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Miércoles, 3 de marzo de 2021
Ciudad Rodrigo al día

Un grito que clama por la Diócesis de Ciudad Rodrigo

En la continuidad de la diócesis de Ciudad Rodrigo y de su obispo, propio, exclusivo y residencial, nos jugamos mucho

“¡Surgere civitas!”, el artículo que escribió el sacerdote Tomás Muñoz Porras el pasado 7 de enero, se ha convertido en un grito de dolor y esperanza, en una llamada a recuperar el orgullo y la dignidad como comunidad. Es un grito por la supervivencia, no sólo de la diócesis de Ciudad Rodrigo, sino de todo un territorio rayano, deprimido, despoblado y olvidado en el oeste español. Y surge desde dentro, del pecho y de la voz de un sacerdote diocesano (natural de San Felices de los Gallegos), que bien conoce de lo que habla y a quien le duele su tierra.

A partir de ahí ha habido una cadena de reacciones. Lo que en un principio surgió como una voz, que parecía clamar en el desierto, se ha ido abriendo camino y ha despertado la conciencia aletargada -que no dormida- desde 2002 y 2003. En aquella ocasión la diócesis de Ciudad Rodrigo reaccionó ante los heraldos negros que anunciaban su desaparición. Como una piña, toda la Tierra y obispado de Ciudad Rodrigo se movilizaron en la defensa de lo propio y de su identidad. Cierto es que entonces contábamos con un pastor sensible, comprometido con su rebaño, como fue el obispo don Julián López Martín, que no cejó hasta que la Santa Sede nombrara un nuevo obispo titular, tarea que recayó finalmente en don Atilano Rodríguez Martínez. Ambos fueron dos obispos queridos y respetados por su pueblo, pues supieron conectar con sus diocesanos. Después, cuando don Atilano fue trasladado a la mitra de Sigüenza, el mismo día se nombró a don Raúl Berzosa obispo de Ciudad Rodrigo, prueba evidente que la Conferencia Episcopal y la Nunciatura de entonces habían entendido y comprendido la dimensión y el alcance de aquello, por lo que quisieron evitar de nuevo el problema. Fue también don Raúl un obispo entregado a su labor pastoral y correspondido en el afecto.

Por eso el “¡surgere civitas!” de ahora es algo más que una voz aislada en el desierto. Decía Juan el Bautista: “Preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos” (Mt 3: 1-12). Y eso es lo que tenemos que hacer: allanar los senderos para que discurra la palabra, para que el grano de mostaza enraíce y crezca, para que dé sus frutos. Porque el desierto no es el silencio. Y aunque seamos pocos en estas tierras de la Raya, no estamos mudos. ¿Cómo estarlo? En el principio era el logos, el verbo, la palabra. Por medio de la palabra se hizo todo y sin ella no se hizo nada de cuanto se ha hecho (Juan 1: 1-3). Cristo venció con la palabra. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Por eso hay que dejar que la palabra y la comunicación fluyan. Intentar amordazarla no se corresponde con la labor evangélica.

Nuestro querido y recordado Don Julián entendió y se impregnó del alma civitatense. Cierto es que ha habido obispos que no llegaron a captarla, como le ocurrió a D. Andrés Pérez, que veía a sus diocesanos como “gente de raya, indómitos y amigos de pleitos” y así se lo comunicó a Felipe II en 1572.


¡Claro que somos gente de Raya! y que tampoco somos fáciles de resignar ni de doblegar, sobre todo cuando está en juego nuestra supervivencia social, económica, histórica, cultural y religiosa, cuando está en juego nuestra identidad. Hemos sufrido mucho para llegar hasta aquí. La Raya imprime carácter. Las continuas guerras, que trajeron la crisis y la despoblación, también. Sin embargo, hemos sentido el amparo de nuestro obispo cuando lo necesitamos, como ocurrió en las guerras con Portugal en el siglo XVII, o como se volcaron y entregaron los obispos Cayetano Cuadrillero o Mazarrasa en los siglos XVIII y XIX respetivamente.

Me contaba una vez don Julián López Martín, ante el problema de la despoblación, que la Iglesia resistiría y que sería la última institución en abandonar un pueblo. Por eso, ahora la Iglesia no puede dejar de nombrar un pastor que cuide de su rebaño. Y este debe ser un pastor próximo, cercano y residencial. El buen pastor conoce a sus ovejas y ellas le conocen (Juan 10: 14-16).

Así pues no podemos permanecer mudos e impasibles ante los negros nubarrones que se ciernen sobre nuestra diócesis. Debemos recuperar el espíritu de 2002-2003 cuando logramos, entre todos, la continuidad del obispado de Ciudad Rodrigo y el nombramiento de un prelado titular, exclusivo y residencial. Por eso debemos dejar que fluya la palabra y que esta llegue a la Conferencia Episcopal y ante la Nunciatura apostólica vaticana en España. Escribía Quevedo:

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.

¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

En otros siglos pudo ser pecado
severo estudio y la verdad desnuda,
y romper el silencio el bien hablado.

Pues sepa quien lo niega y quien lo duda
que es lengua la verdad de Dios severo,
y la lengua de Dios nunca fue muda.

“La ley del silencio” (Eliza Kazan, 1954) o “El silencio de los corderos” (Jonathan Demme, 1991) fueron dos magníficas películas, pero deben quedar sólo en la historia del celuloide.

En la continuidad de la diócesis de Ciudad Rodrigo y de su obispo, propio, exclusivo y residencial, nos jugamos mucho. Y lo que somos de esta Tierra lo sentimos y somos conscientes de ello porque, al margen de tener fe o de haberla perdido, está en juego nuestra supervivencia. ¡Surgere civitas!

José Ignacio Martín Benito

Civitatense. Natural de La Encina