No te estás quieta 

A mi señora madre, le daba la impresión de que yo viajaba mucho.

-¿Pero no te puedes estar quieta en tu casa, tranquila?

Yo le contestaba que para viajes, los de mi amiga la poeta que solía cruzar el charco con la misma facilidad con la que yo me iba a Madrid. Ambas coincidimos en que el viaje es la forma más sublime de soledad entre el silencio de otros peripatéticos ensimismados mientras el tren llega a Chamartín o el autobús a una estación de la que salir a todos los aeropuertos. El viaje, solitario y silencioso, era una forma de estar solas y conscientes de nuestras propias personas. Ya lo decía Elena Poniatowska, que cuando viajaba, sentía que era solo responsable de sí misma. El viaje como un paréntesis de silencio mecido por las vías, los vuelos, las estaciones… y un café solitario, un mensaje al móvil constatando que todo funciona aunque no estemos... y qué descanso no estar o estar lejos… Sin embargo, estos tiempos de recogimiento nos han convertido en viajeras de una pantalla que te abisma lejos y que te ancla, zapatillas y calcetines de andar por casa, en un hogar cada vez más profundo. No viajar, permanecer, seguir el trayecto conocido de estancias y pasillos.

Este tiempo de viento, este tiempo de quietud, de enfermedad y de viaje por las páginas y las imágenes, nos está agotando poco a poco, mientras apenas salimos a trabajar, a avituallarnos más allá de la caverna, a vernos a través de la pantalla. Somos un torso cortado, un rostro apenas, una imagen diminuta… y mientras, el miedo que acecha en los cercanos, la enfermedad del que está a nuestro lado y sobre todo, esa inevitable certidumbre de que esto no termina, nada acaba, y sin embargo, los días se alargan con amaneceres cada vez más tempranos y luces que nos invitan a ir más allá de un toque de queda que no admite sucedáneos.

A mi lado lejano, los niños pasan los meses dejando más cortos los pantalones, adquiriendo esas mañas en las que no reparo mientras sus rostros se afinan dejando atrás esa redondez de infancia que tanto nos gustaba estrechar. No nos vemos, no nos agotamos, no nos entendemos en el fragor de los mensajes que siguen diciendo que todo bien y que hasta un pronto que no llega. Los niños con su fragor de espuma, su olor a cloro de verano, su siesta sucia de sudor y caramelo. Los niños que crecen lejos, sin que les veamos, les midamos esas huellas que ya necesitan otros zapatos y que triste que nadie les diga cuánto has crecido, qué alto, como sigas así vas a llegarle a tu padre… niños acostumbrados a la casa que ya se saben, al camino del colegio, a la distancia que no se tienen cuando salen al recreo y juegan con una abollada botella de plástico a meter los goles que nadie observa en el banquillo de los juegos escolares. Ni siquiera la biblioteca está abierta con su rumor de páginas, su fiesta de cuentacuentos, su lector de páginas de periódico que crujen como un desayuno de bar. Es el silencio, y esta vez, silencio del que pesa y no se impone. Ese silencio habitado que buscábamos la poeta y yo en nuestros viajes, los míos, tan cortos, los suyos, tan oceánicos… y nuestras dos madres, tan parecidas quejándose a la vez ¿No os podéis estar en casa tranquilas, hijas mías?

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.