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Domingo, 7 de marzo de 2021

El Amor nunca deja de ser (Poemas para Jacqueline)

Jacqueline y Alfredo Alencar, con la laguna de Apoyo de fondo (Catarina, Nicaragua. Foto de Humberto Avilés)

Hay un pasaje en el Nuevo Testamento donde el apóstol Pablo hace uso del lenguaje poético a la altura de los grandes poetas bíblicos (Isaías, David, Eclesiastés, Salomón, Job, Jeremías, Miqueas…). Me refiero a 1 Corintios 13. Empieza así: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”. Y así termina: “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.

Gracias al Amado galileo tengo una esposa-compañera que ha sabido llevar a la práctica todo lo que escribe el poeta Pablo (Sí, basta recordar cuando en el areópago de Atenas cita versos de dos poetas muy conocidos por entonces). Tanto en la pobreza (bueno, digamos mejor, cuando escaseaban los ingresos), como en la riqueza (bueno, digamos mejor, cuando ya no hay números rojos a fin de mes), tanto en la enfermedad como en la salud… Sea a orillas del Tormes, del Sena o del Madre de Dios (el caudaloso río de mi tropical tierra natal); sea en Salamanca, Mantua, Castelo Branco o Toral de los Guzmanes…, lo cierto es, Pablo, que el Amor nunca deja de ser.

Fácil es predicar sin dar ejemplo. Lo complejo es no caer en la tentación de cambiar el móvil cada nuevo modelo que se ofrece (no tengo ese problema porque nunca he usado uno), o cambiar de coche cada dos o tres años (el que usamos fue un regalo de nuestro querido Alfonso Ortega Carmona, como un padre para ambos: ya suma 27 años y sigue…), y así podríamos seguir anotando puntos a favor de esta compañera-esposa, tan pauliana ella, en teoría y praxis. A menudo solemos recordar lo que Pablo confiesa en Filipenses 4:12: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad”.

Última visita a Alfonso Ortega Carmona, en Madrid (foto de Erika Suhrkamp)

 

Estas tres décadas juntos han sido de bendición para mí. Por eso dejo conocer algunos poemas de la amplia cosecha de versos sentidos, a ella dedicados, todos albergado en mi antología “Una sola carne” (Ediciones Diputación de Salamanca, 2017).

Por los días, semanas, años y décadas:

Gracias, gracias, gracias…

Jacqueline Alencar (dibujo de Miguel Elías sobre poema de A. P. Alencart)

 

MUJER DE LA MAÑANA

 

También te amo

cuando tu rostro me despierta a las siete y treinta

e inaugura el nuevo día con la ternura

de unos labios carentes de carmín.

Contemplarte refugiada entre las sábanas

resulta suficiente para trazar la caminata

que supera el desencanto y encara

el agrio jornal y la envidia de quienes escrutan

demasiado el insistente vuelo.

Me despierto y la oscuridad es algo menos.

Luego piso con ganas las sombras huidizas

y constato que existo sin puntos suspensivos:

Hay suficiente música de fondo en tu quietud

que – embriagado por el exceso – busco

abocetar en el fondo de mis ganas.

 

No abro la ventana aún.

La intimidad deja huellas de timidez, de torpezas

o de placeres imborrables. La mesura se impone

en estos minutos apacibles donde el amor de uno

se mastica en silencio, con los gestos que permiten

ir tejiendo – de locos presagios – la piel

o el vergel que te recubre.

 

Me fuiste enviada para evadir el naufragio cotidiano

y por ello te soplo un beso ingenuo

mientras salgo en busca del jornal.

Jacqueline Alencar  y Alfredo Pérez Alencart  (Toral de los Guzmanes, junio 2007

 

MUJER DE OJOS EXTREMOS

(Jacqueline)

 

Mujer de ojos extremos: soy todo convulsión

durando en músculos de flamígero presidio; soy el juzgado

y condenado cuando me ausento a veces por el otro

tiempo de la manzana; soy el ángel rehabilitado

que te sigue con su ala de amor, gentileza

contra los bárbaros; soy el que desdeña pertenencias

que no hacen falta, manos en ardimiento,

violín flotando por aguas amargas, por soles trizados

pero siempre a tu lado, a las veintitrés lunas de tus huesos,

a tus noches henchidas quedándose para que bese

tus sueños y cosquillee tu torso hasta volverte

gacela del Líbano viniéndome cuidadosa.

 

Tú, que tienes de Querubina, alúmbrame con luciérnagas

 

y cuida mis desgracias, mis espectros de dos lenguas,

mis miradas deshilachadas, mi vida individual

y colectiva: cuídame hasta la última edad, diluvia

en mi fisiología, relaciónate, relígate, ora conmigo ahora

y en la hora del gozo, del llanto de la exacta realidad,

creando a fondo la comunión carnal y los vientos

favorables del espíritu.

 

Yo te necesito, mujer de seda y acero: necesito tus ojos

extremos para crucificarme tan de continuo,

para ser testigo de tus llamas sin corrupción, alimento

para mi supervivencia que ya rectificó su rumbo

y atraviesa tu noche única de prodigios como si hubiese

sido un sueño apretado a nosotros mismos,

en plena acción de tierras y cielos aplicándose

al oído tus susurros y los míos.

 

Mujer: espósame con invocaciones

que nombran lo amado, con emoción continua, con risas

que destellen eternidad y asedio a mis partes mortales,

aisladas por tu respiración en mitad de la almohada:

centro vivo, pulsación que me concierne, cerebro febril

gravitando en la certeza de mis manos, movimiento

libre de tus nervios principales en cuya rotación

nunca quedo a oscuras.

 

Mujer de ojos extremos: te cobijo ahora que sientes frío

y el ruido del mundo atasca historias a la orilla de tu río,

de tu bosque, de tu cielo de tantas estrellas,

allí donde bailé contigo baladas y promesas

hasta hacerse agua nuestra boca tan temprano, juntos los dos

pero distintos a todos, éxodo tras éxodo para gestar

al unigénito portador de todas las sangres

de aquellos forasteros

que nos legaron un corazón alejado del odio.

 

Yo te beso,

mujer madurada bajo el roce íntimo

de mis días vertiginosos.

 

Te beso

porque cabes en mis brazos

y giras tu curva esplendorosa

para que te respire

como a la esposa del amor

que está junto a mí

en todas las resurrecciones.

 Alfredo y Jacqueline (París, 2011. Foto de Miguel Elías)

 

AQUÍ ES EL CIELO

 

En este campo de amapolas

voy orando por nuestras vidas.

 

Entreabre tus brazos,

amada esposa (días

y noches, noches

y días).

Alfredo y Jacqueline en el río Madre de Dios (Perú, 2011)

 

CREACIÓN

Ningún

susurro de mujer

acompañó

la deseante soledad

de mis días adolescentes.

 

 Ninguna costilla salía

de mi barro.

 

 Entonces cayó una hoja

de exquisita fragancia

y en mi pecho

se hizo carne amantísima,

 

vibrante llama,

vena de transfusión para

siempre.

 

Luego empezó

la fecundación del

unigénito.

 

Te ensalivo,

mujer,

te amaso a mí.

José Alfredo, Jacqueline y Alfredo (2019)

 

Mensaje enviado por la poeta argentina Ángela Gentile