Abrazos

Podría haber intitulado este artículo “El abrazo que no puedo darte”. Dice el libro de los Proverbios, uno de los Sapienciales, que es la filosofía para bien vivir, que hay tiempos para los abrazos y tiempos para no abrazarse·. Nos ha tocado el tiempo de no abrazarnos.

Se aprecian más las cosas que no se poseen, más aún si las has tenido y las has perdido. Los niños de ahora no aprecian o aprecian mucho menos los juguetes, tan abundantes y variados, que reciben de Papá Noel y de los Reyes Magos, que los que nosotros apreciábamos, como las nueces y castañas, y no digamos si era el juego de la oca y el parchís que depositaban en nuestras botas de invierno, puestas bien limpias en la ventana, aquellos pobres Reyes Magos de posguerra.

En cuanto a los abrazos, están entre las cosas más preciadas y preciosas que hemos perdido en la pandemia. Y cuando decimos por teléfono o cualquier otro medio de comunicación: te mando un abrazo virtual, seguramente que nos produce un desgarrón en el alma porque recuerdas el calor de los abrazos reales, que son la manifestación del cariño, del amor que sentimos mutuamente  los amigos, las personas, que realmente se quieren.

Pero esta situación insólita, en que no podemos abrazarnos, puede ser una lección tan rica y sabia que, de ahora en adelante, nunca volvamos a darnos abrazos hipócritas o falsos, o quizá traicioneros, y solo nos demos abrazos de verdad, cariñosos y que permitan estrechar los lazos de amor entre los más cercanos, y ese amor se extienda a todos y resuelvan los conflictos entre los hombres.