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Miércoles, 20 de enero de 2021

¡¡¡ Ay qué fenómeno, si no hace ruido!!!

Ya se me había olvidado de cómo era la nieve. Y la noche del día después de Reyes, permanecí, horas y más horas, asomado a la terraza, tras los cristales, emulando a Barrionuevo, un argentino compañero de estudios en el Aspirantado, que nunca había visto nevar, y no hubo forma de convencerle de que entrase en clase. Permanecía en los soportales del patio, ensimismo, mientras susurraba “¡Hay qué fenómeno, si no hase ruido!”  Y yo también me he dado cuenta de que la nieve cae silenciosa, pero no sé por qué. Digo yo que si será porque le gusta mecerse en el aire, o quizás por no espantar a los pájaros,  o quizás por  sorprender sin ruido y con mimo  la tierra endurecida por los excesos inmisericordes del sol…

Y, en este trajín mental estaba, cuando me sacaron de quicio los timbrazos continuos del móvil; más de medio centenar de fotos de nieve. ¡Si ya la he visto!, los voceaba, pero ellos, erre que erre: si no quieres té, pues toma mil tazas.

Y, luego, caí en la cuenta de que a esos muchachos o muchachas  les había pasado lo mismo que a mí amigo Barrionuevo: se extrañaban de la nieve, porque hace tanto que no la ven, que les pareció como algo nunca visto.

Y salieron a la calle con sus móviles y quisieron inmortalizar el fenómeno, por  si nunca volvía a nevar, y para que sus hijos y nietos supieran lo que era la nieve; y salimos a la plazuela de Santa Ana, y los vecinos de la plazuela y los del Cantón expresaban su satisfacción haciendo un muñeco, que, después, ataviaban con un sombrero de paja, una bufanda roja y le colocaban en los labios un puro apagado, para que no se le derritiese la nariz; y, luego, llegó el desafío entre los muchachos del Cantón y de la plazuela  a bolazos: el muñeco aplaudía y daba gritos animando la pelea. Ganaron los del Cantón, pues impactaron en las pellizas de los de Santa Ana, veinticinco bolazos; y, en las del Cantón, diecinueve. Se firmó la paz y se inició la tertulia. Las manos estaban ateridas de frío tras la contienda, y las cobijaban un rato largo  bajo los sobacos, restregándolas, para que entrasen en calor; y, al pronto, los dedos empezaban a sentir un calor ardiente, que era el principio de los sabañones.

Antaño, cuando nosotros éramos más chicos, sí qué nevaba. Nevaba mucho y con más frecuencia, y helaba mucho, hasta el punto de que se congelaba el agua que caía de los canales del tejado, y se formaban los chupiteles, que nosotros, chicos, los descolgábamos con un palo o una piedra, y entreteníamos el estómago chupándolo como si fuera un palo dulce.

Y, en muchas ocasiones, no había serrana, porque las ruedas se negaban a subir el alto de la carretera.

Ahora, también se atascan los vehículos en las carreteras, y en las autovías y en las autopistas y hasta los ramales más secundarios de la red, a pesar de que existen unas máquinas, que se dicen quitanieves, que no dan más de sí por la insistencia del fenómeno; y que existen sustancias, como la sal, que impide que la nieve se congele. Pero, entonces, no se estilaban estos remedios, sí otros gestos más solidarios y tan eficaces.

Recuerdo aquellos años de duras nevascas, cómo me gustaba dar un paseo por el pueblo con los amigos, y jugar a deslizarnos en los charcos de carámbano, verdaderas pistas de hielo; y, a la vez, recuerdo la solidaridad de antaño: los madrugadores solían abrir senderos angostos en la nieve con palas, y se solía amordazar el peligro con grandes y esponjosas puñadas de paja.

Gracias a esta gentileza masculina, las mujeres, embozadas con sus bufandas, con el pañuelo de la cabeza bien amarrado al cuello, con la pelerina o la toquilla sobre los hombros, se atrevían a salir de casa a comprar lo básico: un poco de leche y una torta de pan; el resto, como todos los días, esperaba en la despensa su vez, si es que había alguna vez en muchas casas.

Y recuerdo, asimismo, aquellas lumbres de burrajos y cuatro palos, que calentaban una miaja por delante y te aterían por detrás. Hoy estas penalidades no existen. Existen otras fatigas, más sonadas, coches atrapados en la autopista durante un montón de horas. En estos casos, amigos, hay que llevar, en el maletero, una pala y dos o tres sacos de paja.