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Lunes, 8 de marzo de 2021

En la muerte de Javier Alonso Torrens

Su vida fue un compromiso de lucha permanente por los más desfavorecidos, poniendo en su defensa toda la inteligencia y esfuerzo

Pasados unos días de su muerte, después del primer y feroz  impacto, el bálsamo del tiempo acaricia el dolor para mitigar lo que crudamente describió M. Hernández, en la muerte de su amigo Ramón Sijé:

un manotazo duro, un golpe helado, 

un hachazo invisible y homicida, 

un empujón brutal te ha derribado. 

Pero para que el tiempo no borre la memoria de un hombre tan singular, ni caigan en el olvido valerosas  andanzas de su vida, que quizá muchos desconocen, conviene  recordar su historia y su permanente testimonio de coherencia.

Conocí a Javier allá por los años 60, en el Seminario Menor de Ciudad Rodrigo, cuando yo no era más que un adolescente cándido e ingenuo. Sin embargo, algo nos decía a todos los que mi edad que el porte, las ideas, la manera de ser y la delicada atención que nos prestaba aquel recién llegado eran un soplo de libertad, un icono y referente en el ambiente acre, desabrido  y espeso que imperaba en la santa casa: un hombre que venía de la Pontificia de Salamanca, donde estuvo desde 1956 a 1960 y la Gregoriana de Roma, entre el 60 y 64 y traía todo el frescor y renovación necesarios que el seminario soslayaba. 

Pasados los años, nos reencontramos en Madrid en un grupo de “ex”, de donde arrancó nuestra sólida y sincera amistad  y pronto descubrí que su Carta Magna ideológica, la que describe perfectamente su carácter y personalidad, se resumía en un memorable artículo que me recomendó en una de nuestras largas y fructíferas discusiones,  que suscribo totalmente, “La izquierda sin partidos”, (El País; 28 de marzo de 2000), escrito por el jesuita Luis de Sebastián, desde su experiencia en El Salvador: 

“Soy una persona que cree firmemente y todos los días que en el mundo hay pobres y ricos, unidos muchas veces funcionalmente por vínculos de explotación; que hay opresores y oprimidos, verdugos y víctimas, ganadores y perdedores, afortunados y desafortunados…   Yo he elegido tomar parte intencionalmente y ver las cosas y los asuntos humanos desde el punto de vista de los pobres, oprimidos, víctimas, perdedores y desafortunados de este mundo, aunque yo no sea uno de ellos… He decidido además poner mi talento, el mucho o poco que Dios me ha dado, mis energías intelectuales, mi pluma y mi voz al servicio, un modesto, tímido y lejano servicio, de todos ellos. Trato de hacerlo sin odiar, y menos perjudicar, a los que están en la otra orilla de la suerte… Y si luego se trata de llevar a cabo acciones colectivas, como pedir el perdón de la deuda externa de los países pobres, protestar contra el racismo, condenar el maltrato de las mujeres, defender la seguridad social o criticar el abuso de autoridad de la Iglesia católica, allí estaré yo…”

Por eso,  a su trayectoria vital se le pueden aplicar plenamente las palabras del  obispo brasileño Helder Cámara, defensor de los Derechos Humanos y destacada figura de la Teología de la Liberación “Si les doy de comer a los pobres, me llaman santo, pero si pregunto por qué los pobres pasan hambre, me llaman comunista”. Así le ocurrió a Javier, cuando, en una ocasión, fue detenido por la Guardia Civil en Lumbrales, junto con su compañero Matías Castaño, a instancias de su propio obispo, por ofrecer una charla sobre cooperativismo. 

