La Alamedilla, el jardín de la alegría

Tiene el parque esa cualidad de evocación de un tiempo que no pasa más que por las estaciones, mientras el tren sigue sonando a su paso

Las hojas que caen, las aguas que cantan, los patos que salen a la hierba del paseo para reconciliarnos con el niño que somos... el parque de la Alamedilla

         Era Salamanca una ciudad con pocos espacios verdes y una voluntad terca de crecimiento más allá de la puerta de Toro, en aquellas afueras que se extendían hacia el tren, todo campo de labranza en 1882 cuando el consistorio compró las tierras a varios propietarios agrícolas para solaz de los salmantinos. Un jardín público que se sumara al de San Francisco, primer parque de la ciudad que fuera huerto de monjes que se asentaba en una hondonada donde jugaban los niños y que se resistió a ser llamado de otra forma que su nombre popular “Los terrenos de las Alamedillas”.

         Alameda de árboles y señoriales paseos, el jardín tuvo su tiempo de abandono, su intento de renovación y saneamiento de aguas detenidas y alevosas nocturnidades. Fue espacio de Ferias y Fiestas y ya en el año 1963, cuando toda la ciudad festejaba la entrada en la modernidad con el crecimiento desaforado de calles y edificios, el parque se entregó a los ciudadanos como un regalo original y sorprendente.

         Para los que tenemos cierta edad, la Alamedilla era el estanque de los patos rodeado de piedra blanca porosa y agujereada donde de niños nos fascinábamos con el paso torpe de las enormes ocas, el marrón salvaje de los patos silvestres, la blancura de las plumas de la pareja de cisnes con un contrapunto negro, interrogación modernista sobre las aguas quietas y en ocasiones, pútridas de hojas y cierto descuido. Era el nuestro un estanque frente al que pelábamos la pava ya adolescentes, cuando el tiempo era infinito en los crepúsculos de una edad sin sitio ni dinero adonde ir, espacio al que volveríamos con nuestros propios hijos a darles pan a los patos y a decir aquello de cuidado con el dedo, que te pica la alta oca voraz y rechoncha…

         Los patos que desaparecieron del parque aquella vez que hubo una gripe aviar cuando se marcharon también los arrogantes pavos que recorrían libremente el espacio con su arrastrar de cola. Había en el parque que recuerdo conejillos de indias, cabritas enanas, perdices y un cierto secreto, porque era umbrío y escondido, un tanto agraz el parque de la fuente grande, las columnas casi sujetas por una hermosa hiedra de troncos nudosos y el templete de la música de domingo y fiestas de guardar a la que nos subíamos cuando no miraba el guarda.

         En nuestra memoria, el parque era un espacio inmenso, misterioso, que tenía su orden y concierto en el espacio de los columpios, del que queda el trazado, el arco de entrada que imita el antiguo sin serlo, el tren al que también se ha subido mi hija y la foca y el pez que construyera el maestro Casillas para varias generaciones de niños. Una memoria que se guarda en los carretes del corazón, cuando la fotografía no era digital y Amador me enseñaba a disparar una Zénit tan pesada como un paso de Semana Santa, que fue la primera cámara compleja que tuve. El nuestro, en los años setenta, era un mágico lugar donde aprender las normas de circulación, lleno de calles, señales y un puente que hacía las delicias de los niños. Un parque con biblioteca pequeña y recoleta, con teatrillo de títeres, piscinas y sobre todo, los dibujos maravillosos de Hanna Barbera que tanto nos gustaban a los niños de la televisión de dos canales. Recorrido sentimental de un tiempo de madres afanosas, clases de mañana y tarde, señores que juegan a la petanca cerca de las vías, barros y patos que se comen las palomitas…


         En las fotografías, exquisitas, de Amador Martín, los patos siguen siendo los mismos, el agua corre de nuevo y es la misma agua donde las hojas de los árboles se asientan como piedras pulidas. Tiene el parque esa cualidad de evocación de un tiempo que no pasa más que por las estaciones, mientras el tren sigue sonando a su paso, mientras la vida va cambiando al niño en padre. Al parque de los patos se le hiela el estanque y es su giro eterno el que nos devuelve la infancia, la mocedad, la madurez y ese paseo con banco para sentarse de la vida que nos pesa. Y la mirada, en esta última remodelación de nuestro parque, lo abarca entero, deteniéndose en las figuras que nos recuerdan la firmeza de nuestras raíces.

         Y nuestras raíces son las estatuas de Casillas y los árboles que aún se mantienen en pie en el recuerdo de niño frente al tronco grande del cedro inmenso que protege el parque. Un árbol que es un monumento, un árbol que nos eleva hacia ese cielo ahora lleno de ventanas y deseos de aire libre. Y las pequeñas cosas de la vida, esas que nos reconfortan, se vuelven, en las imágenes de Amador Martín, consoladoras y eternas… las hojas que caen, las aguas que cantan, los patos que salen a la hierba del paseo para reconciliarnos con el niño que somos. Y el parque vuelve a ser el jardín de la alegría. Dorada, luminosa, eterna alegría.

Amador Martín, Charo Alonso.