Vivir en la incertidumbre

“Se mide la inteligencia del individuo por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar”

Inmanuel Kant

Comenzamos el año 2021 con una sintonía desconocida, sin solución de continuidad, la misma con que despedimos el abominado 2020. En pocas ocasiones han resonado con tanta profundidad los deseos de prosperidad para un nuevo año. Sin embargo, permanecemos sumidos en una situación fuente inagotable de vacilaciones. Pese al esfuerzo de gobernantes y gestores por crear un clima de esperanza entre la población, hacer prospectiva del escenario de la pandemia –incluso a corto plazo– parece una tarea para hechiceros y videntes.

Aunque no hay demasiados juicios sobre el panorama actual que me atreva a airear públicamente, parece innegable que la incertidumbre subyace a buena parte de nuestros comportamientos. Por lo que me atrevo a aventurar que actuaríamos de otro modo si encontráramos respuestas certeras a cuestiones tales como: ¿cuándo terminará la pandemia?; ¿la vida en la sociedad post-covid será parecida (claro está que igual no) a la precedente?; ¿volveremos a abrazarnos sin tapujos?; ¿será la vacuna una solución efectiva?; ¿y definitiva? y un largo etcétera de preguntas que –actualmente– resultan de difícil resolución.

La seguridad, en términos de seguridad integral, es una de las necesidades más básicas para la mayoría de los seres humanos. Sobre ello han reflexionado a lo largo de la historia muchos intelectuales, entre los que cabe destacar a Thomas Hobbes y su obra El Leviatán. Pero para continuar hilando estas líneas voy a valerme de una afirmación realizada por el profesor Chillón, gran pensador y excelente compañero, con la que destaca que los adultos –a diferencia de lo que expresamos en la etapa infantil– somos esencialmente futuro. Circunstancia fácilmente deducible de nuestras conductas. A esta idea me permito la licencia de añadir que –en ese futuro– nos aferramos fuertemente a la seguridad, la deseamos y la buscamos con afán de logro. Seguridad en el amor, en el refugio, en el sustento, en la economía... Necesitamos conocer algunos aspectos –por elementales que parezcan– sobre nuestro porvenir. Realidad que se traduce en certidumbre, cualidad que escasea en estos días tan lúgubres. La certidumbre brota del conocimiento que, a su vez, parte de la experiencia. Por tanto, en último término, nuestra inseguridad –producto de la incertidumbre– viene generada por la inexperiencia. Ante esta afirmación hay quién objetará que pandemias han existido siempre, lo cual no resulta cierto puesto que la mayor parte de las generaciones presentes no han afrontado ninguna. Verdad es que pandemias nos han precedido y buen ejemplo de ellas son la peste que asedió a la gran Atenas de Pericles o –la mal llamada– gripe española del pasado siglo, pero ninguna se había presentado en una sociedad con las características de la actual, entre las que cabe destacar la globalidad de las relaciones y el nivel de desarrollo alcanzado por la ciencia. Por lo cual, el panorama resulta novedoso y –en consecuencia– potenciador de la duda.

En definitiva, en armonía con los vientos de este inicio de 2021 y en atención a lo que pueda acontecer, solo nos queda ser pacientes, cohabitar con la resignación y –en la medida de lo posible– aprender a vivir en la incertidumbre.