El Jefe

Hubo una época en la que, al entrar en ciertos despachos, era corriente encontrar un cartel en la pared con el llamado Decálogo del Jefe. Bien que en clave de humor, el asunto tenía su mucho de despotismo. Se concebía al jefe como un ser superior, alguien que nunca se equivoca, que siempre tiene razón y cuya forma de manifestarse no admite la mínima discusión. Los dos primeros artículos decían: “El jefe tiene razón” y, para dejarlo bien claro, “El jefe siempre tiene razón”.

            Cuando observo la forma de desenvolverse que tiene este gobierno, me acuerdo del cartelito e imagino un despacho de la Moncloa en el que figure esta frase: “El Jefe siempte tiene razón; sobre todo cuando no la tiene”. Fuera de ese despacho, por supuesto que los seres normales pueden equivocarse. Incluso, hasta pueden reconocer el error y pedir disculpas por ser de carne y hueso. En las cocinas de la Moncloa, no. Esas conductas están proscritas. Cuando una feliz idea del jefe de turno acaba dejándole en evidencia por no haber tenido prevista esa circunstancia que la convierte en claramente inoportuna, la actitud a seguir por el equipo de expertos no debe caer en el error de reconocer el fallo.¡Eso nunca! Por el contrario, hay que hacer realidad aquello de “sostenella y no enmendalla”. Cualquier cosa menos dar señales de culpabilidad y, mucho menos, de debilidad.

            No es preciso estrujarse la mente para encontrar constantes muestras de esta táctica. Existe una surtida colección de renuncios en los que ha incurrido Sánchez, antes y después de acceder al cargo. Embustes que parecen no afectarle, a  juzgar por su nula intención de regeneración, y que han culminado con la formación de un gobierno paradigma de ineptitud en todo el mundo occidental. Se puede ser más o menos cínico a la hora de no admitir los propios fallos, pero es de suponer que en esa órbita de influencia todavía quedan personas capacitades para reconocerlos. Ahí es donde precisamente comienza la jugada. Se toca a rebato. Ministros, portavoces, barones y medios de comunicación de su cuerda comienzan el bombardeo mediático que justifique la metedura de pata y, a la vez, que ridiculice a quien cometa la osadía de criticarla. Después del hostigamiento, la calma. Cremallera a hombres y medios hasta que el tema desaparezca de la actualidad. ¿Acaso no ha caido el silencio sobre el “fusilamiento” de la tesis de Sánchez cuado se sigue jaleando el de otras personas? ¿No ha adoptado la ley del silencio cuando se le piden explicaciones sobre las personas particulares incluídas en sus excursiones con cargo a fondos oficiales?  ¿Acabará algún día por reconocer a los miles de personas que han muerto por el coronavirus, y que no merecen tal consideración para no engrosar tan escandalosa cifra?

            Establecer una clasificación entre los subordinados de Sánchez que más veces han patinado, resulta difícil. Hay muy pocos que se salven. No obstante, algunos han hecho más méritos que los demás.

El ministro Ábalos, fue uno de los primeros acólitos de Sánchez que necesitó toda la fuerza del aparato sanchista con ocasión del asunto Delcy Rodríguez. Con cierto aire de perdonavidas, fue el apóstol que mintió tres veces –como Pedro- , a pesar del cúmulo de pruebas en su contra. No importa. Por muchas que fueran las veces que se comprobó la mentira, más fueron los comunicados que pretendían justificarla. A pesar de los pesares, el silencio acaba aliándose con el infractor. Asunto olvidado.

