Advertisement
Miércoles, 20 de enero de 2021

Azaña, 80 años después

A 80 años del fallecimiento de Manuel Azaña en el exilio, la Secretaría de Estado de memoria democrática ha organizado una amplia conmemoración, cuyo programa se puede consultar aquí

http://www.bne.es/export/sites/BNWEB1/webdocs/Actividades/exposiciones/2020/Programa_Conmemorativo-MANUEL_AZAxA.pdf.

La exposición, inaugurada el pasado 17 de diciembre en la Biblioteca Nacional, evoca la figura de Azaña como intelectual y estadista e inicia un amplio abanico de actividades (charlas, proyecciones, mesas redondas), algunas de las cuales se pueden seguir on line.

La monarquía borbónica acabó de dilapidar su crédito moral y político con su apoyo a la Dictadura de Primo y la II República vino como fruto de consensos políticos amplios que permitieron afrontar los graves problemas pendientes de la sociedad española: la democratización del sistema político, las reformas sociales –principalmente en el campo, hasta entonces abandonado–, el encaje de los nacionalismos dentro de la Constitución, la separación Iglesia–Estado, la modernización del Ejército y su sometimiento al poder civil, la alfabetización y la apertura cultural del país. Todos eran problemas de raigambre secular que la República, con Azaña a la cabeza, afrontó, diagnosticó y trató de resolver en medio de una grave crisis económica y de un contexto político cada vez más tenso y polarizado, tanto dentro como fuera de España.

Azaña era plenamente consciente de que la aplicación de las reformas, al erosionar los intereses de la oligarquía, la Iglesia y el Ejército, inevitablemente iba a generar conflictos, así como descontentos a un lado y otro del espectro político. Para algunos (anarquistas, trotskistas) él era solo el mascarón de proa de una “república burguesa” que daba la espalda a la revolución obrera; para otros, (monárquicos, cedistas, fascistas) una especie de Kerensky que, por acción u omisión, estaba dando paso al comunismo y a la ruptura de España. Pero Azaña tuvo fe en una España democrática, moderna y tolerante y no debió de sospechar en ningún momento que las discrepancias y los enfrentamientos pudieran llegar a donde llegaron.

Como hombre de Estado siempre reivindicó la convivencia pacífica entre ciudadanos y grupos políticos y por ello afrontó la sublevación militar intentando un compromiso con los sublevados. Eso fue lo que le llevó a proponer, a través de Martínez Barrio, un acuerdo para frenar el pronunciamiento y, más adelante, a buscar alguna solución negociada que pusiera fin al derramamiento de sangre y a la destrucción de la Patria.

Pocos políticos españoles han sido tan denigrados y calumniados. Por ejemplo, el general Mola le llamó “monstruo” y degenerado mental; González Ruano le pinta “enloquecido de soberbia y amoratado de rencor” y más recientemente Andrés Trapiello, tan suelto de pluma como falto de honradez intelectual, le manda al basurero de la historia  señalando “el fracaso absoluto que constituye su vida: como escritor y como político”. Como se ve, al igual que hicieron antes los Arrarás, La Cierva, Moa y demás turiferarios del fascismo español, se liga la figura de Azaña con la de la propia República, cuyo supuesto fracaso causaría la Guerra civil, ignorando la legitimidad del régimen republicano, la sublevación militar, la intervención nazi-fascista y tantas otras cosas.

Si más no, esperemos que actividades como las que comentamos contribuyan a contrarrestar estas infamias y a reivindicar la memoria de cuantos lucharon y sufrieron persecución por defender unos valores que, esencialmente, son los que inspiran nuestro sistema democrático.

(Imagen: Europa Press)