Otra vuelta de tuerca

No esperaba él esa llamada. Había cumplido 26 años, por fin tenía una casa donde vivir, y se creía a salvo. Atrás quedaba el tiempo en que tuvo que compartir lo más íntimo de su vida con otras casas y otras gentes. Nunca había logrado vivir solo y siempre estuvo solo. Ahora al fin tenía una casa, pequeña y limpia, en lo más alto de una torre de casas. Al otro lado de la plaza, cuando se echaba la noche encima y se encendían la farolas, alcanzaba a ver a un hombre que en el salón de otra casa -seguramente más grande a la suya- extendía  un sofá para convertirlo en una cama para niños. Es seguro que la casa no daba para toda la familia. Enfrente de su casa, al otro lado del rellano, vivía el portero. El hombre, adicto al régimen y con un cáncer en la parte posterior de la cabeza, un bulto enorme que desfiguraba su prepotencia, no sabía que probablemente le quedaba poco tiempo. O al menos él dedujo esto cuando una tarde oyó protestas a la puerta del portero. El médico mostró quizás una energía innecesaria para repetir a la mujer y los hijos  que el portero se moría sin remedio. Y que no le molestasen más. Unos días después fue el propio portero el que llamó a su casa. Han traído esta comunicación oficial para usted, dijo como quien comunica una venganza o una sentencia de muerte. El sobre era ocre. Y dentro venía la orden. Había de presentarse cuarenta y ocho horas después en una dirección, a primera hora de la mañana. Enseguida supo de qué se trataba. Así que llamó apresuradamente a la dueña  para comunicarle que tenía que dejar la casa. La dueña envió a un individuo que, minuciosamente, indagó cada rincón. Vio que no faltaba nada, le pidió que firmase una documentación, y se fue. Las llaves se las deja usted al portero, dijo antes, Estas dos noches puede dormir aquí, si quiere, dijo antes de entrar en el  ascensor y descender al portal y a la plaza.

Cuando dos días después se presentó en la dirección que venía en el sobre, le mandaron entrar a un patio. Y allí vio que esperaban otros como él. Algunos los conoció enseguida. Otros se presentaron ellos mismos. Se habían visto a veces, no muchas, cada uno vivía en una zona del país, a veces lejana. A media mañana les mandaron subir a un camión. Y el camión comenzó su andadura saliendo de la ciudad y tomando una carretera que ninguno sabía adónde iba a parar. El viaje. Era enero, un frío intenso penetraba en sus carnes como un cuchillo mientras el camión avanzaba y ellos no hablaban, acurrucados en el suelo. No sabían que cuando llegasen a su destino, sería el frío su peor enemigo. Tal vez por eso la precipitación de la llamada: los expertos anunciaban el invierno más duro del siglo.

Al llegar a una ciudad, el camión paró. Creyeron que habían llegado al final de su viaje, porque la noche ya amenazaba con echarse encima. Pero no fue así. Unos muchachos salieron del edificio y les entregaron unos bocadillos: es vuestra cena, para que no os muráis de hambre antes de tiempo, yeyés. Eso dijeron. Luego el camión se puso en marcha, salió de la ciudad y empezó a subir hacia la montaña. A los lados de la carretera se acumulaba la nieve. El frío era más intenso aún y a él le pareció que el camión iba demasiado despacio. La noche ya era muy larga cuando el camión se paró y les mandaron bajar. Al saltar en la oscuridad vieron que la nieve les llegaba a las rodillas. Les indicaron un barracón de madera y allí se dirigieron. Había varias literas, estaban rendidos de un largo viaje en el suelo de un camión y se echaron en los colchones. Pero enseguida una voz les ordenó que se desnudasen, estaba prohibido dormir vestido. Había quizás más de 25 grados bajo cero, el frío entraba por las rendijas de las tablas del barracón, pero no tuvieron más remedio que cumplir la orden. Antes de hacerlo, el más veterano del grupo se acercó a él. Fíjate en Gutiérrez, el de la litera de al lado, la de abajo. Lo dijo despacito y él con disimulo miró. Efectivamente, Gutiérrez olía a ellos. Pobre policía, le ha tocado infiltrarse aquí y no en la universidad, pensó.

A las 6 de la mañana encendieron las luces y los mandaron salir a la puerta del barracón. Empezaron a vestirse muy rápido, Pero la voz les paró: nada de vestirse, desnudos, aquí se desayuna desnudos. Salieron  y ni siquiera se dieron cuenta de que al cubrir sus piernas la nieve pareciese caliente. Cuando estaban formados en una fila, llegaron unos muchachos con grandes potes de chocolate. Les entregaron un bote a cada uno y dijeron: el chocolate está caliente y muy rico, pero va a estar más rico ahora mismo. Y aquellos soldaditos bolivianos de la meseta o la montaña ibéricas, se la sacaron y mearon dentro de los potes. Luego les dieron permiso para desayunar. Ninguno dejó de llenar el bote con chocolate caliente y orina de los soldaditos bolivianos de 18 años. Se trata de sobrevivir, eso ya lo sabían. Así que se acostumbraron a desayunar desnudos en medio de la nieve aguantándose el asco, y a comer en un barracón grande, donde miles de gorriones refugiados en el techo cagaban en los platos de lentejas. Como se acostumbraron al cabo de las semanas a vivir sin agua para lavarse la cara. Porque el agua existía, pero el intenso frío de la montaña la había congelado en  las tuberías y el grifo estaba vacío. Se acostumbraron también a comer sin servilleta e ir a las letrinas sin papel: el papel es un lujo, les dijeron. Durante el día caminaban, caminaban, caminaban por la montaña sin un rumbo cierto, siguiendo las órdenes de quien iba delante. Cuando volvían al barracón, estaban exhaustos pero tenían prohibido sentarse en las literas. Ninguno olvidaba que Gutiérrez estaba allí para contar lo que pasaba, lo que se hablaba. Así que su mejor defensa fue el silencio durante los meses que estuvieron en el frío. Ninguno aprendió a contar estrellas, y no era nada extraño confundirse de persona. Así que los bofetones eran frecuentes. Cuando alguno sangró por los oídos, se lo llevaron, seguramente a un hospital. No volvió.

Cuando se apagó el frío y llegó el verano, apareció el camión. Fueron bajando por la carretera, se repitió la liturgia de los bocadillos para comer, y al fin desembocaron en una llanura al lado de un río al que estaba prohibido acercarse. La llanura era amable con la hierba, pero no existía ni un árbol, así que el sol de pleno sobre sus cabezas les acompañó unos meses. Pasado este tiempo, de nuevo se repitió el viaje del camión que les devolvió al invierno de la nieve. Y cuando la nieve se fue, el camión los bajó otra vez  al solazo de la pradera.

Al cabo de dos años, cuando aquello acabó, casi todos estaban vivos. Aunque mucho más viejos.

(Dos años  después unos hombres con estrellas y honor llamados Luis Otero, Julio Busquets, Enrique López Amor, Fernando Reinlein, José Sagrado, Santiago Perinat, Julián Delgado, Juan Diego, Antonio Miralles, José Fortes, José Julve, Jesús Martín-Consuegra, Gabriel Cardona, José Ignacio Domínguez, y otros, intentaron que historias como esta no se repitieran. Perdieron y pagaron).