Ciudad Rodrigo al día

Félix Sánchez Moreno y los secretos de ‘los Carvajales’

Vigésimo tercer capítulo de la serie de Ángel Iglesias Ovejero ‘Contra la desmemoria republicana, ‘archivos vivientes’’

Félix Sánchez Moreno (“tio Félix”) fue de los primeros inquilinos de la residencia para personas mayores “El Egido” (el Ejíu o Lejíu) de Robleda, inaugurada en 2010, adonde fueron a parar otros rebollanos que colaboraron en nuestras pesquisas sobre la represión franquista: Calixto Amado, Anastasio Mateos, Rosalía Mateos, Regina Moreiro, Julio Prieto, Ludivina Prieto, algunos de ellos ya presentados (Iglesias 2016: 652-655). Tio Félix se prestó espontáneamente a ofrecer su copioso y valioso testimonio. Era una persona afable y sonriente que recibía y convidaba generosamente a las visitas en su habitación; y con buen humor se ofrecía a empujar las sillas de ruedas de los compañeros que no podían andar para llevarlos de paseo o al comedor, aunque él mismo, que ya rondaba casi los 90 años, era de los más longevos. Una de las personas beneficiarias solía ser Regina, hermana de su amigo navasfrieño Mauricio Moreiro y a quien llamaba “el Pajarito” por su levedad. De su propia vida y de las vidas ajenas hablaba con libertad, al menos aparente, y contaba con la discreción del confidente con quien efectuó varias visitas a los lugares de ejecución extrajudicial de víctimas o de enterramiento clandestino de sus cadáveres. En ellas también estuvo presente Françoise Giraud. Las actuales circunstancias han impedido completar datos de su biografía y grupo de parentesco.

Nació el 14 de enero de 1922 en Las Eljas (Cáceres). Era hijo legítimo de Victorio Sánchez Valerio y de Petra Moreno Ramos. No se tiene noticia exacta de todos sus hermanos y hermanas. Dos de estas, mayores que él, estuvieron casadas con vecinos de San Martín de Trevejo eliminados en el verano sangriento y al menos otros dos varones formaban parte de la familia, uno mayor, llamado Zacarías, y otro más joven, Victorio. De pequeño iría a la escuela, y después seguiría la carrera habitual de los hijos de familias modestas o pobres que no tenían tierras ni ganados suficientes para alimentar a sus numerosas proles. A sus 14 años, en el verano de 1936 guardaba cabras a la vera del regato de Los Arravises (San Martín de Trevejo) y, escondido entre unos castaños, asistió a un crimen horrendo a menos de cien metros de los hechos que ya hemos contado y afinado gracias a su detallada narración (Iglesias 2016: 288, 292-294).

El joven cabrero se ocupaba del ganado en una propiedad familiar llamada “La Erina” del sitio de “La Rufinega”, ubicada en las faldas de la emblemática montaña de Jálama, exactamente a la izquierda del llamado “Empalme”, camino vecinal de Villamiel a la carretera de Ciudad Rodrigo a Coria, por el puerto de Santa Clara, justo antes de cruzar dicho regato de “Los Arravises”, a unos tres kilómetros de San Martín. Sería el día 3 de setiembre de aquel año cuando hacia media tarde llegó un coche por el otro lado. Llamó la atención de Félix porque entonces los “autos” particulares eran escasos, y por ello solían ir repletos, como este que pronto revelaría la presencia de los aparatosos fascistas y un detenido. Venían “de arriba” (para los extremeños, la vertiente norte de la Sierra de Jálama, en este caso de El Payo; si hubiera sido de la parte más alta de la montaña, la procedencia habría sido opuesta). Dejaron la dirección de San Martín y tomaron la del citado Empalme. Se detuvieron pasado el pequeño puente de “Los Arravises”, en el ángulo del camino montañoso de Acebo a este pueblo y dicho camino vecinal, entre las montañas de “La Mala Sombra” y “El Moncarbo” (o quizá “Moncalvo”). Allí fusilaron a su presa junto a un bloque de peña arrancada a la entrada de una cantera. Los ejecutores dieron la vuelta y esta vez tomaron la dirección de San Martín, quizá para informar a Marcelino León, jefe local de Falange, de quien se dice que “mató a muchos”. El cadáver lo dejaron tirado, y allí estuvo hasta la mañana siguiente en que lo descubrió “tio Gaspal”, que se lamentó del hecho ante Félix (Ay, filhu, ¿andi vamus a paral?”). Después “tio Juan Paino” lo llevó atravesado en una yegua para que lo enterraran en el cementerio municipal. Se trataba de Francisco Sánchez Torres, protagonista de una trágica odisea muy conocida por los testimonios y la documentación procesal.

