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Domingo, 7 de marzo de 2021

El rostro del sufrimiento

Exigimos que la vida tenga un sentido. Pero solo tiene el sentido que nosotros le demos.

HERMANN HESSE

 

El mundo está lleno de sufrimiento, pero rebosa de personas que lo han vencido, y en su lucha descubrieron algo valioso.

HELEN KELLER

Ya hace un año que convivimos con el COVID-19 y, la pandemia, nos ha mostrado lo importante que es que tengas una mano cerca en la enfermedad y la muerte. Si en nuestra sociedad se esconde la enfermedad y la muerte, llevamos un tiempo que esa realidad se nos ha manifestado en toda su crudeza ante nuestros propios ojos. La muerte de un familiar, de un amigo, la enfermedad del COVID, otras enfermedades graves como el cáncer, la soledad, nuevas formas de pobreza, atizan el sufrimiento del ser humano.

Cualquier enfermedad grave en los límites de la vida, la tuya o la de un familiar impone la pregunta por el sentido de la existencia. En los momentos límites, podemos tener más preguntas que respuestas y quedar atrapados en el pozo del sufrimiento. Las preguntas por el sentido no se plantean para ser respondidas, ellas nos revelan la condición humana. Cada sufriente debe buscar compartirlas y ordenarlas, para poder habitar el mundo y que se puedan tornar más humanizadoras. La mayor parte de las veces necesitamos toda una vida para encontrar el sentido, ya que el dolor del sufrimiento puede romper el relato existencial que contribuye a orientar la propia existencia.

Puede que esas preguntas estén dirigidas a Dios, no siempre desde la fe, pero también desde la fe madura del creyente que sufre. En la tradición cristiana y bíblica encontramos preguntas dirigidas a Dios desde el hondón del sufrimiento.  Esencialmente cuando las preguntas arremeten contra las ideas de la inexorabilidad de la justicia, del bien y del sentido de la vida, ponen en el objetivo la fe en Dios Todopoderoso que ama al hombre. Unas preguntas que se unen a la exigencia de justicia que hace Job (Job 29-31) y al grito doloroso de Jesús en la cruz (Mc 15, 34). Cuando la persona pregunta a Dios: “¿Dónde estás?”, Dios pregunta a la persona: “¿Y tú?, ¿dónde estás tú?, ¿dónde está tu corazón?, ¿a dónde llevan tus caminos? ¿dónde está tu hermano?”

En la tradición del Antiguo Testamento, durante mucho tiempo, la atención se concentraba en la vida terrena quedando desdibujada la vida más allá de la muerte.  Dios creó al ser humano para la felicidad, la salud y la vida, como nos muestra el libro del Génesis. Pero tenía su contrapartida, si la salud venía de Dios, también se pensaba que la enfermedad procedía de él, reforzándose la idea humana de relacionar la enfermedad y el pecado.

Un autor desconocido, en ese contexto, escribirá uno de los libros más hermosos de la Biblia, el libro de Job. El autor utiliza un personaje literario para protestar contra esa idea, Job que no había pecado, no podía admitir que sus males fueran un castigo divino. Se reveló casi hasta la blasfemia y se atrevió a desafiar a Dios en un juicio imparcial. Dios le da la razón, le confirma que su sufrimiento no es una condena o un castigo, tampoco es un estado de lejanía de Dios o un signo de su indiferencia, de los labios de Job, conmovido brotará “Te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (42,5).

Hay situaciones extremas en las que el ser humano es capaz de encontrar sentido, incluso cuando Dios parece escondido y aparentemente no responde a nuestras llamadas. No es posible un mundo sin enfermedad y sufrimiento, es inevitable en un mundo finito, porque no es ni puede ser Dios, y, por lo tanto, no puede ser perfecto. La finitud es carencial y no puede realizar todas sus expectativas, el sufrimiento y la enfermedad forman parte de ella. Por otro lado, está la libertad humana, que Dios respeta y se toma en serio. Pero Dios está implicado, es el primero que está a nuestro lado, sin lesionar nuestra libertad, está siempre al lado del que sufre: “Mi Padre trabaja siempre” (Jn 5,17). Dios ha renunciado a la omnipotencia en favor de la autonomía del hombre y de la libertad del mundo. Allí donde el hombre sufre, Dios sufre con él, pero Dios trabaja contra el sufrimiento.

Jesús de Nazaret nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para los demás. El sufrimiento no es bueno. El maestro de Galilea, pasó su vida haciendo el bien y curando la enfermedad, la injusticia y el pecado. Su primera mirada no se dirige al pecado del ser humano, sino al sufrimiento. Toda su vida fue fiel a su predicación y a la misión que el Padre le había confiado, el reinado de Dios y, por él lo arriesgó todo. Su actividad sanadora ocupa un lugar central en el proyecto humanizador del reinado de Dios, potenciando la vida y la salud, buscando un mundo más justo y digno, más sano y dichoso para todos, empezando por los últimos. Jesús hace de la sanación la experiencia privilegiada para abrir al ser humano la sanación y salvación definitiva.

El dolor y el sufrimiento forman parte de la vida humana, están ahí como un “misterio doloroso”. El ser humano es un ser doliente. El hombre no se destruye por sufrir, sino por sufrir sin ningún sentido (Viktor Frankl). La vida humana no cesa bajo ninguna circunstancia, su significado incluye también el sufrimiento, las privaciones y la muerte. Vivir, comenta Viktor Frankl, es asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea y, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno de nosotros en cada momento. Somos seres potencialmente resilientes, capaces de resistir a la destrucción y capaces de reconstruir sobre circunstancias adversas.

La enfermedad y el sufrimiento, no son abstracciones, tienen el rostro del sufriente y del enfermo. La enfermedad solo existe en el hombre y la mujer concreta, esto lo entendemos cuando nos toca de cerca, en un familiar o en nosotros mismos. Enfermedad y enfermo son la misma cosa. En la enfermedad está también la totalidad del sujeto, siendo tan necesario como la dimensión biológica, la dimensión psicológica, espiritual, familiar, social.

Es importante no solo aliviar el dolor, también el sufrimiento moral y emocional ante la incertidumbre de la enfermedad. También es necesaria la atención social a las personas más vulnerables, personas con discapacidades o ancianos en soledad y vulnerabilidad. Todo enfermo, cualquiera que sea su fe o su dimensión existencial ante la vida, tiene derecho a ser respetado y atendido en la dimensión espiritual, necesita curar sus heridas y enfrentarse a los miedos.

He tenido el dolor y el privilegio de asistir a mi padre en su enfermedad del alzheimer en un morir lento y largo, perdiendo progresivamente sus capacidades y facultades de su propio ser. Posiblemente, en el último año, no se dio cuenta de los cuidados que todos le ofrecimos por su progresiva incapacidad. Pero, los que estuvimos cerca de él, nos dimos cuenta de lo que nos ofreció en su enfermedad, abriéndonos los ojos a lo esencial. No sé si fui yo quien le acompañó o realmente fue él, quien me mostró desde su silencio e incapacidad, el valor exacto de la vida, proporcionándome el verdadero rostro humano de la existencia. La vida humana en el sufrimiento ofrece también espacios para el crecimiento y permite descubrir valores existenciales desconocidos.

En estos momentos de enfermedad y pandemia, ante el dolor y la soledad de muchas personas, quiero terminar con el recuerdo aquellas palabras de Amado Nervo, la felicidad no es una posada al final del camino, es una manera de caminar por la vida.