El ministro Illa, aunque luego ha sido un secreto a voces, ha tenido la desgracia de verse sorprendido por una pandemia con la que nadie contaba. Pensando en que, por tratarse de un departamento con aureola de prestigio, serviría para aumentar la reputación del candidato socialista a la presidencia de la Generalidad, el virus hizo recaer sobre él unas responsabilidades que han acabado superándole. Ese esperado tirón de popularidad ha resultado ser un bluff. Entre otras cosas, porque, en ese ministerio, lo verdaderamnete excelente es el elemento humano que  lo sostiene a base de profesionalidad y sacrificios. La realidad, ha dejado al descubierto sus deficiencias. El ministro se ha visto desbordado desde el principio. Obligado por su jefe, ha tenido que imponer medidas arbitrarias para no acceder a lo que piden las autonomías. Los hospitales se colapsan, los muertos siguen aumentando, pero el gobierno se niega a tomar las riendas y tampoco admite que los demás lo hagan. Ahí es donde debía aparecer el verdadero jefe comprometido con las situaciones defíciles. No sólo desparece sino que se niega a dar explicaciones.Se está intercambiando muertos por votos. ¿Dónde está la tan cacareada cogobernanza?

Debajo de esa inoperancia gubernamental se esconde la obsesión por mantener la fecha del 14-F para las elecciones catalanas. Si se modifican los actuales protocolos del estado de alarma, hay que hacerlo en el Congreso y todo ello acarrearía dos graves inconvenientes para este gobierno: el primero, tener que mendigar un nuevo apoyo de los que nada hacen gratis, y el segundo, que los nuevos protocolos obligarían a retrasar las elecciones por razones sanitarias. Sánchez quiere evitar, a todo trance, cualquiera de esas dos hipótesis. Pues bien, a pesar de todo, y  de los esfuerzos de Tezanos para encaramarle a la cabeza de las encuestas, no está tan claro que Illa alcance un número de escaños lo suficientemente importante como para poder encabezar un gobierno que frene la deriva secesionista. Eso, suponiendo que el PSC esté por la labor. La pretendida jugada de Sánchez puede estar en el aire.

En cuanto al director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias -¡qué arte tienen los socialistas para asignar nombres rimbombantes a cualquiera de sus ocurrencias!-, Fernando Simón, es una persona que, oyéndole disertar, parece imposible que haya sido capaz de acabar con éxito su licenciatura. No se pueden decir más barbaridades en menos tiempo. El caso es que tampoco da la sensación de ser una persona engreída. Más bien parece tener el corte del sabio distraído. Lo cierto es que, cada vez que trata de calmar los ánimos del espectador, es para echarse a correr.

La lista podía ser más extensa, pero no es neceario. Todos y todas están cortados por el mismo patrón. Unos y otros, caso de ser entrenadores de fútbol, habrían sido cesados hace varios meses. Aquí, no. Sánchez ha cerrado filas junto a ellos, ha ensalzado su prestigio y eficacia, y seráncondecorados cuando abandonen su cargo. En su día se equivocaron, pero el aparato del gobierno intentó contrarestar el fallo, creyendo que un clavo saca a otro clavo, por muy oxidados que estén ambos.

La rama podemita de este gobierno, el denominado sujetador de Sánchez, no es que mienta menos, es que , o no sabe lo que dice, o acaba creyéndose sus propias mentiras. Cada vez engaña a menos incautos. De todas formas , a la hora de la verdad, lleva a Sánchez bien sujeto de la cadena.

Después de cada incendio, los bomberos de la Moncloa se encargan de echar tierra hasta que desaparece el humo. La táctica ha dado frutos hasta ahora. El peligro puede surgir cuando la combustión interna se reavive. De hecho, esa absesión que tiene la izquierda con recuperar una memoria asimétrica de la historia, siempre acaba dejando al descubierto las vergüenzas de unos y otros. Sucedía cuando los medios de comunicación carecían de las herramientas que disponen hoy. Cuando desaparezcamos de la escena los que hemos constatado las patrañas de nuestros gobernantes, perdurará una irrefutable colección de archivos y hemerotecas que pondrán las cosas en su sitio. El jefe que pretenda hoy forzar la máquina a base de constreñir la verdad habrá perdido el tiempo y la historia le asignará el lugar que le corresponda. La verdad es muy testaruda y siempre acaba aflorando..