había hecho aceptar con tanta seguridad la invitación. Siempre recuerdo sus palabras;  sentí que me golpeaban en todo el pecho:

  • Porque…hija, creo que ya va siendo hora de que pienses en tu matrimonio. Ya no eres una niña y ningún hombre va a venir a buscarte a casa a pedirme tu mano. Este es un pueblo de campesinos y aquí no hay ningún joven con rentas en edad casamentera.”