A sus casi noventa años, tio Félix recordaba aquellos sangrientos sucesos que marcaron su adolescencia, porque le tocaban de cerca, aunque no fuera testigo de vista en otros. Sobre la datación del hecho anterior, Félix Sánchez asegura que este asesinato se produjo después de que fueran asesinados su cuñado Florencio “Patagorda”, casado con Felicitas Sánchez Moreno a quien legaba el cuidado de cuatro huérfanos, y el hermano del mismo, llamado Julio. Como otros mañegos, entre ellos Marcial Mora, ambos habían sido llevados al Puente del Tajo (Alconétar), cerca de Cáceres, de donde los arrojaban al río y al estrellarse contra las peñas los remataban otros fascistas, para ahorrarse lamentos y eventuales testigos. Julio, antes de ser despeñado se agarró a un falangista, y ambos cayeron juntos, por lo que tuvieron que ultimar a la víctima y al victimario. A partir de entonces los ejecutores renunciaron a este bárbaro procedimiento. Así se cuenta. Julián Chaves ha recogido datos que, globalmente, confirman la versión de Félix y ofrece la identidad de estos hermanos: Florencio y Julio Rodríguez Sánchez (Chaves 2008: 57). El informante añade que en San Martín eliminaron y represaliaron a docenas de vecinos. Su propio hermano Zacarías fue amenazado de muerte. Entre otras ejecuciones extrajudiciales, describe la de dos hermanos de “los Brevas”, asesinados con una macheta, mientras dormían, por uno de los “Píus”, porque aquéllos habían llevado reses suyas para la capea; descubrió los cadáveres tio Críspulo. A otro vecino lo mataron cuando estaba “tirando el pantalón” (defecando) junto a las tapias del cementerio.

Félix llegaría a adulto con estas amarguras a cuestas. Después sería contrabandista, como otros muchos serragatinos (en especial los lagarteirus de Las Eljas), y jornalero, por lo menos hasta que se casó, ocupándose en las faenas del campo para unos y otros amos como gañán, leñador, guañino o segador, según los tiempos. Repetidas veces trabajó para los dueños de “los Carvajales”, hasta que uno de éstos le reveló la parte ignorada de un secreto a voces que circulaba en la zona sobre aquella finca macabra, donde testigos de vista hablaban de decenas de ejecuciones, exhibición de cadáveres y enterramientos clandestinos en el campo (y no “en cunetas” como impropiamente se suele decir). Sobre el papel de los dueños hay opiniones divergentes, entre las cuales una de las más autorizadas sería la de “tio Félix”, descontada la de “tio Quico Tabarro” con quien coincide en general (“Secuelas”, 27/02/2020). Conocía incluso la historia de la finca así llamada, que “había sido de uno de San Martín de Trevejo, tio Gabino”. En 1936 el predio pertenecía a los “Carvajales”, Vicente Sánchez y sus hijos Justo, Sebastián y Esteban [que tenían dos hermanas (EP 2019)]. La madre se llamaba Felicidad, que llevaba pistola y estaba separada del padre; una hija estaba casada con Aquilino, padre del dueño en 2011, V. M. Tenían allí posada, aunque también residiría algún miembro de la familia en Peñaparda.

