Cuando el turismo dejó de ser la solución

Foto: Daniel Caro

Este país lleva viviendo del turismo desde la dictadura. Sol, playa y paella que pasaron a ser fiesta, alcohol barato y sueldos precarios para las trabajadoras de la hostelería. Y puesto que el modelo nos ha funcionado durante más de 60 años, incluso las zonas de interior se han sumado al carro de vivir en exclusiva de este sector sin preocuparse de nada más. La puesta en valor de vestigios, zonas orográficas únicas o la búsqueda de una escapada rural parecían asegurar un futuro próspero. Los turistas iban a ser el principal insumo de todo nuestro país.

Sin embargo, seguimos igual. Cada año nos bombardean con cifras de aumento del turismo rural, mientras el crecimiento exponencial de pérdida de población dobla esos números. Por ilustrarlo, el Portal de Turismo de la Junta de Castilla y León recoge que en 2019 visitaron nuestra Comunidad Autónoma casi nueve millones de turistas (8.908.841, para ser exactos), mientras que los datos del INE muestran cómo perdemos población semestre tras semestre y los resultados de la EPA arrojan un 35% de paro juvenil en Castilla y León. Y con esto no estoy diciendo ‘no al turismo’, pero estos números dejan constancia de que algo no funciona.

Tenemos potencial, dirán. Y no lo niego. Quizá no se atraiga el turismo de borrachera y playa de la costa y los archipiélagos, pero el turismo de interior es un activo importante. Tenemos Historia en mayúsculas, también en las Arribes. Nuestra tierra ha sido habitada desde la época prerromana, de la que quedan vestigios únicos -conocidos por los autóctonos, aunque no tanto por los forasteros- como los castros vetones de Lumbrales, Yecla o Saldeana. De igual modo, los pocos escritos de la época aseguran que durante la Edad Media esta tierra estaba habitada, aunque más allá de mitos como el feudal de Hinojosa de Duero o los restos del Castillo de Cerralbo, solo queda el conjunto de San Felices de los Gallegos (por cierto, nombrado recientemente ‘El pueblo más bello de Castilla y León’ en la categoría de municipios con menos de 1.000 habitantes). Restos bien conservados que hacen de estas tierras historia viva de la humanidad. Habría que tener en cuenta, aparte de estos vestigios del ser humano, los impagables parajes y paisajes que se extienden por todo el noroeste de la provincia de Salamanca, mucho más conocidos, pero poco valorados en el conjunto del país. Con todo esto, ¿quién no querría visitarlo? ¿Quién no querría vivir la experiencia?

Durante décadas las instituciones han invertido cientos de miles de euros en promover el turismo, en crear marca, en construir pequeñas infraestructuras (como la de la foto que acompaña al texto) y marcadores obsoletos con información que como mucho nos hemos parado a leer los autóctonos, en señalizar caminos para promover el turismo deportivo o en financiar pseudoorganismos “públicos” (muy entrecomillado) para intentar que nuestras comarcas se conviertan de golpe y porrazo en un Benidorm rupestre. Y dejo la pregunta abierta al lector: ¿todas estas inversiones han revertido la situación precaria de olvido político y abandono institucional de nuestra tierra?

No brillaremos por ser el destino turístico principal de este país, pero si por algo destacamos es por la ausencia de infraestructuras decentes que favorezcan la buena comunicación entre los distintos municipios y una vertebración territorial que fomente el desarrollo económico y social. Por tierra, a nuestras maltrechas carreteras secundarias debemos sumarle la ausencia de vías principales a través de las que articularlas. O las comunicaciones ferroviarias que tanto dolor de cabeza traen a la comarca del Abadengo, aunque sean destinadas al turismo. Y por agua. Sí, aunque no tengamos costa tenemos una infraestructura acuática, fluvial: el puerto de interior de Vega de Terrón, uno de los pocos puertos fluviales de todo el país, que comunica Oporto con España y que está tan olvidado por el maltrato institucional al que se ha visto sometido.

Recapitulando, nos encontraríamos con caminos señalizados, miradores con paneles ilustrativos, una deficiencia en las estructuras y una carencia de servicios muy notable. Pero ¿tenemos turistas? ¿Vivimos del turismo? Habrá quién viva y quién diga que es el modelo ideal de futuro. No seré yo. Las instituciones han vendido tanto el sector agropecuario como la industria en favor de un impulso del turismo que ha resultado ineficaz, poco estable y un modelo inviable a largo plazo en términos de sostenibilidad y desarrollo socioeconómico. Mientras tanto, se ha abandonado al sector primario en un territorio donde es la base de toda la economía (y en gran parte, de la sociedad). Nuestros gobernantes resaltan constantemente la importancia y la contribución a la economía del sector agropecuario; sin embargo, los apoyos son desarticulados y no sistematizados, acordándose del campo solo en las ferias provinciales y en campaña electoral para hacerse alguna foto y estrechar cuatro manos.

Dilucidará el lector que en este punto aún no se ha mencionado nada sobre el sector secundario. Y tiene razón, pero es que en nuestra tierra es algo impensable. No hay industria. Las minas de las que se beneficiaban nuestros antepasados no son lo suficientemente competitivas. Las cuatro fábricas que había cerraron hace décadas y el neoliberalismo salvaje que ha traído consigo la globalización hace prácticamente imposible la creación de empresas -ya sean privadas o de carácter público- que, siguiendo criterios de ética fiscal, respeto al medio ambiente y cumplimiento de los derechos laborales pudieran ser fructíferas, generar el empleo suficiente para contrarrestar la sangría poblacional y un proyecto económico serio a largo plazo.

Sin infraestructuras, no hay turismo. Sin medidas gubernamentales estatalistas, no hay industria. Sin intervención pública de los precios, no hay sector primario. ¿Entonces qué es lo que tenemos? En algún momento deberíamos de darnos cuenta de que no solo hay que valer la pena, sino también merecer la alegría.