Hoy va de refranes

Es de justicia reconocer la riqueza del refranero español. El horizonte que nos espera me da pie para proclamar “Cuando el río suena, agua lleva”. Quiero referirme a ese rumor que circula por los mentideros de la política, hablando de rifirrafes entre las dos facciones que componen nuestro consejo de ministros.

En cualquier democracia occidental existen principios asumidos que raramente son conculcados por sus gobiernos. Uno ellos es el cultivo de la verdad. Conscientes de que “La mentira tiene las patas muy cortas”, los políticos responsables no quieren arriesgarse a ser ridiculizados cuando se conozca la verdad, algo que acaba sucediendo.

La anormal coexistencia de un gobierno de coalición como el nuestro, pergeñado sobre la marcha y poblado de gente sin conocimientos, no podía tardar en alumbrar discrepancias. Si las hubo incluso con gobiernos homogéneos, razón de más para que se den ahora. Después de las últimas elecciones, Sánchez tenía dos opciones para gobernar en coalición: formar un gobierno con partidos constitucionalistas, o tragarse el sapo de tener que hacerlo con los que le quitan el sueño. Sin pensarlo demasiado, lo primero que le vino a la mente fue “Ande yo caliente y ríase la gente”. Desde ese momento, él no pasa frío, pero España sigue presentando el prototipo de gobierno desastroso y los españoles lo único que no podemos hacer es reírnos.

Y, efectivamente, como este gobierno tiene poco de responsable, sigue aferrado a la mentira y ya no repara en daños porque dice “Dame pan y llámame tonto”. El dúo Sánchez-Iglesias lo forman dos fuerzas que se retroalimentan. Los principios y programas que sostienen sus partidos deberían ser suficientes para dictar la forma de enfrentarse a cada problema. Sobre el papel, uno y otro suelen dejarlo muy claro, pero, como “Dos que duermen en un colchón, se vuelven de la misma condición”, ninguno quiere pisarle la manguera al otro. En la Moncloa existe un taller de fontanería donde está instalada una impresora de cuatro dimensiones (longitud, anchura, altura y conveniencia) que sirve para adaptar cada ley a las necesidades del momento y para dar cumplida respuesta a cuantas interpelaciones se le hagan a cualquier miembro del gobierno. No en vano, una de las máximas que ofrece Sánchez en su famoso libro es el deber de resistir y “El que venga detrás, que arree”.

Me gustaría trasladar al lector la siguiente doble pregunta: durante el transcurso de la actual legislatura ¿Hay algún miembro del gobierno que no haya mentido nunca? o ¿Cuántos de ellos no han hecho el ridículo en alguna ocasión? Hemos asistido a más de una diferencia a la hora de proponer y aprobar las cuestiones que se llevan al consejo de ministros, o en las manifestaciones públicas de ministros pertenecientes a las dos corrientes. Los desacuerdos han sido tan palmarios que nadie ha podido negarlos. Lo que sí se ha hecho siempre, aunque nunca se haya conseguido, ha sido fabricar una respuesta, traída de los cerros de Úbeda, para justificarlos. Así, hemos asistido a todo un rosario de melonadas por parte del portavoz de cada momento. A veces, me recuerdan aquel desternillante párrafo que debí aprenderme de novato, una de cuyas frases rezaba: “Ni luxuarios pírricos ni gamberrongos en contumacia, saponificaron nunca la pintura quiliástica, sino que fueron estas eternas satisfacciones las que desnaturalizaron las Meninas y la Gioconda y desagnostizaron amoniacalmente toda la pintura antipicassiana” (De Las espeluncas). Si no estuvieran en juego el prestigio de España y el bienestar de los españoles, sería para tomárselo a pitorreo.

