Apuntes sueltos de "precuaresma"

Era ver la espalda del rey Baltasar, la que este año también vimos justo hace un mes aunque con distancia de seguridad, y ya estábamos pergeñando preparativos, fijando en la agenda ensayos y conciertos, recalculando los ajustes en los itinerarios procesionales, rematando los estrenos y comentando, en definitiva, la jugada “precuaresmal” en tertulias oficiales o improvisadas. No está siendo jugada demasiado larga ni demasiado corta en este 2021, porque la ceniza, que más que imponer se va a dejar caer sobre el fiel invitado a convertirse, se anuncia para el 17 de febrero. Luego, la cuarentena de rigor: ésa sí, anhelada. Y después, la Pascua. Porque sí, ¡habrá Semana Santa!, como la hubo en 2020 bajo prudente y desesperado arresto domiciliario.

Mucho se ha escrito, aquí y allá, sobre la “sí Semana Santa” que a muchos les parece “no Semana Santa”. Hasta el punto de que alguna hermandad muy emulada suspende, ¡oh Jerusalem!, su actividad. “Si no cargo, no salgo”, se plantean a menudo ciertos cofrades; “si no salimos, no existimos”, deben pensar los dirigentes de esa… procesión. No han faltado decretos episcopales suprimiendo el culto en el espacio público, que las normas vigentes en cada comunidad autónoma (la co-des-gobernanza, ya saben) suelen someter a una necesidad de autorización pero obviamente no suspenden como sí lo suspendía el estado de alarma primaveral. Los obispos supresores no son más prudentes que los que exhortan a la prudencia pero manteniendo una cierta esperanza de que, llegados los días santos, si la situación sanitaria lo permite, pueda celebrarse alguna forma de anuncio de la fe en las calles. Así lo prevé la Coordinadora Diocesana de Cofradías en Salamanca, que el pasado 14 de enero emitió unas orientaciones y disposiciones (pueden leerse aquí).

No serán procesiones al uso, con aglomeraciones en las aceras, pero si resulta que nos plantamos en el Viernes Santo y no es osado convocar un recital de música en un parque, o amanece el Domingo de Resurrección y en las plazas se despliegan terrazas, triste resultaría no tener prevista una expresión cuidada y cuidadosa del misterio de Cristo Muerto y Resucitado en el espacio público. Porque la liturgia del Triduo Pascual, en su primacía innegable, desborda, debe desbordar, los límites del templo para transformarse en anuncio explícito. Más aún: ¿acaso no entraña menos riesgo un acto al aire libre, con su aforo acotado y sus distancias, que cualquier encuentro en un espacio cerrado? Obviamente, falta contrastar la hipótesis: que se pueda hacer. Para ello es imprescindible tenerlo previsto. Y quizá, de paso, reencontrarnos con una Semana Santa más pequeña, sin tanto aparato organizativo, una Semana Santa que no requiera grandes comisiones de trabajo entre juntas locales de cofradías y consejerías de turismo ni cosas así. Reinventarnos en cierto modo. Era el verbo que usaba el lunes pasado Félix Torres en Pasión en Salamanca, revista digital donde se han expuesto apreciables opiniones sobre qué hacer y qué esperar de esta Semana Santa salmantina de 2021 que deparaba varios hechos novedosos.

La noticia de la “precuaresma”, que imagino tendría su reflejo más brillante el Jueves Santo, ha sido el cincuentenario de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, recién cumplido el 2 de febrero. ¡Enhorabuena, hermanos! Por otro lado, iba a estrenarse la procesión de Jesús de la Redención, futuro paso de la Santa Cena de la Archicofradía del Rosario, aunque quizá lo haga ya, cuando sea posible, en su día natural, el Jueves Santo, y desde su sede, San Esteban. Además, la iglesia de La Purísima se convertiría en lugar de salida de la Seráfica Hermandad y la Catedral vería partir dos desfiles que, en su momento, eran de barrio: el Perdón, por la Prosperidad, y el Vía Crucis, desde San Bernardo. Cambios notables en desfiles que aún no presenciaremos y que así tendrán más tiempo para consolidar su viraje o matizarlo.

A once días del Miércoles de Ceniza ya avanza hacia su extinción una “precuaresma” extraña. No sé si con tanta reinvención en el buen sentido que proponía Félix. Quizá más presidida por la incertidumbre, el temor a dar un paso en falso o la desilusión por el segundo año sin procesiones. Una “precuaresma” que ha visto cómo en Castilla y León se ha restringido el aforo de las iglesias a veinticinco personas, sea cual sea la dimensión del templo, y que parece habrá de ser el tope de asistentes a los cultos de la Cuaresma, al menos en sus inicios. Ojalá pronto se retorne a la más científica proporción del tercio, o la mitad cuando mejore la situación sanitaria. Mientras tanto, veinticinco cofrades, con su capellán a la cabeza, para celebrar misas y triduos, novenas y quinarios, vía crucis y oraciones ante los rostros dolientes de Jesús y María que nos envían a contemplarlos (y socorrerlos) en todos los rostros dolientes que viven ahora mismo su pasión sobre esta tierra. Veinticinco: fueron muchísimos menos al pie de la Cruz. Veinticinco: aunque parezcan pocos, deben estar, permanecer, y que no se suspenda lo que tiene un valor más allá del número. Veinticinco que nos representan a todos.

En la fotografía de Alberto García Soto, el vía crucis de la Junta de Semana Santa de Salamanca celebrado el 29 de febrero de 2020. Jesús del Perdón ha sido la última imagen acompañada en procesión por las calles salmantinas.