Una gran sábana al sol

Un día nos levantamos con el mapa cubierto por una gran sábana tendida al tenue sol. La algarabía, la novedad, llenan de distintas respuestas nuestras ciudades, que se pueblan con bandadas de jóvenes compartiendo ocio, compartiendo aliento. El virus se frota las manos, y no precisamente de frío.

El virus es listo, y sabe que los humanos cometemos errores. Nos juntamos, alegremente, pensando que si nos unen lazos familiares no nos contagiamos, que si somos amigos no nos alcanza, pero el ser diminuto, el enemigo, no entiende de Navidades, de quedadas, de botellones, de rebajas, de comidas o aperitivos, de santos o cumpleaños, de compras ni de regalos. Sabe que gana cada vez que se adentra en nuestro interior, colmillo transparente, dentellada indolora, adicto poseedor de cuerpos ajenos.

Los pasos de otra amiga caminan con desgarro detrás de un coche negro que transporta una caja, muñeca rusa de la muerte, en la que yace el cuerpo de su madre, a quien no venció la edad, sino el asesino silencioso. Los pechos que dieron de mamar a sus vástagos permanecerán bajo tierra, los ojos que hace unos años me miraron agradecidos aquel día que visité a su hija recién operada en aquel hospital, el calor de sus brazos... El vehículo circula por ese camino de bordes blancos de nieve para enterrar sus restos. Blanco de nieve fue el traje epi que envolvió a mi amiga para dar y recibir los últimos abrazos maternos, consuelo reconfortado de los postreros momentos que acompañarán por siempre su recuerdo.

El mapa, tendido al tenue astro como una impecable sábana blanca, refleja su resplandor a lo más alto de los cielos.

En las ciudades y en sus barrios la nieve muta en hielo, muta en blanco pisado, muta en mezcla agridulce, se llena de sabores distintos, bloquea los accesos, congela las aceras, fractura los huesos. En el campo se mantiene casi inmutable.

Los móviles se llenan de imágenes sonrientes como las alegres caras de muñecos, bola arriba, bola grande abajo, nariz de zanahoria, brazos de ramas, “el mío es casi tan alto como yo”. Luego, una lengua diminuta, en casa calentita, lame con insistencia un helado de chocolate, ojos infantiles que disfrutan con pasión, que expresan la delicia de un intenso momento de placer.

El mundo se llena de contrastes. Entumecidos por el dolor y las cifras, por lo lejano y lo próximo, cada número que se suma afecta a una vida, a una historia llena de anécdotas y avatares, de lucha y de entrega, de amor a otros. Y los otros sufren la pérdida de lo querido, de lo acogedor.

Nuestros cuerpos piden a gritos abrazos y cercanía, sosiego y paz. Agotamiento pandémico que fulmina nuestra pequeña libertad cotidiana, desgaste mental que no hace sino acrecentar nuestra fortaleza, nuestra confianza en nosotros mismos, permanentes gladiadores ante la intemperie de los tiempos que vivimos, esperando, ávidos, la reconfortante caricia de un sol de primavera.