El buen amor

Que no. Que no me voy a la Edad Media donde el cura poeta escribió las 1.700 estrofas del libro de los cantares en el que había de todo, también el trajín de Don Melón y Doña Endrina. Pero sobre todo el aviso  de que la poesía puede ser alegre y feliz, no como en esta otra Edad Media a la que hemos regresado, donde hay mayoría de quejumbres personales (deberían estar prohibidos los libros que hablan de uno mismo, sobre todo los libros de poemas donde hay tan  poca poesía).

Aquel cura era tunante, duro su mundo, festiva su lírica, tan alegre, tan mística, tan elegíaca, que él podía con todo y con todas. Deberíamos hacerle más caso.

Hablo del amor a la palabra, algo que existió en el pasado. Ahora reinan los signos. Y estamos perdiendo por segunda vez el lenguaje, el idioma que nos une, la palabra que nos nomina tanto a las novias como a los republicanos, la que nos salva de la soledad arrasadora del olvido y de la rara paz de los besos de ceniza. No se puede ser un amante perfecto o un salteador de caminos sin la palabra. Pasará el tiempo y seremos todos la palabra, sólo la palabra.

Un día perdimos el idioma en España y lo recuperamos en Hispanoamérica. Ellos fueron los guardianes que resistieron más y mejor a los homicidios irrompibles en ese alud de anglicismos que nos sepultó como si fuésemos un vientre vacío o una banda de gilipollas ibéricos.

También nos salvaron de ese estropicio nuestros pueblos -hoy tan vacíos- que no se dejaron contaminar sino todo lo contrario: no sólo conservaron el idioma común sino que lo hicieron más rico al renunciar a pronunciarse en sus tradiciones intocables hasta para la RAE. Lo malo es que se nos van muriendo los poetas de la naturaleza que son nuestros labradores viejos y no se sabe muy bien en qué bando están sus herederos.

Pero del peligro de ahora no se libran ellos tampoco. Tal vez por eso son más necesarios que nunca aquellos que con la devoción de la paciencia y la pasión de amar por cuenta propia a la palabra recogen su cardinal esencia. Me refiero a hombres como nuestro Gabriel Calvo o Joaquín Díaz, que no sólo guardan sino que propagan esa palabra que en manos de ellos deja de ser clandestina o se encamina a la fugacidad.

Yo no estoy renunciado a nada. Tonto sería si me negase a la posibilidad de habitar y que me habiten más allá de los mares cabalgando los arcángeles con las puertas abiertas de internet y otras tecnologías. Pero esa revolución no obliga a nadie a maltratar al lenguaje, hacerlo más pobre, hablar como si se tuviera siempre mucha prisa y mucha hambre, comerse sílabas, beberse las letras, reinventar un idioma que precisa interpretaciones para monigotes y otras comunicaciones llenitas de hipotermia.

Siempre aposté por el futuro. Y en mi intrascendente  biografía personal está el haber promovido el paso de una cadena de periódicos desde el plomo de los tiempos de Gutenberg hasta los ordenadores de hoy. Costó mucho desprenderse de ese orfebre alemán, llegamos tarde a la tecnología. Pero llegamos y yo empujé lo mío.

El buen uso de internet no te obliga a hacer acopio de todo tu tiempo y entregárselo como si fuese un señor feudal con derecho de pernada. (Lo mismo que la ley de eutanasia no te obliga a utilizar la eutanasia).

Pero asistimos atónitos a la colonización de móviles y tabletas que se comen la lengua y puede haber dos o más personas en el salón de la casa que ya no es casa común si cada uno se sumerge en su sillón con su mundo de cookies aparte.

Y el cénit de la perplejidad está en que a estos artilugios se suma la televisión. Tal vez estemos asistiendo al nacimiento de una nueva raza, porque por lo visto se puede ver una película sin mirar la pantalla y entregarse al chateo mientras fluyen las imágenes de “Lo que el viento se llevó”. Mal futuro tiene el cine si ya no se ve ni en la tele, sino que a la gente le basta con “oír” una película.

O a lo mejor soy muy pesimista y todas esas cosas y costumbres desarrollan aún más los sentidos, o incorporan uno  nuevo que estaba dormido. A esto sí que voy a llegar tarde, me temo. Hay gente que puede estar al plato y a las tajadas y a las de  los otros. Y no es que la raza mejore, es la misma de siempre  que abarca infinitamente más. No me preguntéis el motivo, quizás un milagro del cambio climático, yo qué sé.

Yo no soy partidario de la nostalgia ni de los adioses deshabitados. Pero algo de murria tengo de la cocina de mi casa, de la familia y vecinos hablando al amor de la lumbre. Cuando era muy niño, entonces se me quitaban todos los miedos a la noche de aquellas bombillitas que lucían tan poco que no se percibían ni estupores.

Y luego vi que la nostalgia no conoce geografías ni clases sociales. Fue cuando oí a Almudena Grandes contar las tardes de los domingos en casa de sus abuelos.

Las madres hablaban de sus cosas sentadas en los sofás. Los padres se arrimaban en torno a la mesa camilla a escuchar “Carrusel Deportivo” mientras iban comentando goles y jugadas. Y en medio, cosas de la semana. Y los niños, primos y hermanos, a correr toda la casa de los abuelos, porque es bien sabido que los abuelos son felices si están hijos y nietos y te dejan hacer todo.

Los abuelos siguen aquí. Y quien sabe si van a ser las mejores defensas contra lo efímero de aquel lenguaje. Que en los restos de su memoria, el idioma se refugia ¿Y cuando ellos se hayan ido? Esperemos que queden trovadores y juglares como Gabriel Calvo y Joaquín Díaz para que la palabra tenga todavía entonces y con ellos alguna oportunidad.