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Jueves, 25 de febrero de 2021

Apología de los bares

“Los caminos del Flore han sido, para mí, cuatro años en los caminos de la libertad” (Jean-Paul de Sartre)

Estos días vuelven a ser oscuros para los bares y sus regentes, muchos de los cuales –con sus fuerzas diezmadas– sobreviven con la incertidumbre de cual será el último día que levanten la trampilla. A través de estas líneas, me gustaría trasladar todo mi apoyo y ánimo, porque los necesitaremos cuando la pesadilla acabe. La razón, a pesar de las excepciones, es que somos de bares. ¿Cómo no serlo? si los hay para todos los gustos.

Aunque entre las imágenes más frecuentes proyectadas de los bares se encuentre la de un lugar donde las personas damos rienda suelta a nuestros vicios, terminando en muchos casos presas de la embriaguez, esta tan solo resulta un pequeño ápice de la realidad. Los bares son un invento que los romanos –buenos aficionados a este tipo de espacios– introdujeron en nuestra cultura y, desde entonces, han sido escenario de multitud de insignes episodios.

El curso del tiempo nos ha dejado bares repletos de historia, como el Gran Café Gijón o el desaparecido Café de Fornos, puntos de debate y conversación de personajes ilustres en la capital de España. Sin salir de Madrid, otros han sido testigos mudos de reuniones secretas y lóbregos encuentros, tales como la mítica cafetería Embassy –apodada “el nido de espías” –, el restaurante del Hotel Horcher –sede de importantes discusiones durante la II Guerra Mundial– o la Cafetería Galaxia, donde pudo planificarse el intento de golpe de estado ejecutado contra la lozana democracia en el año 1981. Otros, como el Restaurante el Descanso o la Cafetería California 47, escribieron sus nombres en las páginas sangrientas de los lugares donde algunos trataron de imponer sus ideas por medio de la violencia y el terrorismo.

Bares con mucha historia se hallan más allá de nuestras fronteras, como el Café de Flore, donde Jean-Paul de Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus –entre otros– pusieron sus ideas sobre la mesa. Sin embargo, para buscar bares emblemáticos no hay que salir de nuestra ciudad. Entre ellos destaca el famoso Café Novelty, cobijo de ilustres tertulianos como Ortega y Gasset, Francisco Umbral, Torrente Ballester, Víctor García de la Concha y –por supuesto– Miguel de Unamuno, entre muchos. Sobre este último se dice que desde sus sillas presenció los primeros fusilamientos efectuados en la Plaza Mayor de Salamanca durante aquel aciago año 1936.

En definitiva, los bares no solo constituyen un pedazo de las historias personales (el bar de los amigos, el de los domingos en familia, el de las reuniones de negocios, el de la lectura solitaria, etc.) sino que también son parte sustancial de nuestra Historia (con mayúscula). Por todo ello necesitamos estos lugares de encuentro con la sociedad –y a veces con nosotros mismos– y los necesitamos con las puertas abiertas tan pronto como sea posible.