El niño de Santa Inés

La tarde en que yo presenté en Madrid mi libro “El gen inviolable” hacía 31 días que había muerto de cáncer mi oncóloga. Isabel tenía 45 años, era también violinista profesional, le gustaban mucho el tango y La Fídula de Daniela Riso (“por dentro y fuera, más que cuanto toco en orquestas sinfónicas en el Teatro Real”). Y le apasionaba vivir. Había pasado poco tiempo desde  que la vi por última vez. Fue en su consulta, llena de títulos y de humanidad. Estaba muy guapa. Quedamos en que después del verano ella estaría en el Palacio de la Quinta del Berro, entre pavos reales, abriendo el acto con el aria del Concertino de Bacarisse que yo le pedí. No sé qué pasó, si es que de repente al violín le apareció una súbita mudez o es que la luz de Isabel se apagó. Esa tarde yo me juré que ella  jamás sería una minúscula memoria. El caso es que yo no estuve tampoco con el libro. Cuando llega una muerte, o sospechas de la tuya, o la instantánea desaparición de quien quieres, regresas sobre tus pasos, te vas, y te refugias  en el viento que gira tus sueños de niño, o en el paisaje de un paraíso antiguo, o  una plaza irremediablemente solo porque los segadores de antes, aquellos que matarían por un trocito de suelo y de sombra de encina, ahora tienen el culo muy dulce y dicen que está dura la piedra del banquito que tantos amantes acogió.

Algún paisano se amusgó. Quiero decir que en mi viaje del Palacio de la Quinta del Berro a los sauces llorones de mi pueblo, se sintió arañado por una confesión: ninguno de mi generación para abajo, y menos los que nos marchamos fuera del universo de padre y madre, sabe los apellidos de la gente que vivió allí. Así que no es extraño que recurriese a los motes, heredad de padres a hijos y nietos. Porque de alguna manera teníamos que distinguir entre tío Agustín Confite, tío Agustín Koska, o tío Agustín Grillo. Yo sé que en uno de ellos hay una historia hermosa y mágica  que jamás igualaría Juan Rulfo. En otro, una historia terrible que me pidió no olvidase y si es posible algún día escribiese. Y de ninguno de los tres, el apellido con que fueron inscritos en aquella villa medieval que perdimos.

Yo también fui El Niño de Santa Inés para 500 muchachos que poblaron mi vida durante años. La culpa fue del profesor de latín que así me llamó y con ese mote me quedé durante el infinito bachillerato. Desde el primer día del primer curso yo no paraba hablar de Santa Inés. Hasta que el profesor se hartó y soltó delante de toda la clase aquel coño con este niño de Santa Inés, basta de  de Santa Inés, como si Santa Inés fuera el edén y los demás no tuviéramos pueblo. (Claro, no dijo “coño”, y si lo dijo fue en latín,  por supuesto). Los compañeros tomaron nota y con ese nombre torero me quedé. Y el caso, María Ángeles amiga, es que Santa Inés no existía, lo construyeron años después. ¿El Macondo de Gabo? Algo así. Como un sentimiento, una criatura inventada desde  la emoción, una necesidad de ser alguien y sobre todo de ser de algún lugar.

Pero yo había tenido antes un pueblo y una casa. Y muchos años después, a ellos intenté regresar. Carretera de Montejo abajo, a la izquierda quedaba el prado de tía Ángela donde íbamos los lunes de Aguas a comer el hornazo niños y niñas. A la derecha, las eras fecundas de acederas, donde los trilliques sacaban en el verano para comer y nada más. A la izquierda, ya casi encima de la casa de Atilana, las eras nuevas. Y allá, detrás de ellas y al fondo, el cementerio donde mi hermano lleva 80 años midiendo el tiempo bajo la tierra.

