Salud democrática

La llegada de nuevos partidos políticos al arco parlamentario no ha menguado la deformación sistemática de la democracia que constituye el ejercicio de la partitocracia o partidocracia: ese poder excesivo de los partidos políticos en un sistema democrático. La cuestión viene de lejos y la experiencia nos enseña que, en un Estado democrático, como el español, articulado por la representación partidista, existen conflictos de intereses: el aparato suele prevalecer sobre el partido y los intereses del partido compiten con los intereses del Estado.

Solo así se pueden entender las afirmaciones de dirigentes políticos españoles al decir que “no hay normalidad democrática” en España. Valoraciones propias de un profesor de sociología o de un dirigente político que va en contra del sistema, anteponiendo los intereses del partido a los intereses del Estado. Pero no deberían ser propias de un Vicepresidente del Gobierno que con su cargo está encarnando el propio Estado. Ni siquiera en un contexto de campaña electoral se justifica.

En 24 horas se votará en Cataluña y ahí se acaba el posible valor electoral del interés inmediato de tales declaraciones. Sin embargo, el perjuicio a la imagen y reputación internacional de España por tales afirmaciones va mucho más allá. Los dirigentes políticos deberían saber que la comunicación actúa para la eternidad y nadie puede predecir cuándo acabará su influencia ni hasta dónde llegará.

España es una democracia plena, aunque no sea perfecta. Está entre las 20 mejores por su calidad, según la valoración de organismos internacionales independientes. De los 193 estados soberanos que hay en el mundo, solo una veintena de ellos podría darle lecciones de democracia en algún aspecto concreto. Por supuesto que es mejorable, como también lo son algunos de los aspectos de la Constitución que la encarna. Pero hay que tener en cuenta que la democracia es un ideal más que un hecho irrefutable. Es un constructo inacabado que conlleva un desafío diario, para evitar su desgaste e irla mejorando por medio del debate sobre sus posibles deficiencias. Evitando enfrentar los intereses de partido con los intereses del Estado, que somos todos y debería ser el interés común.

Que la democracia es un desafío diario no solo en España sino en todos los lugares, allí donde la hubiere, lo pone de manifiesto lo ocurrido en los cuatro últimos años en los Estados Unidos, antes paradigma de la democracia plena, con la culminación de un asalto al parlamento e intento de golpe de estado el 6 de enero. Hecho que confirma lo que algunos venimos diciendo desde hace años: que la democracia está débil y hasta está en peligro.

Aunque para muchos la intentona golpista al Capitolio fue algo inesperado, se veía venir. Había y sigue habiendo un ambiente propicio para que calen consignas populistas y demagogas que manejen a la población con promesas luego inalcanzables. Las democracias del mundo deberían estar atentas. Proponer, desde las distintas opciones, políticas certeras que signifiquen una mejora real para la población, que neutralicen el riesgo de caer en un proceso de degradación de la democracia e involutivo, que nos lleve a repetir la historia sangrienta y consecuencias tan nefastas que nos trajo el fascismo, allá por los años veinte y treinta del siglo pasado.

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), estableció en 2007 el 15 de septiembre como el Día Internacional de la Democracia, para poner de manifiesto la importancia universal de que los pueblos decidan, de manera libre, sus propios sistemas políticos, económicos, sociales y culturales. Así como la plena participación de los ciudadanos en todos los aspectos que le afectan a sus vidas. Solamente con voluntad, participación efectiva y con la sinergia de gobernantes e instituciones, la democracia se mantiene fuerte y puede caminar hacia un ideal de perfeccionamiento.

Lo que sí tenemos en España es mucha anormalidad en la política. Hay que evitar que el decir, y sobre todo el hacer democrático, se aleje de la realidad cotidiana, del debate de las ideas, de los sistemas de representación, de las estructuras y organización de los partidos políticos, y, consecuentemente, de la práctica política. El vigilar y cuidar la democracia no es solo cosa de los políticos, es un asunto demasiado serio para dejarlo en sus manos, también es cosa de los ciudadanos, si no queremos que se enferme y pierda su salud.

Les dejo con Jarcha y su “Libertad sin ira”

                                                                                                  Aguadero@acta.es