La mesilla del enfermo

“Cuántas estampas vemos en las mesillas, Tomás, y debajo de las almohadas…”, comentaba el otro día un compañero y amigo. Médicos y enfermeros tenemos el salvoconducto para acceder a la intimidad más íntima de los enfermos. Cuántas veces nos apoyamos en la misma almohada que sostiene su descanso: incompleto, interrumpido, agitado descanso. Y cuántas tomamos prestadas sus mesillas, y hasta abrimos con su aquiescencia resignada ese cajón donde guardan el termómetro, o las cajas de sus medicamentos, o el móvil que a duras penas manejan y donde esperan el ruido de la ansiada llamada: no tanto la del rastreador como la del hijo a trescientos kilómetros, o la de esa nieta que está pendiente, o… Un sonido, en definitiva, que haga callar por un momento el ensordecedor silencio de la soledad.

Cada habitación de los pacientes, y muy especialmente cada mesilla, es un cúmulo de pistas sobre su vida que ahora la enfermedad ha trastocado. Hace dos meses y medio yo también tuve mi mesilla, generosamente prestada por mis padres, y añoré la mía. Era una “mesilla Covid”: paracetamol de un gramo, botella de agua, gel hidroalcohólico, termómetro y pulsioxímetro, pañuelos de papel, bolsa de basura, y una libreta donde hacerme mis propias hojas de evolución como cuando pasaba planta en el hospital. Ahora las mesillas que visito no son todas iguales. Cada alcoba tiene su estilo, su orden o su caos, su pulcritud… o su solera, por rendirme al eufemismo. Sobre las mesillas, lo imprescindible para vivir, o incluso sobrevivir. Solamente lo imprescindible. Lo único que nos queda cuando estamos postrados en la cama. Lo que debe estar a mano. Suele ser tan poco, aunque el listado de mi alargada “mesilla Covid” parezca extenso, que cada mesilla del enfermo nos señala lo pequeños que somos. Lo poco que realmente necesitamos.

Hace unos días, en otra “mesilla Covid” vi una Biblia abierta, de esas cuyo desgaste revela que se abren con frecuencia. No me paré a curiosear el libro que se acababa de leer, pero la lectora, entre síntoma y signo, entre exploración y prescripciones, me decía que a ella le ayudaba, que confiaba en Dios. Prendida en esa esperanza, también ella necesitaba que sonara el móvil, ese que desgraciadamente en su pueblo no está apagado sino fuera de cobertura. Como las palabras de vida, como un dialecto del mismo idioma, esas estampas que, bien lo decía Pedro, vemos en las mesillas. Rostros que aumentan los niveles de esperanza en alma al mirarlos, o al poner sobre ellos los dedos que se estiran hasta la mesilla, más si cabe cuando sube la fiebre y duelen todas las articulaciones, y el teléfono no suena, y el hijo está lejos, y el pueblo está olvidado, y hace mucho frío…

Sobre la mesilla, el vaso de agua apenas consumida, y la tarjeta sanitaria por si llega el médico (“¿Le hace falta?”, “No, no se preocupe, dígame qué le pasa”), y esa estampa de la Virgen de la Salud que tanto y todos necesitamos.

 

En la fotografía, mi mesilla de médico de guardia. Preparada para conectar, en cuanto haga falta, con la mesilla del enfermo y salvar luego la distancia acudiendo hasta él.