Pérdido en mi habitación 

He empezado el segundo trimestre con un buen tropezón. El cuarto día de la semana, cuando ya estaba listo para ir al instituto, tuve el impulso de mirar el móvil antes de salir de casa y me sorprendí al ver que tenía muchos mensajes. Supuse lo peor al ver que todos venían del grupo de amigos. Leí varias veces el mensaje de la discordia, crónica de un confinamiento anunciado, “Chicos di positivo en covid”. Así de simple. Sin coma del vocativo y transmitiendo más que un libro de texto, se urdió una tragicomedia de 4 actos.

El primer acto fue protagonizado por la preocupación generalizada, calmada parcialmente porque todos excepto la persona contagiada nos encontrábamos en cuasi perfectas condiciones. La negación hizo un papel digno de Tony en el segundo acto. Con frases como “yo seguro que no me he contagiado” o “no pasa nada” llenó su soliloquio. El tercer acto se alargó un poco más. La calma retomaba su papel entre las recomendaciones y el alboroto se trasladaba al grupo de clase, que presenciaba el terror de cinco pupitres vacíos. Y nosotros, relajaditos y al calor del hogar, explicamos vanamente el porqué de nuestra ausencia. En este mismo acto, el elenco entre bambalinas se afanaba en cambiar el decorado, sin ayuda de la tramoya y a capricho del libreto. Recuperando el papel principal, hicimos una videollamada desde nuestras habitaciones para recopilar juntos todos los datos que teníamos a nuestra disposición y rememorando aquel paraíso perdido en el que no había virus. La conversación contemplativa del mundo conmovió al público y se vio interrumpida por los fallos en internet, cerrando así el tercer acto. El largo cuarto acto me tiene a mí como único personaje. Recolocando los apliques del decorado, fui sorprendido por la llamada de la rastreadora y la posterior cita con el hisopazo en el centro de la salud. Ahora solo tocaba esperar al resultado. En todas las escenas estoy de espaldas al público, frente a mi mesa de estudio y afanado en adelantar todas las tareas posibles antes de salir. Convertí el ecosistema de mi habitación en un lugar ameno donde aprovechar todo el tiempo que fuera posible, huyendo del cansancio del bachillerato y preguntándome qué fue de todo el tiempo que invertí en hacer los deberes que iba a entregar el día del confinamiento (incluido un relato para filosofía bastante complejo). Los días eran, irónicamente, ajetreados. Como en la canción de Mecano, me encontraba perdido en mi habitación entre un mar de apuntes, pero con muchas cosas que hacer y ninguna gana de ello. Siguiendo el dictado del apuntador para cada soliloquio, rechacé el deseo de disfrutar vagueando los diez días, pues el tiempo iba en mi contra y los exámenes no estaban por la labor de respetar la distancia de seguridad. Aun con el estrés, me sentí dichoso de mi vida retirada. Y así, sin apoteosis ni catarsis y sin ningún entremés que aliviara el tedio, acabó la tragicomedia de los diez días en casa. La dramaturga Fortuna quiso que ninguno se contagiara para no alargar la obra.

Todo este rollo que he contado es para demostrar el sigilo con el que acecha la enfermedad. Yo me he tomado la “licencia poética” para comparar estos diez días con una obra de teatro, pero no estamos para hacer bromas. La situación está empeorando drásticamente y cada día que pasa vuelve a cernirse la oscuridad del pasado marzo. Si yo he podido escribir esto, es porque he tenido la suficiente precaución y suerte para evitar el contagio. No obstante, hay muchas personas que no pueden hacerlo, ya sean porque estén padeciendo la enfermedad  o porque las secuelas han sido graves. No podemos olvidarnos de la gravedad del asunto y de las vidas perdidas e ir haciendo vida normal como si nada estuviera pasando. El coronavirus está donde menos te lo esperas y te puede tocar perfectamente, así que hay que ir cambiando algunas actitudes (me incluyo, porque yo también hago algunas cosas mal y no reprendo las malas acciones de mis amigos) y cumplir a rajatabla las medidas de seguridad. Cada minuto que pasa va en nuestra contra.