Pero las discrepancias persisten y, ante el silencio cobarde y cómplice del inquilino de la Moncloa, Iglesias se crece de día en día –él y sus validos-, aprovechando el altavoz de su cargo para impartir los postulados de un anacrónico credo político y, de paso, para trasladar al exterior una imagen descalabrada de España. Cuando nuestro presidente, después de un largo período sin ofrecernos sus pesados “Aló Presidente”, se digna dirigirnos la palabra para pintar un idílico escenario que en nada se parece a la realidad, su vicepresidente ya está de vuelta asegurando lo contrario. Acabamos de asistir al último ejemplo Antes de celebrarse las elecciones en Cataluña, Sánchez trama alguna contraprestación que compense los favores de la investidura. Una de ellas podía ser la rebaja, más o menos encubierta, de las cuentas que algunos tienen pendientes con el Estado. Mientras la cocina de la Moncloa ideaba un menú apropiado, Iglesias –“Cuando tú vas, yo vuelvo” - presenta en el Congreso su propio proyecto de ley sobre la libertad de expresión y, de paso, incluye derogar los delitos de injurias a la Corona o enaltecimiento del terrorismo, entre otras lindezas. Para que sus “compañeros” independentistas se vean reconocidos, Iglesias también concede una entrevista en la que se atreve a poner en duda la democracia española por mantener en prisión a presos políticos. Lo dice y lo mantiene cuando aparecen las primeras críticas. Debo reconocer que, por primera vez, estoy de acuerdo con mi vicepresidente. Efectivamente, mientras él forme parte de este gobierno, España nunca podrá ser una verdadera democracia. La reacción del equipo de la Moncloa es manifestar que sólo se trata de un exceso cometido en campaña electoral. ¡Toma ya! Es decir, se nos dice a los españoles que no debemos tener en cuenta los mensajes de los políticos en campaña. ¡Eso ya lo sabíamos! “De lo que no veas, ni la mitad te creas”. Lo que estamos comprobando es que Iglesias está ganando el partido en campo contrario. Sánchez debería dar muestras de no ser de la misma opinión, pero le va muy bien en este papel porque su vicepresidente está haciendo el trabajo sucio; ese al que él no se atreve. Ha bastado saber que la Princesa de Asturias cursará el bachillerato fuera de España para que los progresistas “pata negra” pongan el grito en el cielo. Estoy convencido de que les importa un carajo dónde estudie la futura reina. Lo que de verdad les gustaría es poder mandar a sus hijos al extranjero. De hecho, los que sí pueden –que no son pocos- ya lo hacen. Unas veces por presumir y otras porque saben que la enseñanza es mejor. “Quien puede hacer, hace; quien no, critica”

Mientras tanto la vida sigue. La dejación de funciones de un gobierno que es capaz de cambiar a su ministro de sanidad en el momento más crítico de la pandemia indica       la catadura moral del mismo. La economía, el otro grave problema que nos agobia, a juzgar por las nulas medidas que se toman, tampoco parece que le quite el sueño. Sea cual sea el problema, ya hemos aprendido que este gobierno no está capacitado para resolver ninguno.

Intentando hacer un acto de fe para creer que en lo más recóndito de su integridad a Sánchez aún le podía quedar un asomo de responsabilidad, el hecho de que mantenga esa pasividad ante los ataques de Iglesias, echa por tierra lo que de constitucionalista le pudiera quedar a su partido. De una vez por todas, los españoles debemos saber si todavía existe una posibilidad de que nuestra democracia no acabe siendo la que Iglesias pretende, o si, por el contrario, debemos resignarnos a admitir que, con este gobierno, sería una quimera; algo que ya no tiene remedio; y que “Después del burro muerto, la cebada al rabo”.

En día de refranes, cuando ya conocemos lo que han decidido los catalanes, y cuando a este gobierno le entran las prisas por enmascarar la verdadera libertad de expresión con una ley que ampare a todos los recalcitrantes anti sistema que comulguen con sus ideas, bueno será acabar estas líneas con otro refrán: “No echéis margaritas a los cerdos”