Su vida fue un compromiso de lucha permanente por los más desfavorecidos, poniendo en su defensa toda la inteligencia y esfuerzo. Pero la vida no hizo justicia con él, ni entonces ni ahora, entonces por lo que sufrió injustamente, y ahora porque todavía no se ha reconocido su enorme  e insólita bondad, sin la más mínima pizca de rencor, resentimiento o rebeldía, ante quien le infligió el mayor daño y perjuicio: expulsarlo de su ministerio sacerdotal después de catorce años. Aquel ínclito y tridentino perlado, de infausta memoria, don Demetrio Mansilla Reollo, decidió corregir la llamada del Altísimo a Javier “para llevar a Cristo y repartir el pan a los pequeños ”, -como reza el himno del Seminario, que él mismo compuso- condenándolo al ostracismo más atroz. Lo comprendo porque también yo, como otros muchos, sufrí, por las mismas fechas, en mis propias carnes, similar sinsentido reaccionario, cuando me pusieron, de la noche a la mañana, de patitas en la calle, sin más explicaciones, y sin que 50 años después sepa todavía por qué. 


Su respuesta a esta humillación  es de todos conocida: compromiso decidido con los más necesitados, colaboración con la Diócesis, con Cáritas civitatense, con el Seminario y sus proyectos, impulsor de las Conversaciones de la Colada,  etc.  Solo un hombre de una profunda bondad es capaz de olvidar todas las injurias  y miserias recibidas y dedicar desinteresadamente su existencia al servicio de los demás. 

Expulsado de la jerarquía de su religión, de la que nunca renegó, entendió pronto que la mejor religión del mundo es,  como viene a decir el Dalai Lama, “ser, en el buen sentido  de la palabra, bueno”, la que te hace más compasivo, más sensible, más humano, más responsable y más amoroso.

La piedra angular de este desatino fue un escrito de veintitrés páginas mecanografiadas, quizá su primer trabajo como sociólogo, que me envió y conservo con devoción entre los  cientos de correos epistolares, discutiendo de lo divino y lo humano:  Reflexiones socio-pastorales de la diócesis de Ciudad Rodrigo. 1969, firmado por seis curas compañeros, al que se sumaron luego otros diez; una joyita, en sus palabras, que le costó la expulsión  ¡por considerarlo comunista!, me decía.  La represión se cebó con todos, pero  parece que a él se le identificó como el mayor activista. Sin embargo, el texto rebosa ingenuidad y candor a raudales; da hasta cierta pena, aunque entonces fue la bomba:  analiza la situación sociológica de la Diócesis, el papel pastoral de la Iglesia, el testimonio de pobreza y justicia, los signos de nuestro pueblo, las respuestas desde la Diócesis, las instituciones diocesanas (el Consejo Presbiterial, la Curia, la Asamblea Sacerdotal, el Plan Pastoral…),  todo ello en un tono serio, progresista, dialogante, humilde, respetuoso,  de subordinación y obediencia al obispo, que de nada sirvió.

Narrador y conversador apasionado, con el que las horas al teléfono, o ante una taza de café, no pasaban, aficionado a los toros, como buen farinato, me invitó varias veces, con su abono, a la Monumental de Madrid, pues sabía bien que un guinaldés no lo rechazaría. El recuerdo de un adorable hombre bueno, y luchador como él, evoca de inmediato los profundos sentimientos de dolor que magistralmente plasmara el poeta en su elegía:

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Habría sido, sin discusión, una de las mejores mentes pensantes que, en estos tiempos de tribulación y desgarro, hubiera servido a la Iglesia –muchos de cuyos postulados no aceptaba- con denodada pasión y entusiasmo, como sobradamente demostró  a lo largo de sus días:  ¡Dios, qué buen vasallo, si ouiese buen señore! (Mío Cid, v. 20). Pero si la ceguera biológica impide ver, la ceguera ideológica impide pensar y la religiosa obliga a callar. Y la voz de Javier ni calló entonces ni se ha apagado ahora con su muerte. Quienes no hemos renunciado todavía a nuestra particular revolución recogemos el testigo de su ejemplo y le seguiremos diciendo con el poeta:

Que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.