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Lunes, 18 de enero de 2021
Ciudad Rodrigo al día

2021, el año del tornillo

Terminamos a las doce y diez, como poco y muertos de risa porque no encontrábamos un tornillo que se nos había caído al suelo

No soy un tío supersticioso, nada más lejos de la realidad. Tengo mis cosillas, claro que sí, pero como cualquier ser humano que se precie. Quizás estoy más cómodo ordenando los platos por tamaños, la ropa por colores y se podría decir que las cosas me gustan mucho más si son pares. Ahora bien, ni me va a dar un infarto por ver ropa desordenada, ni porque me toque el número veintitrés en la carnicería. Me gusta guardar un orden en mi vida, pero no obsesionarme con cosas triviales que carecen de importancia alguna.

El pasado treinta y uno de diciembre de dos mil veinte, allá por las once y media de la noche, comencé a darme cuenta que, hasta ese momento, mi vida sí se había regido por una costumbre que había repetido, de forma compulsiva y milimétrica, todo el tiempo que mi corta y limitada memoria puede recordar.

Hasta ese día, durante mis veintiséis años de existencia, había pasado la Nochevieja con mis padres y mis abuelos y, más apretado o más distendido, había engullido las doce uvas en el tiempo correcto, autoconvenciéndome de que, si lo conseguía, nada malo podía pasar en el nuevo año que ya comenzaba.

Durante esta última cena ya se podía vislumbrar que todo iba a ser distinto. Mesas kilométricas para guardar la distancia de seguridad, mascarilla entre plato y plato y mucha tristeza que tan solo podía ser transmitida a través de los ojos.

Cuando me vi frente al televisor, con las doce uvas en el plato, pude corroborar que, en efecto, aquel día no se parecía ni una milésima a su homónimo en Navidades anteriores. Había sustituido el esmoquin por el primer pijama que encontré en el armario, la copa de champán, que otros años burbujeaba alegremente, por un tazón de Nesquik bien caliente, y, para colmo, mi abuela, cansada y enrarecida por todo lo sucedido, había decidido marcharse a la cama, en busca de una normalidad que quizás encontrara en sus sueños.


Personalmente, me considero un tío afortunado, incluso este año; para que vamos a engañarnos. Lo he pasado mal, pero, tristemente, el sufrimiento que han tenido millones de personas es superior al que he podido sentir yo. Ha sido un año nefasto para todos, que nos ha obligado a reinventarnos como personas y como sociedad. Nos hemos dado cuenta que no somos nadie a nivel individual y que si no trabajamos como equipo difícilmente vamos a poder obtener recompensas valiosas.

Por todo eso, minutos antes de la entrada del año nuevo, cuando mi padre, ajeno a cualquier costumbre social, me llamó para que le ayudase a arreglar un farolillo roto de nuestro jardín, lo tuve claro. Si algún año tenía que perderme las uvas, sin duda era este. Terminamos a las doce y diez, como poco y muertos de risa porque no encontrábamos un tornillo que se nos había caído al suelo. No habíamos comido ni una sola uva, pero ambos sentíamos que estábamos tomado la decisión correcta. Cualquier otro año hubiera sufrido por hacer esta “locura”, pero si algo me ha enseñado el dos mil veinte es que tenemos que ser flexibles ante todo y para todos, inclusive si el culpable del primer imprevisto del año es un diminuto tornillo.

Tras pensar unos minutos todo lo sucedido, llegué a la conclusión de que no se me ocurría una forma mejor de pasar una página tan rara de este libro llamado vida. Dos majaretas buscando un tornillo el día uno de enero a las doce y un minuto de la noche.

¿Locura o realidad? Lo veremos, sin duda, a lo largo de este dos mil veintiuno.

Aprovecho para mandaros mis mejores deseos en esta nueva aventura y deciros que ojalá podáis encontrar todos vuestros tornillos perdidos. Si no lo conseguís, ya sabéis a quien tenéis que echarle la culpa.

Nos leemos el domingo que viene por aquí, o, hasta entonces, en Instagram (@rubenjuy) y por Facebook (Rubén Juy).