La iglesia redonda, piel soleada

La Salamanca monumental comienza en este templo de planta circular, la iglesia chiquinina que nos evoca los misterios del románico y sus símbolos secretos

Construida entre el XI y el XII, se sabe que Alfonso IX se la entregó a la Clerecía en 1202 y que tras muchas vicisitudes, acabó convertida en parroquia

         Nos han recordado los artistas Carlos Vicente y Patricia Sánchez que los salmantinos somos aquellos provincianos que “bajamos” a la Plaza Mayor entre el gentío de la calle Toro y de la calle Zamora porque llevamos el recorrido impreso en la memoria. Esa memoria de todos que nos insta a quedar debajo del reloj o en la esquina del Toscano ya sea para seguir bajando al río o deambular por una ciudad recoleta de rincones ajenos al tiempo que pasa por el callejero de corazón.

         Y quedamos en la Puerta de Zamora, abertura de la muralla antigua por la que se iba hacia la ciudad vecina, dejando atrás la iglesia redonda de San Marcos, este misterio en torno al que damos vueltas cuando llegamos pronto a la cita de la esquina del Toscano y miramos pasar los coches, la gente, la entrada arbolada a Carmelitas, la promesa insólita del barrio del Oeste. La Salamanca monumental comienza en este templo de planta circular, la iglesia chiquinina que nos evoca los misterios del románico y sus símbolos secretos ¿Por qué tiene este pequeño templo la redondez que nos recuerda la infinitud de Dios, la perfección de la forma, el anillo que circunda el vínculo y el afecto, uróbolo de nuestra cíclica existencia?

         A la iglesia redonda de la Puerta de Zamora se la creyó parte de la antigua muralla. Construida entre el XI y el XII, se sabe que Alfonso IX se la entregó a la Clerecía en 1202 y que tras muchas vicisitudes, acabó convertida en parroquia, bajo la protección del evangelista San Marcos y ornada de una diminuta espadaña erigida en el siglo XVIII. Apenas veinte metros de diámetro para un círculo de sillares que muestran sus variadas marcas de cantero, sus ventanas saeteras hendidas en la piel de los sillares que se suben al alero con figuras florales, antropomórficas, geométricas y animales, en un despliegue de románico sobrio que gira en torno a sí mismo mientras Amador recorre su curva inacabable con esa constancia de quien hace siempre el mismo periplo cotidiano. Porque el trayecto, el camino de los habitantes de la ciudad se enroca en un signo de infinito que recorremos tenaces.


         Tiene la iglesia redonda que cierra la Salamanca monumental como redondo broche, joya inesperada, ese misterio del círculo que rastreamos en Oriente, en Grecia, y que descubrimos en los Santos Lugares donde la Iglesia del Sepulcro se recoge en sí misma, círculo protector. Quizás fueran los Templarios, los monjes guerreros, los monjes locos, los que trajeron su planta de oráculo griego, de rito pagano de piedras en redondo como en Stonehedge. El círculo se impone a la cruz latina, a la planta basilical, y gira en el misterio de las iglesias navarras que guardan el secreto de su danza. Iglesias redondas en Dinamarca, oratorios como conchas donde suena el rezo su eterno sonido de agua. Antiguas como la Round Church de Cambrigde, templaria y secreta, iglesia del misterio, de la planta que obliga al interior complejo hacia el altar donde se inclinan la geometría, la arquitectura, la mística y el eterno retorno de la vida y de la resurrección ¡Extrañas, secretas, útero sagrado, receptáculo perfecto las iglesias del recogimiento!

         Acude Amador al café que no tomamos, ahí, en frente de la iglesia redonda. Y el mes inusualmente lluvioso le regala un instante de sol, un cielo azul donde se recorta la piel de la piedra con humano desgaste de la edad. Y es el dorado gozo iluminado el que descubre para el objetivo de Amador las cicatrices de la piedra, recuerdo de un cantero constante, y las arquivoltas escondidas crean sombras exquisitas mientras se alza orgulloso el escudo de los Austrias, la espadaña pequeña, la veleta que nos lleva al león de San Marcos. Es el sol que le entrega al fotógrafo de la luz, advocación de Amador Martín en el mundo de la fotografía salmantina, una nueva perspectiva de la iglesia redonda: sillares de piel que palpita, escarificaciones de punzón, cincel, tatuaje de cantero. Y de nuevo la sorpresa se vuelve imagen de la mano del artista que recorre, en círculos infinitos, la ciudad inacabable, curva que se recoge, sagrada y misteriosa en torno al altar de la belleza.

José Amador Martín, Charo Alonso.