Gracias, Carlos, y hasta siempre

A veces me pasa, y es curioso, que cuando se marcha alguien a quien le tengo mucho aprecio, me parece que vuelvo a verle. En la cola del supermercado, al doblar la esquina, esperando en el semáforo. Es solo un instante pero suficiente para sacarme una sonrisa (porque siempre me pasa con gente a la que apreciaba mucho) y darme cuenta en un segundo de que no puede ser verdad, que no es cierto, porque esa persona ya no está.

Sé que me pasará con Carlos porque era bueno y porque siempre estuvo, desde el principio, a mi lado y al de Soraya cuando nos convertimos en Unpuntocurioso. Nos conoció así y nos cogió cariño, como siempre decía él, y del vínculo profesional que nos unía a través de los libros pasamos a valorarnos por las palabras, por los gestos, por los detalles, por los abrazos.

Carlos no solo era un excelente escritor que a través del Cocodrilo Cirilo, la Bruja Piruja y su preciosa versión del Lazarillo de Tormes conquistó a muchos lectores, no, fue mucho mejor persona aún. Profesor vocacional, defensor acérrimo de la cultura y de la palabra como medio, especialmente a través de la poesía. A Carlos  le encantaba jugar con la poesía y siempre encontraba la palabra perfecta, siempre, las sacaba de las piedras y de las maderas, como si la naturaleza le hablase y le pidiese también que no se olvidara de ella. Entonces las convertía en artilugios mágicos que se convertían en regalos para todos los que podíamos disfrutarlos.

A nosotras nos regalaste tu sabiduría y tu experiencia. Siempre tuviste una palabra de ánimo y un abrazo calentito, un consejo adecuado.  Ahora los demás nos hemos quedado sin palabras, hoy nos faltan, pero con tu ejemplo tendremos que encontrar la fuerza y el cariño para no dejar de hacerlo. Espero verte de nuevo, Carlos, al cruzar la calle, esperando a que se ponga verde el semáforo, aunque sea solo un segundo, para compartir de nuevo una de tus sonrisas, a pesar de que luego duela.

Rebeca Martín