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Domingo, 7 de marzo de 2021

Hambre y más

El remedio del hambre en el mundo tendría que ser fruto de una estricta justicia, o por lo menos de una solidaridad consecuente

Los hombres tenemos necesidades elementales, como es el comer, el vestir, la salud, la formación escolar, un refugio donde guarecerse. Así podemos decir que, junto con respirar o beber líquidos, lo inmediatamente necesario es tomar alimentos. Un mínimo de alimentos, como para poder sostenerse en vida.

Y, sin embargo, en este mundo insolidario, en el que tantas riquezas tenemos, que serían suficientes para dar alimento al doble de la población que hay en el mundo, nos encontramos con mil millones de personas que carecen de dignidad porque pasan hambre profunda y, en muchos casos, llegan hasta a sufrir la misma muerte.

Triste situación la de nuestro mundo. Ya antes incluso de llegar a padecer las terribles consecuencias de la maldita pandemia del coronavirus inmisericorde. Pero la que ahora nos espera es parda. En España hemos rebajado la producción interior más de un diez por ciento. Pero los que están bien acomodados pueden, y de hecho lo hacen, hasta subirse los propios sueldos.

¿Qué pasará con los que ya antes estaban en situación de hambruna, a los que se añaden los nuevos parados, los que no tienen una mínima ganancia diaria, o los que para poder sostenerse tienen que acudir a las colas de las casas o instituciones de distribución como los bancos de alimentos? Y aún estamos en un mínimo comienzo de la grave carencia y pobreza que nos espera.

Los más mayores tienen el triste recuerdo de la hambruna que experimentaron como fruto de la trágica guerra civil, por no decir incivil, que les tocó pasar. Algunos un poco más jóvenes ya nos acordamos de la famosa catilla del racionamiento que vino a aliviar mínimamente las graves carencias y necesidades de lo más elemental.

Puestos en la perspectiva del mundo, el remedio del hambre tendría que ser fruto de una estricta justicia, o por lo menos de una solidaridad consecuente. Pero ni una cosa ni otra parece estar en el plan o el proyecto de los que rigen el mundo, pero tampoco de los que tenemos que hacernos responsables de la elección de aquellos que nos gobiernan. O que nos desgobiernan para engordar ampliamente sus propios bolsillos, mirando para otra parte en lugar de tener en cuenta a los pobres hambrientos del mundo, incluidos los más próximos a sus propias moradas, y a veces hasta mansiones.

Es la globalización del abuso de poder de las riquezas. En lugar de promover la globalización de la solidaridad, como reclama continuamente nuestro Papa Francisco.

Del intento de resolución de las necesidades de alimentación en el mundo se ocupan, en teoría, grandes instituciones de alcance mundial, como es el caso de la FAO. Pero apenas se notan los resultados de sus estudios y de sus propuestas transformadoras de las situaciones que pudieran paliar, si es que ya no remediar, los efectos del hambre.

De poner remedio o mitigar las situaciones más duras de los países pobres o de las zonas más pobres de los países ricos, intentan ocuparse varias organizaciones no gubernamentales (ONGs), a veces tan importantes como Caritas Internacional, Ayuda a la Iglesia Necesitada, la Cruz Roja o la Media Luna Roja, Acción contra el Hambre, y tantas otras meritorias organizaciones en favor de los niños, como pueden ser la UNICEF o Save the Children.

En estos días nos encontramos en la humilde pero efectiva campaña de Manos Unidas, o Campaña contra el Hambre, que desde hace más de 60 años trata de poner remedio a muchas personas y grupos humanos, que se ven sometidos a las graves consecuencias del hambre en los lugares más desfavorecidos.

Este año, la campaña, como tantas otras, se ve lastrada por las condiciones a las que nos ha avocado la pandemia desgraciada, que impide realizar acciones o convocatorias de multitud de grupos y personas, en las parroquias, colegios, instituciones y tantas otras y que, por tanto, verán disminuidos los frutos de sus colectas, mercadillos y, sobre todo, la tan popular y efectiva confección y venta del simpático y elemental “bocata”.

Habría que intentar compensar esas carencias económicas con aportaciones generosas por los modernos caminos de las cuentas bancarias o incluso del método de actualidad de fácil uso que es el bizum (código 33439). Los contagios de la pandemia viral hacen de gran acierto el slogan de la campaña de este año: “Contagia solidaridad para acabar con el hambre”.