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Domingo, 7 de marzo de 2021

Morir por algo

Elisa, la hija de García Montero y Almudena Grandes, se ha proclamado fascista. Se sabía su devoción por José Antonio Primo de Rivera, pero esa palabra umbría en su boca la víspera de que la gente iba a celebrar la Constitución del 78, ruge como la marabunta buscando fieramente a Eleanor Parker, una de las mujeres más hermosas de la historia.

Aclaro que, aunque Elisa  tenga 23 años y medio pelo colorao, conmigo que no cuente ni para un vermut (de la leche de teta, ni hablamos). Como todo el mundo, yo digiero mal algunas ideologías. Y como casi todo el mundo hay dos - el fascismo y el nazismo- con las que no voy ni a vaciar la vejiga aunque me esté meando.

El nazismo en España tuvo más envergadura en las mujeres de la Falange que en los hombres de la División Azul, trufada muchas veces de  republicanos vencidos que se alistaron para salvar la vida, como mi amigo Jesús Martínez Tessier, que tuvo una novia llamada Ava Gardner y dos hijos escritores de éxito. Descanse en paz Javier que acaba de morir.

Cuando volví después de  varios años encontré  una tierra donde no se proclamaba el fascismo a la manera de Elisa, pero se ejercía de pensamiento y obra. Tratabas de hablar del camino a la libertad y la soberanía popular, y te respondían que desde cuándo los obreros elegían al director de la fábrica, y que cómo iba a valer el voto de un obrero lo mismo que el suyo (que tampoco era para echar cohetes, un bachillerato elemental de cuarto y vas que chutas). Y si te salías de la política y tratabas de argumentar tu derecho a no creer en Dios, te ponían contra la pared: si no crees en Dios, explica entonces los milagros, eh, explica los milagros. El fascismo más rústico llevado a la teología más mema. O esa otra convencida de que en Madrid todas las mujeres son unas pindongas, y ante tu perplejidad, te hacía cenizas con un argumento aplastante: sí, sí, allí como todo es muy grande y nadie las conoce, dicen que van al Corte Inglés y ve tú a saber dónde van, en cambio aquí nosotras, en esta ciudad,   del mercado a los maridos y los hijos.

Hombre, aparte de eso, había gestos muy delatores por parte de los padres de la patria que vigilaban la ciudad. Como el de llevar a sus niños de 10 años con camisa azul  y eso de los gamusinos después de la oración por los caídos. Niños, repito, a los que se les robaba el derecho a elegir después, a su debido tiempo, un espacio de libertad entre Bakunin y  José Antonio Primo de Rivera.

Cuando yo dirigía una revista en Madrid, un año después de que Franco se muriese en el garaje del Palacio del Pardo, fue a verme Luis Ponce de León, para escribir allí. Le dije que sí, pero siempre y cuando escribiese las memorias de un fascista no arrepentido. Porque, muerto el dictador, hubo una pandemia de conversos. Ahora se han dado la vuelta y hacen el camino en sentido contrario. Regresan a casa gritando qué vienen los rojos.

Ponce de León aceptó el reto, y lo primero que escribió fue sobre el periodista Eugenio Suárez y los huelebraguetas, que así llamaba el pueblo a los policías de la brigada político-social destinados a camuflarse en los urinarios públicos para detectar homosexuales. Otros policías tuvieron más suerte, los infiltraron en la universidad y salieron abogados. Digo salieron porque cumplida su misión delatora, abandonaron el cuerpo y pusieron despacho propio en un pueblo andaluz o donde viven las magas.

Pues Ponce de León contó en mi revista lo mal que lo pasó Eugenio Suárez con los huelebraguetas cuando le confundieron con lo que no era y  le llevaron a comisaría. Allí Eugenio argumentó que era periodista y adicto al Régimen. Pero Eugenio venía de Berlín hecho un pincel, con zapatos blancos como Marichalar. Así que el comisario le vio la pinta y le espetó:

-¿Usted periodista? Usted es un maricón como la copa de un pino.

Todo se aclaró y muchos años después Ponce de León lo escribió. A Eugenio lo que escribió Ponce le olió a cuerno quemado y se querelló contra nosotros. Perdimos.

Y es que el falangista Eugenio Suarez era muy suyo. Como no le gustaba del todo el rumbo que tomaba el país después de la victoria, se presentó en el despacho del ministro con mucha ira:

-¿Y para esto hemos muerto un millón de españoles?

Puntualicemos que no fueron un millón, y que en todo caso entre los muertos no estaba él, aunque hablase en primera persona. Hay que hacer aquí una reflexión. Es muy posible que los falangistas de verdad no se fiasen de Franco, aunque Franco no fuese el elegido en primer lugar sino Mola. Antes dudaron, y se reunieron dentro de un mar de pinos en Gredos. Y allí está la llamada Peña Histórica como recuerdo que a mí me sabe a otra cosa.

Aparte de no fiarse de Franco (e intentar matarlo) los falangistas no querían al rey Borbón y se mofaban del hoy emérito cantando aquello de no queremos reyes idiotas y otras melodías.

Tampoco Prim quería un rey Borbón y lo mataron en la calle del Turco. Han pasado 150 años y todavía no se sabe quién fue el que apretó el gatillo contra el pecho del presidente del gobierno. Así que cuidadín, que diría Arturo Fernández (no el amigo de Esperanza Aguirre que está o estuvo en la cárcel, sino el actor de “chatina”).

La historia de Prim demuestra lo difícil que le ha resultado a España librarse de los Borbones. El general lo intentó incluso trayendo de repuesto desde Florencia a Amadeo de Saboya, el que se casó con su sobrina, ese. Pero fue uno de los numerosos fracasos porque ni el propio promotor logró ver culminada su obra.

La culpa fue de un trabuco.