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Lunes, 25 de enero de 2021
Las Arribes al día

La primera perdiz de Conan

“Habían pasado solo un par de minutos, tal vez ni eso, hasta que lo vi aparecer entre las escobas con la perdiz en la boca. No me lo podía creer”
Conan con su primera perdiz en la boca en las Arribes de Villarino

Siempre es motivo de ilusión comenzar la temporada de caza con un nuevo compañero, en él solemos poner todas nuestras esperanzas porque ‘nos dé más que nos quite’, como decía alguien en mi pueblo, al menos así ha sido para mí a lo largo de los algo más de 40 años que llevo cazando, tiempo en el que los perros con los que he contado seguro que siempre me han dado más que yo a ellos, aunque solo haya sido su cariño, pues como cualquier cazador puede imaginar, ha habido de todo, pero no olvido a ninguno de ellos por corto que haya sido su paso a mi lado.

El último hasta la llegada hace ocho meses de Conan, ha sido Argo, mi primer epagneul bretón y del que ya he contado aquí algunas de sus ‘historias’ de caza a mi lado. Pero el tiempo no pasa en balde y 15 años son demasiados para cazar la perdiz en Las Arribes, y aunque me mira con tristeza en el patio de casa cuando me ve marcharme con Conan, asumo que es algo irremediable, la última etapa de su vida como la de cualquier otro ser vivo. Así que no queda otra que afrontarla con naturalidad, sabiendo que a todos también nos llegará ese momento y, en mi caso, no pido otra cosa que vivirla con dignidad, como trato de que la viva Argo, con el cariño de aquellos a los que él entregó el suyo a lo largo de su vida.

Conan es mi nuevo perro de caza, por ahora cumple el año. Llegó a mis manos una semana antes del confinamiento del 14 de marzo de 2020, procedente de Santiz, criado por Alberto y con padres de buena genealogía. Era el último disponible de la camada, y aunque hubiera preferido una hembra, por aquello de alternar después de varios machos, finalmente me decidí por adquirirlo. Así que el 7 de marzo me acercaba hasta Santiz a buscarlo, y allí me reencontré con viejos amigos de La Extremeña, el bar familiar que tuvimos en Villarino durante cerca de dos décadas, y que no veía desde no sabría decir cuánto. Se trataba de Antonio Julián y Manolo, el del Banco de Castilla, y sus respectivas, que celebraban cumpleaños sobre una buena mesa en una cocina con chimenea, como se suele celebrar en los pueblos.

El terreno

Durante el primer mes de la temporada me resistí a dejar a Argo en casa, pues a pesar de sus limitaciones físicas, especialmente la sordera, su pasión por la caza permanece intacta, lo que le lleva a superar el sufrimiento que supone a cualquier edad, pero sobre todo a la suya, encontrar las perdices en terrenos de ladera, en los bordes de las arribes del Duero y Tormes en Villarino de los Aires. Se trata de zonas de ‘paredones’ para sujetar la tierra, bancales construidos metro a metro hace siglos y sobre los que un día crecieron majuelos y otros cultivos, de constantes ‘cotorros’ (pequeños cerros) con picones, lastras y peñas, hoy perdidos de zarzas, piornos y escobas con matas de carrascos que crecen entre los ‘racheros’ (grietas entre piedras), y que constantemente hay que subir y bajar. Aquí los pies no se hunden entre los surcos de los sembrados, pero las rodillas se llevan lo suyo al terminar la jornada. Un excelente circuito que requiere tener bien a punto toda la maquinaria, piernas, pulmones y corazón.

El 5 de diciembre pasado era el primer día que cazaba solo con Conan, bretón blanco y negro y de menor talla que Argo, lo que no le impide saltar las paredes apenas sin verlas, hasta el punto que parece tener algún resorte en las patas traseras. En las jornadas anteriores ya había mordido alguna perdiz y varias codornices, aunque todas las piezas que había abatido fueron localizadas por Argo en el cobro, si bien Conan después se había apropiado de varias de ellas. Hasta entonces la tarea de cobrar las perdices y codornices abatidas no había planteado demasiada dificultad en tanto que se trataba de lugares no demasiados espesos de monte y próximos al lugar del disparo, con la ventaja de haber podido ver el punto exacto donde habían caído.

