Sonreír a la vida

La vida humana se desarrolla entre tristezas y alegrías. Hay momentos para llorar y reír, para amar y enojarnos. Las tristezas y alegrías caminan de la mano, las dos tienen una estrecha relación, son inseparables, una da sentido a la otra. Es bueno dejarlas fluir, no reprimirlas. Anhelamos y aspiramos estar alegres y esta tiene que ser nuestra decisión, pero en muchas ocasiones la tristeza se entra en nuestras vidas.

La alegría, como casi todo en nuestra vida, es una elección. Elegimos el estar alegres y lo hacemos en cada momento de nuestra vida. La persona alegre se ríe de todo y por todo; su sonrisa es profunda y brota de la fe, de la esperanza y del amor. Es la fe en la presencia del Señor la que nos llena de gozo y nos empuja a vivir en alegría permanente, a estar siempre alegres.

La verdadera alegría no se impone, debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos; de lo contrario, será risa exterior, carcajada vacía, pero la alegría se quedará fuera. Para andar por la vida para creer, amar y esperar, para ser sal, luz, fermento, para anunciar la Buena Noticia, es necesario poseer fuertes dosis de alegría y buen humor.

Cuando nos fiamos de Dios, encontramos alegría, fortaleza y paz. El Dios de la vida, el Dios alegre, nos invita a disfrutar de todo lo creado. No podemos estar tristes cuando nos damos cuenta de todo lo que nos ha regalado Dios, como el mar, las montañas, el viento, el sol, las estrellas, la luna, el cielo…

En estos días de Navidad como que nos ha resultado más fácil el sonreír. Pero la alegría, la sonrisa y el buen humor lo debemos mantener durante todo el año.