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Domingo, 7 de marzo de 2021

¿Dónde está el garete?

Españolito que vienes al

                                                                            mundo, te guarde Dios.

                                                                            Una de las dos Españas

                                                                            ha de helarte el corazón.

                                                                                                       A Machado

                                                          

¡Dios mío; lo que daría hoy por ser un poco optimista! Por cierto, hablando de optimismo: salvo los políticos sujetos a una nómina del Estado – y no todos- ¿queda algún optimista en España? Si es así, me gustaría conocer las razones que exhiben para serlo. Una máxima bastante contrastada dice que pesimista suele ser el optimista bien informado. Lástima que la información que le llega al ciudadano de a pie no sea ni lo puntual ni lo veraz que debiera. Siempre se precisa acudir a medios que disponen de resortes para acceder a ella.

Es triste que, viviendo en una nación que no es la menos desarrollada de su entorno, ni la de recursos más escasos, ni la menos emprendedora, tengamos, sin embargo, la desgracia de estar a la cola cuando se trata de sobreponerse a cualquier crisis. La historia nos recuerda que Europa, y el mundo entero, se han visto envueltos en escenarios difíciles con ocasión de enfrentamientos entre vecinos -y algunas veces entre hermanos- que han ocasionado muy graves consecuencias a los intervinientes. De una u otra forma, las naciones más libres, integradas en organismos que tienen en común un régimen político y unas inquietudes de características análogas, nunca se enfrentan solas a esas dificultades. La pronta recuperación de cualquier miembro de una sociedad repercute en el bienestar de todo el conjunto. Por el contrario, el lastre del país aliado que no es capaz de superar una crisis frena la buena marcha de toda la alianza. Nótese la gran diferencia que supuso para España superar la crisis posterior a nuestra guerra civil, que afrontamos aislados, comparándola con la que superamos en 2008, dentro ya de la Unión Europea.

Aquel PSOE, que firmó el Tratado de Adhesión a la CEE en 1985, no se parece en nada al que hoy nos gobierna. Aquel tenía muy claro su concepto de Estado y, hasta que le perdió la corrupción, llegó a contar con el respeto y la consideración de las fuerzas políticas internacionales. El de Sánchez implora ayuda para salir del pozo en que nos encontramos, pero luego se resiste a seguir las indicaciones que hace Bruselas y, por detrás, se atreve a criticarlas por pensar que su fórmula mágica es más eficaz. Las consecuencias directas de esta política errática las sufrimos los contribuyentes y, lo que es mucho más grave, las seguirán pagando más de una generación de españoles.

Resulta curioso comprobar que sea España la única nación occidental en la que sigue teniendo arraigo el concepto de partidos de derecha y de izquierda. Aquello que comenzó siendo una mera distinción puramente geométrica entre los que se sentaban a derecha e izquierda del Presidente de la Asamblea Nacional francesa, por mostrarse partidarios o contrarios a que el rey pudiera vetar las decisiones tomadas, perdura sólo en España. Al menos, en nuestro entorno se habla de conservadores y laboristas, republicanos y demócratas o progresistas y conservadores. Aquí, no. Nuestros políticos no lo saben –mejor dicho, sí lo saben y no lo dicen- pero la verdadera división hay que buscarla entre los que se declaran partidarios del sistema y los que pretenden acabar con él.

A fin de cuentas, el ciudadano de a pie considera como bueno al político que logra mejorar claramente su bienestar, y como malo al que lo empeora. Por supuesto, también quiere saber si ese político cumple y hace cumplir las leyes. Si, además, conoce que unos mienten más que otros, ya tiene más datos para elegir. La política social de los gobiernos influye directamente en la cultura de los ciudadanos y evoluciona según los acontecimientos y la influencia de los actores sociales. El mayor o menor nivel de cultura política adquiere su máxima expresión a la hora de ejercer el derecho al voto. Se supone que el elector es libre para concedérselo al partido que presente el programa que más le satisface, o para negárselo al que le defraudó. El recuento final conforma la composición del Parlamento y de ahí, ya sea de forma automática o después de las necesarias negociaciones, debe salir un gobierno. El verdadero problema surge cuando el ciudadano es gobernado por quien no ha elegido y éste traiciona los principios que exhibía al optar al poder. En ese momento, se estará dando una situación legal, pero anómala. Las naciones que disfrutan de democracias consolidadas y de políticos dispuestos a colocar el interés general por delante de las ambiciones de partido, solucionan el problema acudiendo a coaliciones de centro-derecha o centro-izquierda. Esta práctica entraña mayor dificultad cuanto mayor sea la fragmentación del Parlamento. Ese es nuestro problema.

Ya es casualidad que, salvo alguna excepción nórdica, no exista en Europa ningún gobierno de coalición como el que han formado en España Sánchez e Iglesias. Suele ser más habitual que estas coaliciones, aparentemente tan “distantes”, se realicen fuera del gobierno; de lo contrario, asistiremos a fórmulas que enmascaran el contenido de las leyes –por muy orgánicas que sean- para imponer medidas cuasi dictatoriales contra las que la oposición se queda sin recursos legales.

Como botón de muestra, basta recordar las veces que este gobierno practica la táctica de oídos sordos ante los requerimientos que, desde Bruselas o desde la oposición, se le hacen sobre temas tan importantes como:

- La equivocada obsesión por incrementar el gasto con medidas de dudosa eficacia que agigantan nuestra deuda e hipotecan el futuro.

- El empeño en prostituir la independencia del poder judicial a base de politizar instituciones cuya finalidad está claramente definida en nuestra Constitución.

- La negativa a hacer público el informe del Consejo de Estado para que el reparto de los fondos europeos destinados a la recuperación de nuestro sector productivo no se haga a capricho de Sánchez y sin la participación del Congreso.

- La descarada y peligrosa obsesión de mantener la celebración de las elecciones autonómicas de Cataluña, en unas condiciones que atentan contra el propio protocolo marcado por el gobierno y ponen en peligro la integridad física de los participantes. Y todo por la única razón de poder aprovechar una situación que predice ventajas para su candidato.  Cuando Sánchez estaba en la oposición, por menos acusaba al gobierno de nepotismo y prevaricación. Hoy se le llama progresismo.El firme propósito de seguir comerciando con la unidad de España a cambio de garantizar su permanencia en la Moncloa.

- El nefasto manejo de esta pandemia, haciendo dejación de la obligación que tiene todo gobierno de garantizar la salud de los ciudadanos.

Se podía hacer una relación más numerosa, pero aquí se pretende, antes que sacar los colores de nadie, buscar soluciones para todos. Sin embargo, todo indica que estamos muy lejos de asistir a un brote de sentido común con el que pudiera llegarse a un acuerdo para salvar los muebles de esta democracia tan amenazada. Nuestros políticos no están capacitados y el pronóstico no puede ser más pesimista. Así pues, yo me preocupo de averiguar dónde está el garete porque, si Dios no lo remedia, pronto nos vamos todos allí.