La nieve y yo 

No recuerdo haber visto tanta nieve en mis dieciséis años como en el pasado fin de semana. Al despertar la mañana del sábado y ver la ciudad con un abrigo de nieve, me sentí el protagonista de una película navideña de sobremesa. El blanco perfecto e inalcanzable de las nubes se desprendía sobre el alféizar de las ventanas y se endurecía en los entresijos de los ladrillos. Una estampa inolvidable sin duda alguna, hipóstasis inconfundible del cambio climático.

Incesantemente y durante la mañana, los copos de nieve se precipitaban y amontonaban en calles y avenidas. Se sentaban en los bancos de los parques, jugaban en torno a columpios y toboganes, sepultaban las flores perennes y patinaban sobre las fuentes congeladas. Tejían un manto helado almidonado en mi balcón a la par que yo me afanaba en terminar de estudiar para los exámenes de enero. El silencio y la calma de la nieve se veían entorpecidos por mis ansias de tocar su suave frío granulado.  Y mis apuntes sobre termodinámica se veían más aburridos de lo normal, así que terminé por rendirme ante la atracción nívea e intenté modelar por primera vez un pequeño muñeco de nieve en el balcón. Las expectativas eran demasiado altas y el resultado fue una decepción. Aquella cosa amorfa que se desplomaba con el aire estaba más cerca de un ser parasitario de la ciencia ficción que de un muñeco de nieve tradicional.  Mi sueño infantil frustrado. Mientras tanto, mis amigos compartían fotos de sus vistas e incluso de sus impecables muñecos semejantes a la porcelana y rematados con botones y paños de cocina. Podrían ganar un concurso de muñecos de nieve perfectamente.

En los días de la nevada, las redes sociales estaban alborotadas. Filomena, nieve, nevada y demás eran trending topic y habían conseguido opacar a la repetitiva y horrorosa realidad durante horas. Aunque parezca mentira, en las pantallas de los móviles también nevaba. El postureo níveo convirtió a nuestros teléfonos en una exposición de arte efímero con un hálito helado palpable en cada “me gusta”. Las hilarantes ocurrencias de los ciudadanos reinaban y demostraban una vez más que, aunque venga el fin del mundo, la comedia y la genialidad no tienen ni principio ni fin. Admirable sentido del humor, exceptuando a algunos que aprovecharon para saltarse las medidas de seguridad. Quizás resaltaban un poco más los influencers de pacotilla, llamando la atención con sus patochadas. Y por inverosímil que parezca, existen negacionistas de la nieve, demostrando la falta que hace una mayor divulgación científica en todos los medios y al alcance de todos. Pero lo que más disfruté ver fueron las fotos de la ciudad completamente blanca. El embrujo acromático del invierno atrapó mi interés y la mañana siguiente me descubrí dispuesto a conocer los efectos de su hechizo. Jugando a la rayuela para esquivar las primeras placas de hielo, encontré una bonita estampa más cercana a La nevada de Goya que a las playas pintadas por Sorolla. Las baldosas de las plazas recordaban al mármol y acogían batallas de bolas de nieve.  Las estatuas y fuentes formaban playas paradisíacas al mismo tiempo que los patos de la Alamedilla se esforzaban en levitar para no fosilizarse en el glaciar que suplantaba a su estanque. Ya se ha marchado Filomena y quedan algunos estragos suyos. En la esquina de mi balcón quedan las esquirlas del muñeco de nieve que ni era muñeco ni era nada, solo nieve amontonada.