Este informante comparte con otros la opinión de que los  dueños de esta finca eran afectos del alcalde socialista de El Payo, Teodoro Martín García, “pero después del Movimiento se pusieron la camisa azul”. Dichos hermanos tendrían papeles diferentes en el entierro de las víctimas; Justo y Sebastián colaboraban, como “enterradores”, con un individuo de Villasbuenas de Gata, con el sobrenombre de “El Caminero”, que tenía una caseta cerca del Puerto de Perales (aunque no se sabe qué relación pudiera tener esto con “el Ventorro de Porora”, cuyas ruinas pueden verse a la izquierda de la carretera subiendo de Perales hacia el puerto del mismo nombre, donde la tradición señala que algunos ejecutores extremeños tomaban aliento a la vuelta de sus faenas macabras en la cima). Dicho sujeto les hacía llegar las víctimas de los pueblos cacereños de la Sierra de Gata, y Justo Vicente era el “enterrador” principal. En cambio, Esteban, el tercer hermano, “salvó a tio [Ni]Comedes”, dueño de “un cachito de tierra” aledaña, al que avisó cuando lo iban a detener, diciéndole imperiosamente: “Vaya a ponerse la chaqueta” ; y añadiendo en voz baja: “Escape, que lo van a matar”. Fue Justo quien reveló a Félix el lugar exacto donde estaban depositados los cadáveres. Se halla a la derecha del antiguo Camino Viejo de El Payo a Perales; cerca del ángulo que formaba dicho camino en la bifurcación del que, al Este de la sierra de Jálama, conducía a Acebo, hoy pista forestal, junto a la carretera de Ciudad Rodrigo a Cáceres (C-526, antiguamente denominada  “carretera de Ciudad Rodrigo al Puente de Guadancil”); un poco antes de la separación del límite de provincias en el Puerto de Perales. Justo Vicente, cuando rozaba zarzas en compañía de Félix, confesó a este la existencia de “una gavia entera con cadáveres” por dentro de la actual pared de la finca junto al camino que, al oeste, conduce a La Cervigona y Jálama (por la falda norte). De este testimonio se deduce que, como hemos señalado otras veces, en aquella propiedad habría dos “fosas” a no mucha distancia entre ellas: una a la izquierda del antiguo camino de El Payo al Puerto de Perales (señalada por diversos testimonios); la otra a la derecha del camino de este puerto a Jálama (según el testimonio de Félix Sánchez).


Tio Félix no puso fecha a las revelaciones de Justo Vicente, pero cabe suponer que fueran anteriores a su casamiento en 1948, porque después ya no se ocuparía propiamente como jornalero habitual, y debía de serlo cuando se prometió a sí mismo “no volver a trabajar con él” a raíz de aquella confidencia. El detalle de los avatares personales de su vida en los años cuarenta se desconoce. Su buena planta y desparpajo natural, su disposición para el trabajo, le ayudarían a no pasar peores ratos que otros serragatinos en los bien llamados “años del hambre”. En todo caso, saldría de esa precaria situación al contraer matrimonio con María Mateos Holgado el 26 de enero de 1948 en El Payo, donde también fue casado canónicamente por el presbítero Carlos Ejido Santos. Según el acta matrimonial, tenía 24 años, estaba soltero, natural de Las Eljas y “vecino del mismo”, aunque la vecindad quizá no sea del todo cierta (y puede ser fruto de la rutina burocrática). Por entonces el contrayente andaría buscándose la vida en los aledaños de Jálama, sobre todo en San Martín de Trevejo, donde residiría su hermana Felicitas, y El Payo, donde estaba casado su hermano Zacarías. Precisamente su esposa, payenga de naturaleza y vecindad, era viuda de Zacarías Sánchez Moreno. Ella era de hija de Polonio Mateos Pascual y de Francisca Holgado Vaquero, que no le habían dado instrucción, pero le habían legado “una finca muy grande”, comparada con las riquezas de Félix, que tenía “instrucción” y carecía de bienes inmuebles. La diferencia de edad no era obstáculo insalvable. Vivieron un tiempo en el campo, quizá por la parte de Santa Clara, y después en el pueblo, donde todavía está en pie su casa. Los casamientos arreglados en familia eran habituales en estos pueblos, y no daban peor resultado que otros. Sin ir más lejos, Victorio Sánchez Moreno, de 23 años, analfabeto, contrajo nupcias el 17 de noviembre de 1949 con Eulalia Mateos Holgado, natural y vecina de El Payo, de 18 años, hermana de la citada María casada sucesivamente con los hermanos Zacarías y Félix.

