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Martes, 26 de enero de 2021

Barbot sin barreras

Hay que decir que cuando J. M. Barbot nació, ya había muerto Franco. Estamos por tanto ante un escritor libre de toda sospecha. Lo digo para los pazguatos que parcelan las historias personales teniendo en el punto de mira a ese kilómetro cero donde debía haber comenzado otra fase de la luna definitiva y sedentaria. Pasemos de ello.

J. M. Barbot no salió de Valladoliz sino de Valladolid, hay que aclararlo porque los que leemos según el idioma somos muy nuestros. Él antes había salido de Burgos, donde dejó de existir oficialmente aquel carnicero de Badajoz que fue el general Yagüe. Ya tampoco respira el aire de la capital del  Reino (porque estrenamos año y seguimos siendo un Reino. Con menos reyes porque uno lo quiso).

J. M. Barbot no llegó a Madriz sino a Madrid, volvemos al tema para que sepamos de qué y de quién hablamos. Vino solo, a buscarse la vida, a encontrarse con todos, a darse de bruces consigo mismo. Hacía tiempo que Umbral había hecho lo mismo. Sólo que Umbral aprovechó el viaje para enamorarse todos los días, para encandilar palomas recién salidas del palomar, y para conocer a Leopoldo de Luis. He aquí a dos hermanos que se encontraron tarde y se quisieron mucho.

Va para seis años que J. M. Barbot escribió un libro de cuentos. La diferencia entre el cuento y el relato la sabe muy bien Teresa Núñez, y en su libro " Bragas" (Lastura)  lo justifica. Para ella todo está claro en el final cuando ese morir de páginas lleva escondida una sorpresa.

Teresa Núñez y yo nos parecemos algo, o tal vez mucho según cómo se mire. En nuestra edad que es más grande que la de  Juana la Loca, aquella reina torturada por el padre y el marido por empeñarse en decir Valladolid y no Valladoliz. La reina más culta pagó por ello. Teresa Núñez y yo nos parecemos también en la abundancia: los dos hemos escrito muchísimo y a quien le pique, ajos de Pedroñeras o de Chinchón, que están muy ricos pero son desaconsejables para el beso, incluso para el beso de la chilena Mon Laferte. Lo nuestro también es la promiscuidad, porque para vivir de escribir no puedes andarte con miramientos, y tanto ella como yo hemos escrito de todo.

Bueno, que me voy de cacho, como dirían mi directora María Fuentes o Ana Pedrero, que son muy taurinas. (Qué buen poeta Lorenzo Pedrero, bien lo sabe  la calle la Rúa de Salamanca. Qué fue de él, que fue de todos aquellos que poblaron sin verjas nuestras ventanas de dieciocho años). Lo que yo quería decir es que hay que leer a J. M. Barbot y su espléndido  “Agua serás y lo olvidaste" porque lleva tanta poesía que anega y colma todas las ganas. Pero tampoco hay que olvidar esa narrativa de "Cristales rotos" donde J. M. Barbot hace un ejercicio de expansión literaria como una estepa llena de gente e historias.

Yo estoy con ello. Intento alejarme de aquel horror de la noche de los cristales rotos del 9 al 10 de noviembre de 1938 cuando empezó la caza del hombre y el Holocausto. Me quedo con el sabor a literatura de este  “Cristales rotos" que Lastura ha exprimido hasta el infinito. La voracidad lectora a veces tiene buen olfato y no pierde el sentido.

Con este puñado de cuentos (¿o son relatos, Teresa Núñez?) vuelvo al primer J. M. Barbot, un arqueólogo apasionado por la vida, la de hace siglos y la de ahora mismo. Tanto vicio tiene por vivir su vida y la vida de otros que lo escribe. Y lo hace con la pasión y el hambre de la juventud que le sirve de lanzallamas. A mí me sorprende ese ir y venir por sí mismo, como si hace seis años ya tuviera prisa por encontrarse consigo.

Me arrepiento de sorprenderme con J. M. Barbot,  un escritor que es un mosaico antiguo y nuevo siempre, donde viven los gritos que parecen silencios, y son la saciedad de todas las inquietudes. En J.M. Barbot hay un mundo reunido que va enseñando la patita desde que hace más de seis años dejó a nuestro alcance "Ulises desconcertado" y su compromiso con la poesía. Brotes continuos, y esta narrativa de " Cristales rotos" que confirma su decisión de seguir adelante. Y cómo. Y cuánto.

Porque si “Agua serás y lo olvidaste” (Lastura) es un libro de nombres desde la poesía: Francisco Caro, Rafael Soler, Elvira Daudet, Pedro Letai, Lucas Catalán, Sara Zapata, Paco Moral, Elena Moratalla, Antonio J. Sánchez, José García Obrero, Jaime Gil de Biedma, Rodrigo Garrido, Jaime Resino, Enrique Gracia Trinidad, Emily Dickinson, Nicolás Ojeda, Eva Álvaro, y José Ortega y Gasset, “Cristales rotos” es un libro de lugares -reales o soñados- desde la narrativa donde se incardinan historias que acaban pidiendo más. (¿Quién no tiene un Rick’s en el camino?)

No es tan fácil para un poeta escribir otro género literario que no sea el de la posesión de la lírica (leemos tantos poemas forzados, ay).  Parece que a J. M. Barbot  no le ha costado mucho acercarse a los grandes narradores del cuento o del relato como los maestros Borges o Cortázar, aunque el desconcertante Cela llamase a esto “escritores y lectores de  literatura de kiosko".  Llamadme loco, pro yo prefiero a estos en el relato corto que en aquellas novelas de “obligado” acercamiento. Los cuentos y relatos no son  ningún suburbio de  la literatura. Al contrario, es donde el escritor se condensa en una fórmula y una técnica tan directa como mágica. Porque puede narrarse en forma de inventiva o acudir a los hechos reales para que vuelvan. En J. M. Barbot, recuperada la memoria de sus orígenes, hay una fascinación que existió en él al escribir, como la hay en el feliz lector que acompaña sus pasos. Lean, lean.

Redescubrir al escritor de narrativa  J.M.Barbot resulta muy gratificante: porque estamos ante el ejemplar que necesitábamos para saber diferenciar la verdad de la mentira. J.M. Barbot escribe y no se escribe, que uno se cansa de leer intríngulis intestinos. Es tan camaleónico dentro del mismo “Cristales rotos” que pasas de una historia a  a otra historia (cada cual más desemejante dentro de sí misma que te olvidas de pedir disculpas a la anterior) y te dejas llevar al huerto como un  vicioso lleno de deseo. Y sin embargo, la prueba del nueve está en que J.M. Barbot echa el ancla en cada relato o cuento con referencias reales, pero sin perder el punto y apoyo que te sostiene el saber que estás consumiendo literatura en estado puro y no el diario de una experiencia o una nostalgia. Y mira que gira y gira en el tiempo y en el espacio esta multiplicidad de un escritor del que uno juraría ha puesto poco o nada de sí mismo, salvo su contemporáneo talento.                             

No he  encontrado en muchos años a  alguien que escriba con menos cuchicheos.

Ah, Ana: no me olvido del buen olor a final como una voz sonando entre los mediodías. Espero que la ramita de primavera  venga con un pan de libro bajo el brazo. La epidural espera.