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Domingo, 24 de enero de 2021

Ojalá que el 2021 nos traiga el pensamiento catedral

Si algo nos ha enseñado el 2020, es la fragilidad del ser humano: todas las formas de vida y de relación que hemos ido construyéndonos a lo largo de los siglos, y en especial a lo largo de los últimos 100 años, se han venido abajo por un “bichito” tan pequeño tan pequeño, que solo se puede ver con microscopios muy potentes.

Nos ha cambiado la forma de relacionarnos con las personas que tenemos cerca: ahora las seguimos teniendo cerca, pero más allá de metro y medio, por favor. Y de poquitos en poquitos, si no te importa.

Nos ha cambiado la forma de relacionarnos con las personas que tenemos menos cerca, pero a las que queremos, y se han instaurado las videoconferencias familiares.

Nos ha cambiado la forma de trabajar: se ha instalado el teletrabajo y las reuniones virtuales; se han perdido millones de puestos de trabajo; han desaparecido profesiones y aparecido otras, y todo ello en solo unos poquitos meses.

Nos ha cambiado la forma de relacionarnos con nuestros mayores: les hemos cuidado para que no se contagien, pero también les hemos dejado solos, y muchas veces encerrados en sus habitaciones durante muchos días seguidos. Con nuestros mayores se han producido situaciones que han sacado unas veces lo mejor de nosotros, pero otras veces lo peor, no ha habido término medio.

Nos han cambiado muchas cosas en este 2020 que por fin ha acabado, pero los cambios solo han empezado a vislumbrarse. El mundo, el ser humano tiene que cambiar aún muchas actitudes para sobrevivir, no solo a esta pandemia, sino a las que vendrán después, ya sea en forma de virus o en otras formas aún no predecibles.

Y ese es precisamente el problema: la imposibilidad de previsión a corto plazo, que es a lo que nos hemos dedicado en las últimas décadas.

Así que, a partir de ahora no nos queda otra que empezar a planificar para el largo plazo, empezar a planificar como los constructores de catedrales, que sabían que no verían acabada su obra, y tal vez, ni siquiera sus descendientes. Ha habido catedrales que han tardado en acabarse 900 años.

Planificar como se planificó la Gran Muralla, los viajes espaciales… una mente privilegiada se pone a ello, sabiendo que morirá antes de ver los frutos de su trabajo, pero que las generaciones futuras continuarán la labor, y, algún día, el trabajo estará hecho y el logro conseguido.

Así es como debemos vivir y organizarnos a partir de ahora: planificando para lo que habrá de venir, que sin duda, será el cambio climático, pero también la superpoblación del planeta, la extinción de muchas especies, el agotamiento del petróleo, las nuevas tecnologías…

Deseo que en 2021 dejemos de vivir en el cortoplacismo y abracemos el pensamiento catedral. Y sobre todo, que se lo exijamos a los gobernantes, desde los locales, incluso de pequeños ayuntamientos, a los grandes líderes mundiales.

Vivamos como los constructores de catedrales y no como los anuncios de servidores de wifi.