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Jueves, 4 de marzo de 2021

Tierras sin gente. Gente sin tierra

El reciente anuncio de un famoso youtuber sobre el traslado de su residencia a Andorra ha generado bastante revuelo en la opinión pública. La migración de los youtubers famosos a Andorra, -que (no) es un paraíso fiscal y dónde (no) existen bonificaciones fiscales para las rentas altas- de gente joven y con talento -y con dinero, mucho dinero- bajo sus premisas de reunificación de núcleos de amistad o relaciones de pareja dista mucho del futuro del resto de jóvenes, y más de los jóvenes de nuestras comarcas. Sin tener en cuenta la falta de ética ciudadana, la verdad es que no me imagino a todo mi grupo de pares reuniéndonos otra vez en Lumbrales si realmente se consagrase un modelo fiscal permisivo con las altas rentas en la España vaciada. Al no ser millonarios ni millonarias, nos haría falta algo más estable para que ese hecho utópico se tornase en realidad. Será una cuestión de clase social, supongo.

No obstante, el pequeño principado se ha adaptado bien a esta oportunidad, desarrollando las infraestructuras necesarias para atraer a ese tipo de ciudadano. Si realmente se otorgaran unas bonificaciones fiscales a las rentas altas (algo que, por cierto, también ocurre en la Comunidad de Madrid) en nuestras comarcas, esto, según los grandes neoliberales, permitiría un mayor sostenimiento de los servicios públicos al incentivar la actividad económica de quienes perciben mayores ingresos. Sin embargo, y no es algo exclusivamente de mi opinión, es una mentira personal de quienes poseen grandes fortunas. Y bastante egoísta, dado que supone un gesto de desdén hacia la comunidad que ha permitido su fama y en consecuencia su fortuna. Se culpa a los políticos de que haya demasiados impuestos cuando observamos que la mayoría de los multimillonarios afamados por el deporte, o por cantar, actuar o ser influencers trasladan sus sedes a paraísos fiscales. Y no solo ellos, algún exjefe del estado enriquecido desde las arcas públicas también tomó ese camino, mirándonos a los demás por encima del hombro, manteniendo retóricas ególatras de desprecio mientras se dicen patriotas.

En el otro extremo, también alejado de la realidad sociopolítica de nuestras tierras, tenemos el embudo migratorio que se está produciendo en Canarias. Gente que viene con lo puesto, muy alejados económicamente de esos narcisistas que huyen para seguir aumentando su cuenta corriente. Personas que, en búsqueda de una vida un poquitín mejor, se encuentran frente al rechazo de numerosos señores que les acusan de venir a destruirnos. Taponados en Canarias, sin techo, con los restos de comida que las maltratadas ONG les pueden ofrecer. Gente sin tierra. Mientras tanto, aquí, tierras sin gente.

Despojándonos de posturas super nacionalistas, la inmigración puede ser muy beneficiosa. De hecho, se ha visto en los últimos paneles demográficos: ha aumentado el número de migrantes llegados a Castilla y León, aunque no se logra compensar la sangría poblacional de nuestra autonomía. Además, se observa una clara distinción entre territorios, con provincias castellanas que ganan población debido a la migración -sobre todo Valladolid- frente a Palencia, y casualmente, Salamanca, Zamora y León. Estas dos últimas provincias son las que más población pierden en términos absolutos.

De sobra son conocidos los diferentes argumentos contra la llegada de “los otros”. No obstante, un servidor considera que es un gran nicho de oportunidad para nuestras comarcas. Si bien, para ello es necesario deshacernos del plausible problema de las diferencias tan obvias como son la cantidad de melanina en la piel o las arcaicas creencias religiosas. Los migrantes crean indirectamente trabajos en las empresas (donde las hay), generando crecimiento y sostenibilidad a largo plazo y un evidente aumento del consumo, así como la contribución que supone al erario público su regularización laboral y su contribución al sistema fiscal (del que otros huyen). Habrá quién opine erróneamente que la llegada de migrantes supone una reducción en las oportunidades laborales de los nativos, así como una supuesta bajada de los salarios. Pues bien, como ya se ha mencionado, con una regularización de sus condiciones laborales y cumpliendo todos los empleadores con las leyes reguladoras del mercado laboral, en concreto con el Salario Mínimo Interprofesional, se elimina esa posibilidad. Al contrario, se mejora la productividad. En cuanto a las oportunidades laborales, está claro que aumenta el número de competidores en la búsqueda. Sin embargo, invito a la lectora a reflexionar sobre si, con el adecuado impulso institucional y la intervención pública en la económica que tanto necesitamos, un aumento del consumo al crecer la población no supondría un aumento de la producción y con ello, un aumento del empleo.

El principal mal del que adolecemos es el de la falta de población joven. Y no porque se vaya a Andorra. Asentando personas que huyen de males muchos peores que los nuestros, en su mayoría personas jóvenes, se abre la puerta a la posibilidad de empujar el saldo vegetativo en la dirección contraria. Y con el fenómeno, aumentaría el destino de fondos públicos a nuestros pueblos al crecer el padrón; se mantendrían los colegios e institutos rurales y los servicios de pediatría; nuestros bares y comercios aumentarían su clientela; y con el impulso institucional necesario, quizá tuviésemos un atisbo de futuro a largo plazo.

Pero para ello es necesario una reflexión profunda de cada uno de nosotros y nosotras. Necesitaríamos una educación inclusiva, una altura de miras necesaria que impidiese la generación de posibles guetos y divisiones sociales por razones de origen. Necesitaríamos dejar de creer a aquellos que afirman que la migración supone nuestra destrucción como civilización. Necesitaríamos quitar ese miedo a lo diferente que hoy en día algunos plasman en redes sociales sin razón, pues tanto para lo bueno como para malo, aquí nos conocemos casi todos y todas y esos miedos espolvoreados desde arriba no tienen fundamento en nuestra tierra.

Y es que, al final, y salvando las enormísimas diferencias, los jóvenes del Abadengo y Las Arribes también sabemos lo que es no tener oportunidad en tu casa, tu hogar. Sabemos lo que es tener que emigrar obligatoriamente.