Vacunas

Con la vacuna de las virtudes conseguimos la necesaria salud del corazón

Con ocasión de la maligna pandemia del coronavirus, se han deseado remedios para atender a la enfermedad, y también hemos suspirado por la existencia de una o varias vacunas eficaces para prevenir el contagio y sus consecuencias. Ya tenemos, no sólo una, sino por el momento hasta tres vacunas generales aprobadas, y posiblemente además una vacuna rusa y otra china.

Tenemos experiencia positiva de diversos tipos de vacunas: contra la gripe, contra la viruela, contra otras pandemias o enfermedades menores. Por eso estábamos suspirando por una vacuna contra el covid-19. Y ahí la tenemos. Con todas las dificultades para su producción, transporte y conservación. Y con el reto de tener que vacunar en torno al 70% de los individuos contagiables en todo el mundo para considerarnos mayoritariamente protegidos.

Esta experiencia de las vacunas biológicas nos lleva a una reflexión sobre las posibilidades de conseguir remedios preventivos, o incluso curativos, de cantidad de enfermedades morales que aquejan a nuestro mundo. Son las mismas que contemplamos en el hombre desde el primer momento de su historia, en que contemplamos a éste víctima del que llamamos pecado original, que en cada momento de la historia tiene sus propias manifestaciones y que lógicamente nos conduce a la búsqueda de remedios para cada uno y el conjunto de todos los pecados del hombre, que se resumen sobre todo en los llamados pecados capitales.

Y a cada uno de los siete pecados capitales se oponen otras tantas virtudes, cuya práctica viene a ser precisamente su remedio, es decir, podemos considerarlas justamente como vacunas contra aquellos vicios o pecados. Los pecados han afectado en todos los tiempos y han marcado precisamente a todos los hombres.

El primer pecado es la soberbia, que se muestra como altivez, arrogancia, vanidad; autoritarismo al mandar; orgullo de si mismo. Es el deseo de superioridad y de alto honor y gloria.

La vacuna frente a la soberbia es la humildad. Es reconocer que de nosotros no tenemos más que nada y pecado, y que todo lo bueno que tenemos lo hemos recibido.

La avaricia es el segundo de los pecados: Es un deseo desordenado de placeres o de acaparar bienes y posesiones. Hoy tenemos en nuestro mundo muchos avariciosos. Quizá nosotros mismos padecemos este pecado,

El remedio: la generosidad, es decir, dar con gusto algo de si mismo o de lo que poseemos, compartiéndolo con los que lo necesitan.

La lujuria es el deseo sexual desordenado e incontrolable. También puede mostrase como abundancia, exuberancia. El remedio es la castidad, el control del apetito sexual.

La ira es reacción o actitud colérica ante un daño, dificultad o contrariedad. Enojo, resentimiento, furia, irritabilidad, agresividad, falta de autocontrol. El remedio es la paciencia, es decir, soportar con paz y serenidad las adversidades.

La gula es deseo y consumo desordenado de comida y bebida. Y su remedio es la templanza, la moderación en el comer y en el beber.

Envidia es deseo o resentimiento por no poseer las cualidades, bienes o logros de otro; con otro nombre, emulación. La virtud sobre la envidia es la caridad, el amor, alegrarse del bien del otro.

Y, por fin, la pereza: desgana en las obligaciones o ante los bienes espirituales. Negligencia, astenia, tedio, descuido, flojera, holgazanería, gandulería. Su contrario es la diligencia: cuidado y responsabilidad en el cumplimiento de las obligaciones.

Si echamos una mirada a nuestro mundo de hoy, lo vemos lleno de todos esos vicios y pecados capitales. No hace falta ir a buscarlos muy lejos. Y nosotros mismos estamos contagiados muchas veces. Pero las vacunas están ahí. Ojalá las usemos habitualmente. Por ese camino conseguimos la necesaria salud del corazón.