Pandemia… pero no “panvacunación”

 

Ha empezado ya pero parece que nos consume la impaciencia. Se nos antoja lenta. No llegan a tiempo todas las dosis anunciadas. Sorprende una vez más, y no debería ya sorprender, la disparidad de criterios en el orden de prioridades, la organización o los datos que se van dando a conocer. Afloran los jetas, los que se saltan la lista, los que hacen honor al “por todos mis compañeros… y por mí el primero”. Tampoco es novedad: ¿ya no nos acordamos de la cantidad de pruebas diagnósticas a políticos, cuando no las había ni para enfermos ni para profesionales? Aquellos políticos de alto rango, siempre mejor protegidos que los alcaldes de pueblo y los cargos de gobiernos inestables, no tuvieron que dimitir, ni se les abrió expediente, y mejor nos hubiera ido con algún cambio de caras en la gestión. Agua pasada. La que corre hoy, casi torrencialmente, mueve el molino de la vacunación mientras nos cubre, mucho más vertiginosa que la segunda, esta tercera ola de una pandemia que, a la vista de los hechos, no viene acompañada de una “panvacunación”.

Estamos en el Norte, en el lado rico del mundo, aunque eso no significa que no haya pobreza aquí. Pobreza personalizada: pobres. Los de debajo del umbral. Cada vez son más. Y sí, también serán vacunados, porque la salud pública nos beneficia a todos. Seamos honestos: si se tratara de una enfermedad de afectación individual, no contagiosa, no habría la misma prisa ni el mismo ruido mediático. Sin embargo, en el Sur, en el lado pobre y mayoritario del mundo, aunque eso no significa que no haya riqueza allí (riqueza personalizada: ricos), ya pueden armarse de paciencia. Necesitan, y la tienen, mucha más que la nuestra. No hay prisa para ellos. No hay ruido mediático. No hay dosis. Luego. Más adelante, para ponernos medallas de solidaridad y algún premio a la concordia. Después. Primero aquí.

Quizá no cabía la ingenuidad de pensar que, vapuleada la humanidad por un virus, esto podría servir para otro vuelco compensatorio que nos devolviera a unos pocos principios fundamentales: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiaridad, la solidaridad. Sí, he escogido los cuatro que señala la doctrina social de la Iglesia, los que expresan la verdad sobre el hombre revelada en el Evangelio. Pero se me ocurre que para muchos puede ser otro el camino… y añado que igual el destino, aunque todavía no lo hayan descubierto o se obstinen en cerrar los ojos.

Mundialistas y nacionalistas, globalistas y embaucadores de todo tipo, tampoco han sido tan ingenuos como para perder mucho el paso en este trance. No hay cambios evidentes: miles de personas siguen muriendo en el Sur por enfermedades curables, por falta de alimento que se desperdicia, por escasez de agua que se derrocha, por guerras evitables, por persecuciones injustificables… En el Norte, más desigualdad, menos libertad, más superficialidad en el decir y en el obrar. ¿Habrá habido, no obstante, pequeñas transformaciones no visibles? ¿Semillas enterradas por el sufrimiento y la prueba que ya crecen pese a que no lo notemos aún? ¿Acaso puede este planeta seguir haciendo esperar a tantos de sus habitantes?