IFEMA e IZEMA

España se asemeja hoy a una escuela de surf. Después de pasadas la primera y la segunda olas de contagios, todo el mundo está deseando saber si ya estamos en el pico de la tercera para subirse a ella, como si fuera la buena o la definitiva. Mientras llega ese momento ¿qué se ha hecho aquí?

          Hasta que el quimérico Comité de Expertos comprendió que lo que nos invadía hace un año sí era digno de ser tomado en serio -a pesar de que nuestro sistema sanitario era de los mejores del mundo y que no íbamos a caer en los mismos errores que Italia o Francia-, asistimos a todo un rosario de disparates. Unas veces, las más, por mera ignorancia; otras, más de una, por querer anteponer la política de falsa propaganda a la realidad de cada momento, se tomaron decisiones que pusieron a nuestro país a la cabeza de los más castigados del mundo. Con la imparcialidad que concede el tiempo transcurrido, y con la diferencia de resultados logrados fuera de nuestras fronteras, podemos asegurar que las gestiones llevadas a cargo por este gobierno de nuestros pecados –mejor dicho, de los suyos- no merecen el mínimo reconocimiento, puesto que ha resultado ser el más lento, el más ineficaz, el más incauto y, a la vez, el más pretencioso de todos los de nuestro entorno.

          Mientras en Madrid se autorizaba una manifestación auspiciada por buena parte de ministros/as del nuevo gobierno progresista -y algunas otras concentraciones políticas y deportivas que sirvieran de tapadera-, se mentía descaradamente a la población con el uso de la mascarilla. Para no tener que reconocer que ese gobierno de inexpertos había sido engañado por las mafias orientales, hasta el punto de adquirir mercancías inservibles y más caras que las de otras naciones más previsoras, se llegó a recomendar salir a la calle sin mascarilla asegurando que no era necesaria.

          Para más inri, el personal sanitario en hospitales y residencias carecía de los más elementales EPI –que llegaron a ser sustituidos por bolsas de basura-, ocasionando contagios y fallecimientos que nunca debieron producirse.

          El gobierno, sobrepasado por la situación y vapuleado por propios y extraños, tuvo que recurrir al estado de alarma. De una tacada, se ahorraba las sesiones de control del Parlamento, encerraba a los españoles en sus casas y, de paso, proporcionaba una estocada mortal a nuestra economía.

          Mientras tanto ¿qué sucedía en Madrid? Pues que la capital de España, origen y meta de todos los movimientos internos y externos, recibía a diario miles de ciudadanos que entraban y salían sin ningún tipo de control sanitario, y hacían que los índices de contagio y ocupación de camas fueran superiores al resto de España. Como toda ocasión es buena para atacar a la oposición, el gobierno y los medios de comunicación afines emprendieron la campaña de tiro al plato contra la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Poco importaba que comunidades gobernadas por otros partidos tuvieran cifras similares, o peores. Había que hacer sangre en lugar de colaborar con medios estatales.

          La presión asistencial seguía creciendo en todos los hospitales y el gobierno de la Comunidad decidió descongestionarlos montando un hospital de campaña en las instalaciones de la Institución Ferial de Madrid, IFEMA. En un tiempo record, bajo la dirección de la Comunidad y la colaboración de la UME, del Ejército de Tierra y del SAMUR, se habilitaron dos pabellones con capacidad para 5000 camas. Ni que decir tiene que, desde el primer momento, comenzaron las descalificaciones gubernamentales del proyecto, augurando un fatal desenlace y movilizando a sindicatos y “espontáneos” para hacerlo inviable. El gobierno de Sánchez volvía a ejercer de perro del hortelano. Había que impedir, por todos los medios, que la derecha se apuntara otro tanto, y menos en Madrid. Poco importaba que desde organismos internacionales se le dedicaran los mayores elogios. Se buscó la colaboración de los que “casualmente pasaban por allí” para resaltar cualquier pequeño fallo. De la utilidad de este hospital dan fe el personal sanitario que con total entrega trabajó en él, los enfermos que se recuperaron allí y convivieron en unas condiciones de camaradería y esparcimiento hasta entonces desconocidas y los familiares de estos enfermos que siempre estuvieron informados. De todo este personal, sin embargo, se olvidaron muchos medios de comunicación porque, casualmente, no pasaban por allí. Cumplido con creces su cometido y estabilizada la situación sanitaria, se desmontó la instalación y ahí sigue el IFEMA dispuesto a convertirse en otra útil instalación provisional.