Mi hermano se murió a los 14 años, seis antes de que yo naciera. Conservo de él una foto en blanco y negro. Tendría en ese recuerdo gráfico la edad de mis nietos, cinco años, quizás seis. Su camisa blanquísima resalta la luz de sus ojos que están descubriendo el mundo todavía. Tiene su mano  pequeña apoyada en el muslo fuerte de mi padre, que está sentado a su derecha. Mi padre le pasa el brazo por detrás de los hombros y luego desciende sus dedos cuello abajo, hasta donde alcanza su protección de padre. O su caricia.

Yo sí conocí a mi hermano muerto. Él dejó cuadernos que yo leía con la devoción de los pichones y el gusto por lo escrito. Porque mi hermano escribía muy bien, había mucha literatura en aquellos cuadernos. Mi hermano no fue a la universidad, como tampoco fueron Umbral, Juan Marsé, Marcos Ana, y otros. Pero mis padres tuvieron la dignidad innegociable de que mi hermano no fuera nunca ese vaquerillo que cuida las vacas del amo en el monte donde se hacen de acero los cuerpos y de oro las almas, mientras crecen aún más los caudales del terrateniente. Mi hermano vivió en casa y estudió hasta los 14 años.

Un día los cuadernos de mi hermano, tan llenos de literatura, desaparecieron. Volví un verano y ya no estaban. Supe entonces que mi hermano murió dos veces. ¿Adónde fue la literatura de mi hermano?

Ahora que toca pensarse, me doy cuenta de que nosotros fuimos familia de pocos caudales pero muy literaria. Creo que todo empezó con el abuelo Faco, buen lector. La voracidad de mi madre con los libros resulta pasmosa: no sólo leía sino que practicaba la escritura en esa literatura oral a la hora de contar historias y leyendas a mis hijos. Yo llevo 60 años y 100 libros de los que viví así toda mi vida. Mi hijo Rodrigo hizo de escribir un oficio y una pasión. Y en medio de todos, el hermano muerto.

Al entrar  en el pueblo estaba Catalina la Mona sentada a la puerta del cuartel abandonado por la guardia civil. Ella, que siempre fue una mujer solitaria, dejó los barrios bajos y se puso a vivir donde habían vivido varios guardias civiles con sus mujeres e hijos. No estaba sola, le acompañaba un anciano. Cuando le miré, me dijo Catalina: a este ni puto caso.

Luego me aclaró que era un obispo jubilado. Y entonces pensé qué fugaz resulta el poder. Que la mujer de Franco te nombre obispo para que  acabes de viejo ante un cuartel de la guardia civil abandonado pintando la mona no es el mejor de los destinos. Manda güevos, qué dura es la vida. La expresión no es mía sino de Federico Trillo, aquel ministro del Opus que tuvimos y mandamos una vez a hacer patria a las Américas (hacer patria sólo lo saben ellos). Trillo estuvo marcial y guapetón, fue arriba y abajo de los soldados y al final gritó: ¡Viva Honduras! (fue un grito hermano y triunfal, con una sola pega: que estaba ante el ejército de El Salvador).

Creo que mi libro es una lucha cuerpo a cuerpo contra el olvido. Porque está lleno de nombres de hombres y mujeres, y mujeres sin nombre que se deducen. Todos existen, y al fijarlos en su caligrafía personal, evitamos mucho de  aquello que estuvo en nuestra vida un ratito y luego de rozarnos con una ráfaga de viento se fue para nunca volver.

Cuando pronuncias un nombre, o lo escribes, o lo deletreas, estás negando la evidencia de la fugacidad y la finitud. Yo me iré, como se fue Isabel, pero quedará al menos el rastro escrito de tantas respiraciones amantes y dulces que un día fueron.

La memoria se construye sobre los retratos oscuros, pero también sobre todos aquellos que estuvieron antes y al marcharse no te dejaron un nombre, sino un vacío exterior al que sólo puedes rozar con la perdurabilidad de los motes. Sobre ellos te queda la posibilidad de extenderte hasta llegar a su infinito.