Advertisement Advertisement
Miércoles, 3 de marzo de 2021
Ciudad Rodrigo al día

Cronología de un desastre

Esto es una cuestión de responsabilidad sanitaria, de sentido común colectivo, de humanidad y dedos de frente

Noticia del periódico elDiario.es, día 29 de enero del año 2021: “Con la tasa de Covid más alta de Europa y récord diario de muertes, Marcelo Rebelo de Sousa prohíbe a sus ciudadanos salir del país y suspende totalmente la enseñanza, en un contexto en el que la cepa británica hace estragos”.

Repito, señores, 29 de enero. Cinco días antes, el 24, elecciones presidenciales en Portugal. Que cada uno saque sus propias conclusiones, creo que no hace falta añadir mucho más.

Noticia de la Agencia EFE hoy, 13 de febrero del año 2021, o lo que es lo mismo, unas horas antes de que en la comunidad catalana se lleven a cabo unas elecciones generales que no sabría decir si me dan más rabia o pena. “Las cifras de la COVID-19 arrojan este sábado otro pequeño respiro, baja la presión hospitalaria y el índice de rebrote, aunque otras 55 personas han perdido la vida, horas antes de que Cataluña vaya a votar en un escenario algo mejor que el previsto por el Govern cuando defendió la suspensión del 14F”.

¿Qué creéis que ocurrirá en una semana? ¿Cómo pensáis que estará la comunidad catalana, en relación al virus, días después de estas elecciones de la vergüenza y de la desfachatez?

Seamos sensatos, por favor. Esto no es una cuestión de partidos, de ideologías o de política territorial. Esto es una cuestión de responsabilidad sanitaria, de sentido común colectivo, de humanidad y dedos de frente.

¿Alguien sabe explicarme por qué caracoles son tan necesarias unas elecciones autonómicas en una situación como esta? ¿De verdad los políticos no son capaces de aguantar unos meses con las mismas leyes, los mismos presupuestos…? ¿Es tan urgente como para poner en peligro las vidas de miles de personas?

Os voy a contar una historia.

Tú, catalán, acudes mañana a tu escuela electoral y depositas tu papeleta en la urna señalada. Fulanito de tal, votó. Escuchas estas palabras esperanzado mientras piensas en lo mucho que estás contribuyendo al liderazgo del número uno de tu partido. Hasta ahí bien. Llegas a casa y te enteras de que está arrasando en las votaciones. El escrutinio va de maravilla. Algunos medios de comunicación hablan de una abstención de casi el sesenta por ciento del electorado. Con lo que ha costado obtener este derecho y que haya gente que quiera tirarlo todo por la borda a las primeras de cambio —piensas—. Exultante por los buenos resultados electorales, te metes en la cama y duermes con la convicción de que una Cataluña mejor es posible.

Al despertar continúas con tu vida, exactamente igual que siempre, pero transcurridos cinco días comienzas a sentirte raro. No mal, en absoluto, pero sí raro, como si no estuvieras del todo cómodo. Un ligero picor de garganta empieza a darte la lata y notas un embotamiento ascendente en la cabeza. Te tomas un paracetamol. Mejor, bastante mejor. Esa noche no consigues dormir del todo bien, y al echarte colonia para ir a trabajar a la mañana siguiente te das cuenta de que huele mucho menos intenso de lo que acostumbraba. ¡Alerta! ¿Será…? No, ¿no? Yo creo que he hecho todo bien. Joder, pero ¿y si…? ¡Bah, habré cogido frío! A trabajar, que hay que levantar el país.


El día trascurre con normalidad, pero a eso de las ocho de la tarde comienzas a sentirte mal, realmente mal. Te pones el termómetro y, para tu sorpresa, marca 38,5º. ¡Ahora sí que pasa algo serio! Llamas al teléfono de tu centro de salud y una chica con voz cansada te pide que le cuentes los síntomas. Anosmia, fiebre alta, cansancio, malestar y picor de garganta. También noto como si me costara respirar, pero no parece importante —añades—. Esa chica te da cita para una prueba rápida a la mañana siguiente y te cuelga de forma apresurada. Un nuevo paracetamol y a dormir.

A las tres de la mañana te despiertas agitado, con unos sudores horribles recorriendo todo tu cuerpo. Ahora sí te cuesta respirar una barbaridad. Tu mujer llama a Urgencias y una ambulancia se presenta en tu casa veinte minutos después. Te colocan oxígeno y te llevan hasta el hospital más cercano a tu domicilio. Allí dos hombres te valoran y, mirándose entre ellos con expresión seria, toman la decisión. Precisas de cuidados intensivos. Ingresas directamente en la UCI. Antes de hacerlo, mientras eres trasladado en una camilla, piensas en tu mujer y en lo mucho que la quieres. Dos días más tarde, mueres por una neumonía bilateral y ella no puede velarte en el tanatorio porque también se encuentra ingresada en una sala de UCI muy parecida a la tuya. Al poco tiempo, ella fallece también.

¿Que soy muy tremendo? ¿En serio? ¡Señores, abran los ojos! ¡Esto es la puñetera realidad! Esto es el mundo actual, no los cuentos de princesas que les narran en la tele, y les puedo asegurar que el político que ha salido elegido con el voto de ese pobre hombre no va a sufrir ni un segundo su muerte. ¡Pero ni una milésima! ¡Despierten, por favor! Los que van a estar jodidos son sus hijos, sus familiares, sus amigos… que van a tener que soportar la pena de su ausencia toda una vida.

¿Moraleja? Ninguna. Tan solo acuérdense durante los próximos días del artículo de este escritor y de todas las vidas que se van a perder a costa de estas elecciones. Ojalá me equivoque. Ojalá.

Nos leemos el próximo domingo por aquí o, hasta entonces, en Instagram (@rubenjuy) y en Facebook (Rubén Juy).