Memoria del Holocausto

«Auschwitz» … reproduce históricamente una especie de «estructura invariante» del mal que, en la diversidad de espacios y de tiempos, se reactualiza histórica, cultural y expresivamente con fisonomías en sintonía con las posibilidades burocráticas y tecnológicas de cada época.

LLUÍS DUCH

Los huesos y las cenizas de los campos de exterminio nazis, las pirámides de cráneos en Camboya, o las inmundas fosas descubiertas en Bosnia o Kosovo son los auténticos emblemas e iconos de la historia reciente

GEORGE STEINER

Cada 27 de enero, recordamos a las víctimas del Holocausto, es el día de la liberación del campo de Auschwitz-Birkenau, hoy hace 76 años. La conmemoración de este año se centra en las medidas que se tomaron inmediatamente después, encaminadas a la recuperación de las personas, las comunidades y los sistemas judiciales. En un contexto mundial de antisemitismo emergente, donde crece la desinformación y la incitación al odio, las enseñanzas sobre el Holocausto y el recuerdo de sus víctimas es hoy más urgente, para contrarrestar los repetidos intentos de negar y distorsionar la historia.

 Auschwitz no fue un accidente, estaba minuciosamente planificado el exterminio en la llamada solución final. Auschwitz no es una situación clausurada con el descalabro del régimen nazi al final de la Segunda Guerra, aquí y ahora, es una presencia que acostumbra a actuar en forma de ausencia. No olvidemos, que las presencias en forma de ausencia, pueden dejar de convertirse en atmósferas contextuales y convertirse en entidades concretas con efectos devastadores para la humanidad.

Toda la historia de la humanidad está llena de sufrimientos injustos, pero esa expresión, al aplicarla a Auschwitz, no es adecuada. El genocidio nazi fue más allá del asesinato por motivos religiosos o de raza, fue un proyecto “ideológico”, era la aniquilación por la aniquilación, el asesinato por el asesinato, el mal porque sí. Adolf Eichmann no quiso parar los trenes de la muerte ni siquiera cuando la guerra ya estaba prácticamente perdida, con el Tercer Reich reducido a cenizas, declarará que saldría riendo de su tumba, porque había enviado a millones de judíos a la muerte.

La muerte de los judíos no fue por su fe, dado que se consideraban judíos aquellos que tuvieran un abuelo judío. Por lo tanto, muchos judíos no fueron asesinados por sus creencias, sino por la de sus abuelos. En Auschwitz, lo real fue más allá de lo posible, en palabras de Hans Jonas, decimos lo decible, para referirnos a lo indecible. El judío piadoso siembre ha muerto a lo largo de los siglos diciendo Shema Israel (Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es único -Dt, 6,4-) La maquinaria nazi de asesinar estaba diseñada expresamente para ahogar ese Shema Israel en los labios judíos antes de asesinar a los judíos. Auschwitz fue el intento más diabólico que se haya producido nunca, de asesinar la condición misma de mártir y, si eso no fuera posible, de privar de su dignidad a toda muerte, incluida la del mártir (Emil Ludwig Fackenheim).

Continúa Ludwid Frackenheim, los nazis crearon un sistema que, torturando con el terror y la esperanza, atropellando toda dignidad humana y todo respeto a uno mismo, estaba diseñado para destruir las almas de los hombres, mujeres y niños judíos antes de entregar sus cuerpos a las cámaras de gas. Fue una celebración de la degradación tanto de la muerte, y de la muerte tanto como la degradación. Los celebrantes descendieron al infierno de buen grado o incluso entusiasmados, justo a tiempo que creaban el infierno para sus víctimas. En cuanto al mundo, toleró a los criminales y abandonó a los inocentes. Así, el holocausto no es solo un suceso único, después de Auschwitz ni el mundo, ni el mundo judío, volvieron a ser los mismos.

Quisiera recordar en este contexto al pensador y filósofo judío Paul Landsberg, discípulo de Husserl y Max Scheler, convertido al cristianismo y, fallecido en el campo de concentración de Oranienburg a finales de 1944. Como catedrático de filosofía impartió clases en Berlín, Madrid, Barcelona y París, fue perseguido por la Gestapo gran parte de su vida, no solo por ser judío, sino por su oposición frontal al régimen nazi.

Los grandes inspiradores en su pensamiento fueron San Agustín, Pascal y Nietzsche, y en su presencia en España, descubrió a nuestro querido Miguel de Unamuno y a los grandes místicos españoles. En Francia se vincula al movimiento Espirit en 1936 fundado por Emmanuel Mounier. Sus obras más conocidas son La experiencia de la muerte y el Problema moral del suicidio, que no solo son una reflexión filosófica sino una decisión personal ante el sentido de la existencia.

En 1939, después de la invasión de Polonia, tomó parte de la batalla contra Hitler, obedeciendo a su pensamiento, donde el deber de todo hombre, particularmente del filósofo, es participar en la construcción de la ciudad humana para que el hombre viva en justicia. Su esposa Madeleine es capturada por los nazis, sufre una crisis y es llevada al hospital y, Paul Landsberg recorre toda Francia en bicicleta para encontrarla. En este periplo, aunque recibe ofertas para abandonar Francia gracias a su amigo y filósofo J. Maritain, se enrola en la resistencia francesa contra los nazis en el Bajo Pirineo, no quería dejar sola a su mujer enferma, aun sabiendo que la tortura y la muerte eran su destino.

En el peor momento y dureza de su existencia, Paul Landsberg, siempre abrigaba esperanza y ruega misericordia a Dios, ruega que pueda hallarse plenamente en la muerte, seguro que desde el misterio la verdad nos invita y nos llama nuestra última felicidad. En ese contexto escribe cuatro poemas a Cristo, que son una culminación de su vida, siempre como un camino hacia la Iglesia. Finalmente, en 1941, llama a su puerta para ser bautizado.

Quería que nada más terminar la guerra, recibiría las aguas del bautismo, su deseo era instruirse con el pensador francés P. Gastón Fessard y con el teólogo alemán Romano Guardini. Paul Landsberg, no pudo ver el fin de la guerra, fue capturado por la Gestapo y deportado al campo de concentración de Oranienburg y murió allí de agotamiento físico y mental el 2 de abril de 1944, era Domingo de Ramos. Sus camaradas de prisión afirmaron que nunca perdió la esperanza, la bondad y la fe.

No podemos quedarnos mudos ante la barbarie, no podemos dejar que el verdugo gane su victoria póstuma. Hay que reencontrar la palabra y seguir hablando. En nuestro mundo de la posverdad, donde la palabra se ha pervertido en el imperio de lo económico y tecnológico y deja las puertas abiertas a la lógica totalitaria. Hoy más que nunca, esto nos debería llevar a una reflexión pedagógica y ética sobre cual es la enseñanza de Auschwitz para que nunca se vuelva a repetir ese terrible acontecimiento. Auschwitz nos compromete a todos, porque en Auschwitz murió el viejo humanismo y ahora es necesario revisarlo de nuevo. Auschwitz nos enseña que los que no hemos vivido el horror estamos éticamente comprometidos a transmitir su recuerdo (Joan Carles Mélich)