Le doy de comer a los pájaros

A mis pardales del patio les va bien con las migas que sobran, con el pan duro que mi madre no convierte en sopas de ajo. A los gorriones de plumita esponjada, patitas de alambre, les gusta balancearse en las ramas de un arbusto que nació en una maceta de sus dulces ofrendas. Y ahí esperan a que salga yo a sacudir el mantel o a desmigarles una galleta. Son pájaros de ciudad, felices en el patio de mi casa, habitantes del escaso jardín urbano.

         En los parques de Salamanca, el coro de los estorninos es una charla de ocaso llena de polémicas. El consistorio depredador seguro que se queja de la suciedad, pero su plática al atardecer no deja de ser consoladora. Hay vida más allá de los perros a los que ponemos abrigo y a la gata callejera a la que ningún vecino logra domesticar. Hay vida más allá de nosotros, los que cubrimos el barro y los charcos con una capa de asfalto y no dejamos ninguna rendija en el corazón para que se metan las arañas ni las hormigas. Somos seres herméticos a todo lo que no sea nuestro capricho, a todo lo que no esté en una jaula, pecera o lo llevemos de una traílla. Solo los niños nos aportan esa pincelada salvaje en la calle vacía por el frío, un niño embutido en ropa de abrigo que si se cae al suelo, no se levanta.

         -No toques la nieve, que está fría. No toques la pared, que está sucia. No toques al perro, que a saber qué tiene.

         El niño lavado, fregado, pulido hasta la exasperación, se agarra unos catarros del cuatro y acaba con neumonía en el hospital o con unas alergias que pa qué. No le des eso al niño que tiene alergia. No te acerques al gato, que tiene pelos.

         Mis niños pájaros, mi tropel de gorriones, dejan en la nieve apenas helada una escritura casi cuneiforme. Son sus huellas triangulares, sus incisiones sobre la tablilla blanca. Hoy vienen en bandada a buscar comida a la puerta de la cocina y si me descuido, llaman educadamente como heraldos de una religión proselitista. Hola, vengo a por las migajas que le sobran ¿No quiere oír la palabra del rey de los cielos? Yo les pondría primer y segundo plato y postre, porque nada me gusta más que verlos balancearse en el arbusto que trajeron de la nada, semilla alada y sentirlos cerca, dando saltitos más allá de mi ventana. Son humildes, silenciosos, fieles y su presencia diminuta me consuela de todos los males. Viven, van, vienen y dan de comer a sus crías cuando toca y hasta de vez en cuando discuten y se roban la comida al menor de los descuidos. Yo de la corneja, grande y elegantemente vestida, les tendría cierto miedo, lo suyo es la masa compacta de plumón. Son el ejército marrón de este rincón en el que duermen al abrigo de las macetas.

         -Anda que no tienes pájaros en el patio. No les des de comer, que te lo ponen todo perdido.

         Asisto a su vuelo con vocación de pluma. Y les regalo no lo que me sobra, sino el pan de cada día que me saco de la boca. Hay algo en ellos que me conmueve y me consuela. Hay algo en ellos que me admira y me acompaña. Y mientras, el invierno se despliega sobre el suelo, sábana blanca.

Charo Alonso.