Infantilandia

Posiblemente, los signos que más definan e identifiquen a una sociedad sean las marcas que dejan sus deseos, los rastros de sus afanes y, principalmente, las huellas de la compraventa de sus necesidades, reales o ficticias. Si esto es así, habrá que concluir que uno de los elementos que definen la sociedad actual española es, desde hace demasiados años, la publicidad consumista.

A poco que se ponga atención en el lenguaje, el tono, el contenido, el “mensaje” y las propuestas que la inmensa mayoría de las campañas publicitarias de todo tipo de productos, desde la alimentación a la locomoción, desde la limpieza a la seguridad, se observará que el nivel general de las herramientas expresivas de cada propuesta ha descendido hasta alcanzar la ínfima condición del peor infantilismo en todos sus aspectos, reflejo exacto, lamentablemente, del nivel intelectivo de la mayoría de la población.

Uno puede imaginar la actividad de los departamentos publicitarios y creativos, de los diseñadores y sus proyectos a potenciales anunciantes en general, en sesudas reuniones donde se analizan estudios detallados de mercado, niveles de oportunidad, análisis de grupos poblacionales concretos, estudio de las connotaciones sociales del producto a ofrecer y cantidad de condicionantes de emisión,  medios, duración, percepción, difusión o contenido antes de elaborar un producto publicitario acabado (campaña, anuncio). Uno puede también suponer la dificultad y laboriosidad que requieren los cálculos de coste, rentabilidad, retorno de inversión, productividad, plazos, periodicidad o duración del producto publicitario creado por los departamentos de imagen, diseño de producción, montaje musical, casting, texto, lenguaje, edición, realización, producción ejecutiva y dirección del anuncio de un automóvil, un seguro de protección de viviendas, una marca de embutidos o un champú.

Pero uno puede constatar, con el mero ejercicio de contemplar en televisión cualquier bloque publicitario, escuchar en una emisora de radio los flashes de anuncios o ver las campañas publicitarias en la prensa escrita o digital, que uno, a poco que reflexione, se sentirá excluido de los mensajes emitidos, ya que todos, prácticamente sin excepción, están creados para la mentalidad y capacidad de entendimiento de personas con unos cinco años de edad. Publicidad enfocada, justamente, para el entendimiento de quienes no comprarán los productos ofrecidos, que crea la aparente paradoja de ofrecerse a  y un mercado de consumidores cuya mentalidad no rebasa la de un niño de esa edad.

El miedo a crecer, la negativa personal a asumir responsabilidades, la quejumbre como principio, la dificultad para encontrar en el propio interior herramientas reflexivas o críticas para enfrentarse con decisiones personales y la incapacidad absoluta para el juicio de otras, la deficientísima educación propiciada por el poder político y la peor enseñanza académica colonizada por el clasismo y espiritualistas de toda laya, han cristalizado en generaciones enteras de infantes mentales.

Durante décadas, la sociedad consumista ha suministrado modelos erróneos como meta, ha fomentado una competitividad cuasi bélica empobrecedora y frustrante y remachado el viejo adagio de ‘tanto tienes, tanto vales’ como elementos capitales dirigidos a la maduración de la sociedad. Solo conseguimos engordar los egos y fomentar la insolidaridad que actualmente se muestra en toda su crudeza. Acostumbrados a disponer de todo mascado, quejosos y cobardes, con todo hecho, anunciado, dirigido y orientado, verdaderas masas que, como rebaños, acuden al llamado de la fecha, la celebración, el desfile, la temporada o el colorín, a golpe de silbato de un consumismo (de cosas, de ideas, son abonados y azuzados por quienes saben a qué tipo de masas se dirigen. Así, no solo la publicidad sino la mayoría de las obras artísticas (cine, literatura, música), han entrado en la categoría de infantilismo expresivo, del que no se libra la enseñanza ni siquiera en sus más altos niveles.

La publicidad es un reflejo cabal de la naturaleza de la comunidad. No extraña, en un país que convierte todo en cancioncilla, baile, juguete, colorín y capricho que, en una situación tan grave como la actual, los llamamientos sanitarios y gubernamentales a la preocupación por el otro, a la responsabilidad colectiva, al autocuidado, al ejercicio de la ética pública, al autoconvencimiento o a la reflexión personal que incite y razone la responsabilidad, reciban como respuesta adulta el pataleo, el berrinche de niños malcriados, el enmadramiento, el llanto quejica y el egoísmo.