Tejer esperanza

Ecumenismo espiritual significa que los cristianos formamos una gran comunidad de esperanza, que supera todas las barreras levantadas por los hombres.

GEORGE AUGUSTIN

 

cuando oramos por la unidad, no hay lugar para los profetas de calamidades ni para el pesimismo, el escepticismo y el derrotismo ecuménicos; lo pertinente es más bien la esperanza.

W. KASPER

 

 

En pleno tercer brote de la pandemia, este lunes comenzó la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, ocasión para el diálogo y oración con otras confesiones religiosas y eclesiales. La misma noche antes de su pasión y muerte, Jesús oró por sus discípulos: “Para que todos sean uno” (Jn 17,21), dejando estas palabras a modo de testamento vinculante. El ecumenismo no quiere ser activismo eclesial o diálogo académico, sino unidad, que se regala como fruto en la participación en la oración de Jesús a través del Espíritu de Dios. La oración es el camino del ecumenismo, así comenzó a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, con cristianos de diferentes iglesias, sobre todo mujeres, que se reunían para orar.

En estos tiempos que vivimos no podemos celebrar en los templos la Semana para la Unidad de los Cristianos, se han suspendido todas las oraciones, celebraciones y charlas. No es fácil celebrar para un creyente en las condiciones de pandemia que estamos viviendo, más cuando las cifras se han disparado en los últimos días y caminan sin freno. No nos queda más remedio que apelar a la responsabilidad individual y colectiva, cumplir con las indicaciones de las autoridades para parar la pandemia y que las hospitalizaciones nos se desborden.  Son días para renunciar a los derechos y las libertades de la ciudadanía y apelar a la solidaridad con un mayor esfuerzo si fuera necesario.

Pero, por otro lado, pediría a nuestras autoridades políticas una mayor explicación a los creyentes de a pie, respecto a las medidas tomadas en los aforos de las Iglesias (un máximo de 25 personas), eliminando el criterio proporcional según el tamaño del templo, que es lo que se está aplicando en toda España (Igual que en actividades culturales). Esta medida hace imposible el culto de la eucaristía y la oración comunitaria en las Iglesias, que creemos que sería algo muy positivo en tiempos de necesidad y de crisis. La eucaristía y la oración dan fortaleza al creyente y hace crecer la confianza y la esperanza.

El siglo XX ha sido un tiempo de oscuridad, los sistemas totalitarios, las dos guerras mundiales con millones de muertos, el exterminio de los campos de concentración, guerras regionales, violentas dictaduras con violaciones de derechos básicos, hambrunas y miserias. En esa noche sombría surgió la luz del ecumenismo, los hermanos cristianos separados y enfrentados en otros tiempos, se descubrieron mutuamente cristianos, subrayando más lo que les unía que lo que les separaba.  Este movimiento fue un contrapunto a los sangrientos conflictos y a las persecuciones de cristianos en el siglo XX, representando una preciosa luminaria de paz y reconciliación.  

En el siglo XIX, Paul Francis Watson puso en marcha el octavario de oración por la unidad de los cristianos, respaldada por el papa León XIII. Será el papa Pío X y después todos sus sucesores los que asumieron y apoyaron intensamente esta iniciativa. El Concilio Vaticano II, afirmó sobre el ecumenismo que fue un impulso del Espíritu Santo como respuesta a los signos de los tiempos, siendo la oración el alma de todo este movimiento.

El punto de arranque del movimiento ecuménico en el siglo XX, será la Conferencia Misionera Mundial celebrada en Edimburgo en 1910, donde participarán grupos estructurados y organizados y en el que tendrán un papel decisivo los grupos de oración. El sacerdote francés Paul Couturier, será una de las figuras decisivas y la fuerza motriz de todo este movimiento, ya que fue quien promovió e inspiró el octavario de oración por la unidad y el ecumenismo espiritual. Será después decisivo el grupo ecuménico de Dombes en 1937, vinculando la oración por la unidad a la conversión de las Iglesias, haciendo tomar conciencia de nuevo de que la unidad de los cristianos es un proceso espiritual.

Junto a esta preparación espiritual, el movimiento ecuménico echó raíces en numerosas biografías y personas en el siglo XX, donde las experiencias comunes en la guerra, el cautiverio, el destierro o la persecución, acercaron entre sí a cristianos de diferentes confesiones, aglutinándolos en una misma comunidad de destino. Por otro lado, muchas iglesias quedaron destruidas por la guerra, los templos que quedaron intactos, serán compartidos para su culto por las diferentes confesiones cristianas, brindándose mutuamente hospitalidad y acogida. En este contexto se levantaron los cimientos para la convivencia y la colaboración entre las diferentes confesiones, ineludibles en la actualidad en nuestras sociedades pluralistas.

En la segunda mitad el siglo XX, algunos responsables de la Iglesia católica recelaban del ecumenismo, pensaban que era un movimiento pancristiano relativizador y sincretista. Fue necesario el trabajo teológico y fundamentado de teólogos precursores del ecumenismo como Johann Adam Möhler y John Henry Newman, así como aquellos que pusieron las bases del Concilio Vaticano II, Yves Congar, Hans Urs von Balthasar, Robert Grosche, Otto Karrer, Karl Adam y Karl Rahner, que clarificaron los conceptos y establecieron los fundamentos teológicos, abriendo caminos nuevos para avanzar en la unidad.

Los fundamentos magisteriales del ecumenismo, lo estableció el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium, donde se afirma en consonancia con la entera tradición católica, que la Iglesia de Jesucristo subsiste en la Iglesia católica; pero se añade que fuera de los límites institucionales de ésta, se encuentran múltiples elementos de eclesialidad. Esta doctrina se desarrollará en el decreto sobre el ecumenismo: Unitatis redintegratio, cuya meta es hacer crecer la comunión existente, aún imperfecta, para que en un futuro se convierta en una comunión plena en verdad y amor.

Para este año, en plena pandemia mundial, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2021 ha sido preparada por la Comunidad Monástica de Grandchamp, en una aldea cerca del lago de Neuchâtel (Suiza). El tema escogido, Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia, se basa en el texto de Juan 15, 1-17, y refleja la vocación a la oración, a la reconciliación y a la unidad de la Iglesia y de toda la familia humana.

En la década de 1930, varias mujeres reformadas de la Suiza francófona pertenecientes a un grupo denominado las “Damas de Morges” redescubrieron la importancia del silencio para escuchar la Palabra de Dios y la necesidad de la oración, de los retiros espirituales y la hospitalidad. Las hermanas de Grandchamp proceden de diversos contextos culturales y confesionales. Se vieron confrontadas al desafío de vivir y orar juntas en la diversidad y, en ocasiones, en la división, acercándolas a los pioneros del ecumenismo espiritual.

En la actualidad, la comunidad cuenta con cincuenta hermanas, mujeres de diferentes generaciones, de diferentes tradiciones eclesiales y de diferentes países y continentes. En su diversidad, las hermanas son una parábola viva de comunión. Permanecen fieles a la vida de oración, a la vida en comunidad y a la acogida de huéspedes.

Los cristianos no podemos renunciar a la esperanza, ésta debe capacitarnos para el paciente servicio de la unidad de la Iglesia, acogiendo cada Kairós como una oportunidad del Espíritu, para poder hacer silencio y oración pudiendo desplegar vínculos de acercamiento, unión y comunión no solo con todas las Iglesias, también con todo ser humano. Nos recordaba Pablo que” la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios se infunde en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo” (Rom 5,5).