Ese sábado del puente de la Constitución no hubo demasiada suerte, así que me acordé en más de un momento de Argo, pues en el rato que estuve en el campo, algo más de dos horas, no logré ver pieza. Pensaba que si hubiera llevado a Argo seguro que algo había visto volar. Pero mi obstinación y perseverancia, como buen cazador de perdiz, además del problema que me plantea Argo por su sordera, hizo que repitiera al día siguiente solo con Conan, aunque –claro está– en distinto cazadero, así que tras la mala experiencia del día anterior, decidí recorrer de nuevo la zona del camino a Ambasaguas, donde el Tormes entrega sus aguas al Duero, y a la que ya le había dedicado un par de horas de caza días antes sin fortuna. Pero tengo que decir, que es mi zona preferida de caza y que se encuentra bajo mínimos, como también lo saben la pareja de águilas perdiceras que sobrevuelan esta zona de unas 250 hectáreas, si ponemos como límites el regato de Valdosa y el curso de los dos ríos.

El lance

Era una mañana con el cielo plomizo, nubes oscuras que anunciaban agua y una ligera brisa. Aparqué en el camino de La Malena para hacer bien las cosas, escudriñar cada rincón para evitar dejar en cualquier rincón las perdices. Recorrimos la zona de olivares debajo de La Faya y volvimos hacia atrás para escudriñar las cortinas de debajo de la escombrera del Barrocal, llegando al regato de Zarapallas, donde cuenta la leyenda que las brujas hacían sus aquelarres.

Pero nada, se repetía el resultado anterior, y eso a pesar de que en este punto, hasta la temporada pasada, siempre paraba un bando. Así que volví a cruzar el camino para faldear desde Los Piconitos hasta el Teso del Arenal, y en una de las quebradas por un regato se levantó sola una perdiz más larga que a tiro y que me esquivó el primero, el único que podía ser efectivo de los dos de 7ª del Remintong de 34 gr. que salieron de la Franchi. En lugar de volar hacia abajo buscando la orilla del río, en el momento de apretar el gatillo se cortó y voló hacia adelante, así que me lo puso fácil para ir tras ella, aunque la sinuosidad de la ladera me impidió ver dónde se aposaba.

Aposté que lo había hecho un poco por encima de la trayectoria que había cogido, y acerté. Volví a levantarla, creo que detectó a Conan, que había subido unos metros por encima de mí, incluso se había quedado unos metros por detrás, pero el terreno me impedía verlo. Así que cuando pensaba que ya se habría levantado, sentí el brbrbrb de sus alas, pero un poco confundido por el aire, pues conforme avanzaba la mañana iba soplando con más fuerza. Volví a soltar dos tiros, el primero casi a tenazón y el segundo ocultándose con las escobas. Apenas se había levantado metro y medio del suelo. Por la faena, –me dije– esta era vieja, seguro.

Crucé el camino de Ambasaguas tras ella, por debajo del Teso del Arenal y dando vistas a Múrcena en Fermoselle, pero el monte en esta zona es imposible, así que decidí subir unos metros para seguir faldeando el teso con vistas a Valdosa, para después descender de nuevo hasta los bordes que dan vistas al regato.

Y de pronto, sin esperarlo, se arrancó un misil buscando el vacío, encaré sin pensarlo y disparé. Solo tenía ocho metros para verla, suficiente para observar que caía ‘como un trapo’ a unos 40 metros desde donde la había disparado. Salí corriendo llamando a Conan para que me siguiera, pues se había quedado por detrás de mí y un poco más arriba, seguro que con el rastro de la perdiz.

Cuando vi los paredones y el monte que tenía debajo, y sin saber el lugar exacto en el que había caído, lo cierto es que me dije, buff, imposible. Conan corrió hacia donde yo estaba, había bajado varios paredones hasta llegar a la zona donde por la inercia y la dirección que llevaba podía estar la perdiz. Dejé trabajar a Conan, que buscara donde quisiera mientras le animaba a que lo hiciera. -Búscala, Conan-. Bajó varios paredones más, unos 30 metros más abajo. Habían pasado solo un par de minutos, tal vez ni eso, hasta que lo vi aparecer entre las escobas con la perdiz en la boca. No me lo podía creer. Fue entonces cuando volví a sentir la emoción que hacía más de 14 años no sentía, justo cuando Argo cobró también su primera perdiz. –Tráela Conan, tráela bonito– le dije. Y subió con ella en la boca hasta donde yo estaba. Fue un momento mágico, de esos irrepetibles en la vida de un cazador y que no se olvidan. –Ya tengo perro–, me dije mientras sacaba unas fotos con el móvil, algo que se confirmaría días después con sus primeras muestras, al menos primeras para mis ojos.

Feliz 2021 y buena caza.