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Martes, 19 de enero de 2021

La Democracia primero

La demagogia es la capacidad de vestir ideas menores con palabras mayores

ABRAHAM LINCOLN

la voluntad general es siempre recta y tiende siempre a la utilidad pública, pero no se deduce que las deliberaciones del pueblo tengan siempre la misma rectitud

JEAN-JACQUES ROUSSEAU

Las asociaciones civiles facilitan las asociaciones políticas, pero, por otra parte, las asociaciones políticas desarrollan y perfeccionan singularmente la asociación civil

ALEXIS DE TOCQUEVILLE

Hace unos días asistimos atónitos a la invasión del Capitolio por los seguidores de Trump, justo en el momento en el que se iba a ratificar el triunfo de Joe Biden como presidente de Estados Unidos. De atónitos hemos pasado a sentir escalofríos, viendo que el señor Trump sigue en el poder, después de avivar la llama de la violencia y la insurrección a sus seguidores, con noticias falsas, una retórica incendiaria, sin aceptar la derrota y no respetando las reglas de juego.

Malos tiempos corren para la democracia cuando ha sido el propio presidente de los Estados Unidos quien ha estado fracturando la sociedad y apoyándose en sus seguidores, ha intentado subvertir la legalidad democrática alentando la insurrección para impedir la aplicación de la ley y derrocar al presidente entrante. Debemos añadir, la sospechosa paralización de la Guardia Nacional mermando la capacidad de mantener el orden y defender el Capitolio, sede de la soberanía popular, para ejercer la democracia. Un personaje racista, misógino, megalómano, narcisista tiene una influencia excesiva sobre sus seguidores, atrapados en el torbellino interno de la mente de Donald Trump, destacando miembros de la alt-right o conspiracionistas de Qanon, participantes en el asalto al Capitolio.

La Alt Right vienen a ser un movimiento juvenil que aspira a reformular la extrema derecha con moldes creados por la izquierda (conectando con el movimiento rebelde del mayo del 68), tanto desde una perspectiva xenófoba como machista (Fernando Vallespín). Su ideario se mueve entre el supremacismo blanco y el racismo, el odio al feminismo o al islam, abogando por la supresión de la misma democracia. Estos grupos subrayan, que la libertad y la democracia han dejado de ser compatibles.

Donald Trump, desde el origen de su mandato, ha estado conectado con este movimiento supremacista, se alimenta de muchas de sus ideas y comparte muchos de los referentes políticos, además de un profundo nacionalismo, proteccionismo y aislacionismo. Creando con estos grupos supremacistas, tradicionalistas y masculinitas la base de su electorado.

El expresidente de Estados Unidos, quiere ser portador de una verdad exclusiva encerrada en sí misma, en su propia mentira y, sin diálogo posible. La manipulación de la incertidumbre es la esencia de lo que está en juego en la lucha por el poder. Estos movimientos, cada vez mayores, denuncian una supuesta pérdida de la soberanía nacional en beneficio de las instituciones supranacionales, con un fuerte rechazo de las culturas minoritarias, en algunos lugares, revestido de falsos elementos religiosos y cristianos

Vivimos tiempos en que la verdad no importa, ni en los discursos, ni en política, ni en la vida. Estamos inmersos en una posverdad que nos devora, donde todo vale, desligando las actuaciones del político populista de toda ética de la responsabilidad, desembocando en una democracia muy precaria o inexistente. Estos grupos supremacistas, están acaparando votos de los sectores más castigados del mercado laboral, como los parados y los trabajadores no cualificados. Parece que no es un cambio de tendencia, sino un proceso de larga duración que se ha ido formando con los grupos más jóvenes ante los fracasos de los grupos políticos tradicionales de acabar con el paro.

Los problemas de la democracia son los mismos que nuestras sociedades y la democracia liberal está en crisis. La clase política de muchos países, incluida Europa, está invirtiendo los principios de la democracia, hasta ahora basados en la constitucionalidad, igualdad ante la ley, libertades políticas y civiles, autonomía política, universalismo, desplazándolos hacia unos criterios económicos y mercantilistas, basados en el beneficio, la eficacia y la rentabilidad (Wendy Brown).

También debemos de destacar, la pérdida de conexión de los partidos con su electorado tradicional (Peter Mair). La casi igualdad ideológica se resuelve en la competencia del juego electoral creando fuertes tensiones y enfrentamientos entre los partidos. Esto lleva a una marcada profesionalización tecnocrática, donde la clase política está más pendiente de su supervivencia que del bien común. Todo esto está llevando a que los ciudadanos se aparten y se distancien de la política convencional, reduciéndose su vida política a su entorno privado o bien, buscando soluciones en posturas novedosas que suelen ser populistas y radicales.

Por último, la globalización está erosionando los Estado-nación, los flujos transaccionales de capitales, ideas, mercados destruyen sus fronteras. Las democracias pierden su forma política y su contenido, abandonando cualquier pretensión de encarnar la soberanía popular y escuchar la voz del pueblo.

Aunque lo tenemos difícil, debemos apostar por la democracia, que es claridad y verdad. Un sistema en el que los poderosos no puedan pisotear los derechos de los humildes. Al mismo tiempo, un sistema que garantice los derechos de las minorías impopulares y en el que los medios de comunicación puedan criticar con libertad al poder, garantiza que el pueblo pueda cambiar de gobernantes a través de elecciones libres y justas.

La brecha social entre los que tienen los que no tienen se apoya en la competencia y no en la solidaridad. El trabajador, en nuestras llamadas democracias, está subordinado a la producción y su actividad laboral queda reducida a un producto de consumo sin más valor que el beneficio económico que reporta. Dar un giro a esta realidad se hace muy necesario, para poder pensar desde una perspectiva de solidaridad y no desde eficacia. Las personas deberán ser reconocidas independientemente de su actividad, base de cualquier convivencia y de cualquier política nacional o globalizada.

Los partidos políticos son importantes en las democracias, pero no suficientes. Se necesitan plataformas intermedias de ciudadanos que sean libres y dinámicas, con capacidad crítica y capaces de suscitar valores cívicos que puedan revitalizar y transformar las estructuras socioeconómicas y políticas caducas en base a la responsabilidad cívica. Estas plataformas deberán ir acompañadas de un nuevo despertar ético, que es claridad ante los problemas, eficacia para resolverlos y proyectos concretos para mejorar la sociedad, haciéndola más libre, más justa y humana.