Velas del cielo, veletas

Hay algo en ellas atento y callado, algo que las hace huidizas, movedizas, giro del éter en su altura de hierro, brújula de nuestro desconcierto…

         Velan las veletas las alturas de nuestros cielos, meseta de azules ornados de nubes, más allá de las torres de las iglesias, de las cumbreras de nuestros tejados de rojas tejas. Son las veletas los peines del aire, las anunciadoras de los vientos que se mueven al son de su soplo, que nos indican un camino que se siente y no se ve, bandera desplegada sobre nuestro rostro.

         Levanta José Amador Martín con voluntad de vuelo su mirada y su objetivo que son uno, y descubre las veletas con las que se peina la ciudad, dama coqueta de horquillas de metal. Son las veletas, velas a la intemperie que dibujan en el cielo la dirección del aire con su movimiento de bailarina, giro ancestral de puntillas sobre tejados y torres, instrumento meteorológico y adorno de las alturas, guía y lazo de nuestra mirada hacia la transcendencia. La veleta con su eje vertical, se vuelve esfera para marcar los meridianos de la tierra, recordar su vocación de mineral allá en lo alto. La veleta que se estiliza en una pura flecha y cola que hace de contrapeso sin adorno, sin símbolo, sin nada más que la pura utilidad de su don de apuntar el camino del viento. La veleta, protectora y adornadora, tan consciente de su situación de privilegio y que se vuelve símbolo, protección, ornato, orfebrería de los cielos.

         Levanta la vista Amador y se recorta en el azul la flecha de los vientos, la cruz que cuida y bendice, el timón de la nave del aire, y sobre todo, aquello que nos recuerda los gustos del dueño de la casa y la iconografía religiosa ¿Cómo no pedirle al herrero que nos forje la veleta de lo nuestro para coronar la casa? Y recuerdo con infinito afecto que el maestro José Ramón Cid Cebrián consagró su casa con la bendición de una veleta en la que se leen el tamboril, el perro, el caballo y el toro, iconos de su buen hacer, de su gusto por el animal y el instrumento. Anuncio inequívoco de su dueño, de su labor y de su tiempo.


         Sin embargo, qué dueñas del cielo son las veletas sagradas, las que coronan iglesias y conventos con su lectura bíblica, con su simbología plena de tesoros. La cruz se alza y remonta el vuelo, y en Salamanca, el arcángel San Miguel ataca con su espada justiciera a un dragón de cuidado detalle. Es una de nuestras joyas de los cielos, elevada por siempre, abrigada de nubes en la que el dragón se retuerce, larga cola, alas breves, mirando al guerrero de Dios armado de espada y arco, ambos frente a frente, la bestia en el suelo, la esfera de los meridianos debajo de las figuras enfrentadas a perpetuidad y detenidas en el postrero envite. Y si San Miguel se arma de armaduras, San Marcos tiene en el león su símbolo de evangelista, su náhuatl fiero. Por eso la iglesia de este mismo nombre se corona con la imagen de un león que lleva los vientos del delicioso edificio de planta redonda más allá de las calles llenas de gente que no levantan la vista de su prisa. Lectura mistérica del secreto que nos acompaña el paso de los días.

Viajero, detente, has llegado a la región más transparente del aire. Hay algo en las veletas atento y callado, algo que las hace huidizas, movedizas, giro del éter en su altura de hierro, brújula de nuestro desconcierto… sin embargo, ahí están, tan firmes como anclas de los cielos, y Amador, tan atento como lo estuvo el maestro Vicente Sánchez Puparelli, que fue quien recogió en un libro las primeras fotos excelsas de las cometas salmantinas, las retrata y relata mientras miramos hacia arriba en tiempos convulsos, tiempos cambiantes, tiempos a la intemperie de todos los vientos. Y es su mirada detenido alarde, regalo espiritual de nubes y aires.

José Amador Martín, Charo Alonso.