A raíz de su matrimonio, en el que no tuvo hijos, tio Félix tuvo una relativa solvencia económica que le permitió consolidar el espíritu de independencia que, sin alardes, manifestaba a sus 88 años. No tener que mendigar trabajo para subsistir es el primer peldaño para disfrutar de la libertad teórica en aquellos países donde esta posibilidad existe. No era el caso en la España de Franco, pero el ingenio y la voluntad a veces paliaban esa carencia. Para ganarse el sustento, con el habitual recurso del cultivo agrícola y la cría de ganado bastaba. Tio Félix no se privó por ello del expediente del contrabando, que practicó sin escrúpulos de ninguna clase. No parece que se beneficiara de la bicoca que durante la Segunda Guerra Mundial constituían los trasiegos del wolframio, vendido a los “Aliados” en Portugal y a los “Alemanes” en España, pero en todo lo demás quizá llegaría a ser un águila: venta o mediación en la adquisición de animales, objetos y productos; pero no alardeaba de hazañas bélicas. Otros en su caso cuentan y no acaban sobre aquel trajín que, jugándose a veces la vida, lo mismo incluía trasponer rebaños o animales sueltos, que procurarse un caballo o un galgo, comprar herramientas o artefactos más baratos, transportar y vender tabaco, café, telas y artículos de primera necesidad. Con la estrategia seguida le sobró para no tener que cruzar otras fronteras, o al menos no consta que emigrara por largo tiempo.

Se consideraba a sí mismo persona pacífica, y sin duda lo era. Tenía a gala llevarse bien con todo el mundo, sin renunciar a su propio criterio moral. Por bonhomía e incluso por interés cultivaba las buenas relaciones con los contrabandistas y con los guardias civiles u otros funcionarios, así como con la gente pudiente que se valía de sus conocimientos para la práctica de la caza, aunque sin olvidar mantener las distancias (“ellos por su camino y yo por el mío”). No le importó demasiado que algunos le criticaran la amistad que ya de mayor trabó con un médico a quien acusaban de simpatías con la ETA, simplemente porque era muy profesional y se mostró indignado por un accidente en el puente de Perosín en el que murió una niña. A él mismo le ayudó en el papeleo para el cobro de la pensión de vejez. Tampoco le importaron algunas ironías sobre su religiosidad que, según contaban, le llevó a hacer testamento en favor del obispado de Ciudad Rodrigo porque “se había dejado engatusar por el cura de Sanjuanejo” (EP 2019). Con nosotros colaboró generosamente, a pesar de que a otros no les gustara. Él mismo, con buen criterio, entendía que la memoria histórica no debía ser tema recurrente en la conversación (“agua pasada no mueve molino”), pero había que “escribirla”.

Física y moralmente tio Félix desprendía cierto aire señorial. Se diría que andaba a gusto por lo que podía haber sido un enclave luso-leonés-extremeño-castellano, un posible continuum cultural, si no hubiera habido reyes de Portugal ni de Castilla y León, ni Monarquía Hispánica, ni fronteras de las que hacía abstracción. Quizá sin darse cuenta, su relación con el espacio y el entorno humano fuera similar al de las gentes que, en otros tiempos, transitaban por la Transierra occidental, la Sierra de Gata, las tierras de Ciudad Rodrigo y el concejo de Sabugal. Él sabía distinguir y entender el portugués, la fala galaico-portuguesa, el rebollano, quizá el castúo y seguramente la jerga de Quadrazais, además de haber aprendido a leer y escribir el español de la escuela.

A nosotros nos guió por la solana y la umbría de Jálama hasta Sabugal, territorio transfronterizo donde se esmeraba en presentarnos a sus numerosos amigos y se empeñaba en invitarnos a comer. Al final del verano de 2011 se quejaba de las piernas, “que ya no le sostenían como antes”, pero no daba señales de un final tan próximo, sin darnos tiempo a devolverle la invitación. Falleció el 11 de noviembre de 2011 en “Los Montalvo” (Carrascal de Barregas, Salamanca). No pudimos despedirnos de él. Adiós, amigo.

Referencias bibliográficas

-Chaves Palacios, Julián (2008), “Represión en la Guerra Civil y movimiento guerrillero de posguerra en la Sierra de Gata y Salamanca”, Cahiers du PROHEMIO, IX; 37-86,

-Iglesias Ovejero, Ángel (2016), La represión franquista en el sudoeste de Salamanca (1936-1948), Ciudad Rodrigo, Centro de Estudios Mirobrigenses.

-“Secuelas vigentes del franquismo. Contra la desmemoria republicana, “archivos vivientes” (20): Francisco Martín Rodríguez, pionero en la recuperación de la Memoria Histórica de El Payo (27/02/2020)” https://salamancartvaldia.es/not/232690/francisco-martin-rodriguez-pionero-recuperacion-memoria-payo/