          Lo anormal es que Isabel Díaz Ayuso tuviera la osadía de enfrentarse al gobierno y ser comprendida por buena parte de españoles de distintos colores. A partir de ese momento, lo imperioso para el gobierno era dejar muy claro quién manda en España. De forma descarada, y a base de no recibir el mismo trato que otras autonomías en situación sanitaria más comprometida, la presidenta de Madrid abrió telediarios y ocupó primeras planas en diarios y emisoras. Todo fue inútil. Cuanto más se recrudecía la campaña, mayor era el número de madrileños que comprendían a su presidenta. Alguien debería advertir a Sánchez que por ese camino tendrá muy difícil recuperar el gobierno de la Comunidad de Madrid. De Martínez-Almeida ya ni hablamos, porque el alcalde de Madrid ha conseguido que alaben su actuación, incluso, personajes importantes del PSOE.

          A pesar de nuestros políticos, la vida continúa. Esperando que alguien proclame oficialmente la desaceleración de esta tercera ola, el gobierno de Sánchez ha continuado sus desafueros desde que proclamó la victoria en la primera. Volvemos a encabezar las estadísticas más negativas; incluida, por desgracia, la de fallecimientos por millón de habitantes. Llevamos muchos días despidiendo a un número de paisanos equivalente al censo de uno o varios de nuestros pueblos y el gobierno sigue culpando a las autonomías y empeñado a dar más importancia a los votos de Cataluña.

          Comprobada la aparición de nuevas cepas del virus, las naciones procuran establecer barreras que impidan su propagación. España juega otro partido. Nuestros aeropuertos, especialmente el de Barajas, siguen siendo un coladero y Madrid vuelve a sufrir las consecuencias de ese abandono. El gobierno tiene suscrito un seguro de permanencia por medio de un estado de alarma. Desde entonces, hace oídos sordos a las continuas peticiones que le llegan de toda España, también de las comunidades que gobierna su partido. Cualquier iniciativa que no cuente con su plácet es automáticamente recurrida. Mientras estuvo en el cargo, Illa mantuvo su falsa “”beatitud seráfica”, pero, ni un minuto más. El actual ramalazo independentista significa que, o nos tenía engañados, o sus reacciones eran acatamiento a las órdenes de Sánchez ¿Será tan riguroso con el tercer grado de los golpistas, o con la autorización para asistir a mítines y a las unas –incluidos los contagiados-, decisiones que ya ha tomado el govern de la seva Generalitat?  En cualquier caso, ante la total inacción de este gobierno, la Comunidad de Madrid dice: “Ladran, luego cabalgamos”

          La globalización, entre otras causas, está revolucionando nuestra forma de vivir. Los protocolos sanitarios se ven superados por nuevas enfermedades y pandemias. A la vista del papel desempeñado por el hospital IFEMA, la Comunidad de Madrid decide montar un hospital monográfico permanente donde se atiendan ésta o futuras pandemias. Se le da forma,  se le dota y  recibe el nombre de la enfermera Isabel Zendal en Madrid, IZEMA. Terminada cada una de las misiones que se le asignen, puede permanecer en reserva o apoyar cualquiera de las saturaciones que puedan producirse por situaciones de carácter extraordinario.

Nueva provocación para esa izquierda que tan eficazmente está solucionando todo lo relacionado con esta pandemia. Hay que saltar otra vez a la yugular de Isabel Ayuso. Da vergüenza comprobar las barbaridades inventadas para adornar la nueva campaña de difamación. Lo último es falsear las condiciones internas de los enfermos para alarmar a los familiares. Los españoles estamos esperando que este gobierno pueda indicarnos una sola medida que haya servido para mejorar la situación de cada momento. Una sola ¿Acaso el plan de vacunación? ¿Tal vez un decidido plan de recuperación de la economía? ¿Cuántas visitas han realizado el presidente y el vicepresidente a hospitales, residencias de ancianos o las colas del hambre? Mientras tanto, ambos hospitales, IFEMA e IZEMA, han cumplido muy dignamente la misión para la que fueron ideados. Al menos, eso parece después de juzgar la reacción de esta izquierda social comunista, que parece tener un eczema en la entrepierna, o que le hayan colocado un par de banderillas negras en todo lo alto.