Orgull

Práctica muy extendida en este momento de desajustados ajustes de cuentas, con la Historia y con el que piensa diferente, es contemplar el pasado con los ojos del presente. Pero con los ojos propios, a menudo cegados por el prejuicio, que atrofian el nervio óptico y lo desconectan de la capacidad de considerar otra posibilidad distinta a la construcción previa del pensamiento.

Así, ante Orgull, de Augusto Ferrer-Dalmau, muchos verán exaltación de la guerra, por las armas, y del fascismo-franquismo, por la bandera de España siempre condenada de antemano. Yo me quedo con el castell que están formando: Ala, minyons, feu la torre, i a dalt! Son voluntarios catalanes dirigidos por Prim. Obviamente en su ejército, el de España. Combaten en el norte de África y fueron los primeros en tomar la plaza: Tetuán. Estamos en el invierno de 1860. Aún faltan más de tres décadas para el nacimiento de Franco y más de seis para el surgimiento del fascismo.

La escena, claro está, es bélica. No es un canto a la guerra, sino al esfuerzo colectivo, y al amor a la patria que, en el convulso y poco conocido siglo XIX, alcanzó manifestaciones que se movieron entre el heroísmo y la estupidez, entre la belleza y la ignorancia. La bandera, por supuesto, trasciende y sobrevive a los regímenes políticos y simplemente identifica los caminos compartidos a lo largo de los tiempos por un pueblo establecido en un rincón concreto del mundo. Por eso aquellos voluntarios lucían los colores y atuendos tradicionales de su tierra entrañable, Cataluña, y la enseña de la nación española a la que tanto habían contribuido y seguirían contribuyendo desde su región. No confundían unidad con uniformidad y tenían por seguro que una torre, si no la cimientan entre todos, se derrumba.

Hemos progresado, en esto parece que sí, y ya no valoramos como opción la de lanzarnos hacia una alcazaba marroquí… aunque cometemos otras locuras. Sin embargo, nos cuesta mucho ofrecer los hombros propios para los pies del prójimo. No hay manera de que hagamos base y elevemos el proyecto común sosteniéndonos mutuamente. El otro nos pesa una tonelada mientras yo debo ser ligero como una pluma. Todos los derechos y ningún deber. Quiero estar arriba y los de abajo no me importan nada. Ansias de enxaneta que levanta el brazo por sí y para sí, no en señal de la victoria de todos. Entonces es cuando no hay sitio para la bandera de España, o cuando se sustituye por otra que impugna la historia común, que no es capaz de asumir su lugar, que excluye y separa.

¡Cuánto que aprender de aquellos voluntarios del Camp de Tarragona! De la torre improvisada por su ingenio y salida de su corazón. De la valentía que demostraron y el cariño a la bandera hecha jirones que enarboló su enxaneta. Durante aquella gloriosa jornada en Tetuán, en las cuatro barras aragonesas de su amor a Cataluña expresaron como pocos el amor a España. Orgull.